•  |
  •  |

Está servida en bandeja la base ideológica y política para el proselitismo de las facciones opositoras. Hubiesen querido que esto fuese el imponderable que cambiara la tendencia en la intención de votos.  Hubiesen querido también que la misma fuera más directa, menos tácita, fácil para la propaganda. Pero más obvios no pudieron ser los monseñores, y más insinuantes.

El niño mimado del Vaticano se erigió en el consejero de la Conferencia Episcopal. Parecía que su grifo abierto chorreaba tinta en su labio sibilino, acomodando el verbo, el calificativo, el adjetivo, mesurando la lengua de Mata. Pero siempre ambiguo, muy ambiguo.

La doctrina se convertiría en el mensaje político, el texto en panegírico vibrante de púlpito, una nada extraña acústica de viejos y relamidos argumentos. Una señal, una pista: ¿Al ladrón? ¿Al viejo, al feo? ¿A la caterva de Quiñónez?

El “divino” magisterio se enreda en sus insinuaciones, queriendo elevar a categoría de verdad los viejos argumentos que pretenden lucir como ejes afilados. Se expresa terriblemente humano y nunca van más allá del bien y el mal. Más bien están al lado de las finanzas, por eso su predilección por los banqueros, los ambrosianos de arriba.  

Quisieran ubicar el mensaje en una especie de lenguaje cifrado y descifrado,   de contrastes, sombras y luces, combinaciones de fe y ciencia política, de profetas que no profetizan nada desde los tiempos de los siglos oscuros de su poder moral, misógino, autoritario y antidemocrático. Pretenden erigirse en el modelo perfecto, dando la pauta a las facciones escuálidas que oportunistamente ahora dicen cumplir a “cabalidad” con los sacrosantos criterios para llegar al poder. Tamaña hipocresía.

Que no nos lleven a las encíclicas para refutar lo que ha sido evidente en la historia reciente de Nicaragua. Y es que todos los contendientes y movimientos políticos han sido gobierno, han practicado y se han probado en el poder, desde la ética y la economía, esbozaron diferentes modelos y propuestas política, social y económica, estilos y formas de comunicación con los sectores sociales, demostrando así quién era más sensible al dolor humano, desde el ejercicio del poder.   

El lenguaje utilitarista de la carta inclina timoratamente su balanza hacia un determinado contendor. Pero el contenido de la misma puede ser rebatido e interpretado desde distintas ópticas. Hacia quién entonces: ¿Al mal ladrón? ¿Al feo y al viejo? ¿Al amoníaco de Quiñónez?

Afortunadamente, el pueblo –ese ente pensante- tomará su propia decisión. A solas consigo mismo y su conciencia, pese al articulado gesto de los monseñores encumbrados.