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De todos los cronistas del siglo XVI, Gonzalo Fernández de Oviedo fue quien dedicó mayor y numerosa atención a la Nicaragua recién integrada al emergente imperio español. Por eso conviene seguir los pasos esenciales de este extraordinario letrado. Nacido en Madrid, vivió de 1478 a 1557. Testigo del naciente poderío de su patria, interpretó la empresa conquistadora con un sentido universalista; en efecto, mucho antes de concluir su agitado itinerario, concibió los acontecimientos de su época como ejemplos de la superioridad española asistida por la Providencia para la realización —que él creía próxima e inevitable— de la unidad política y religiosa del mundo bajo la corona de su César: el emperador Carlos V.

Esta es la perspectiva que debe tomarse en cuenta para entender que no redujo a sus textos el testimonio indígena, ya que lo incorporó a su extensa Historia General y Natural de las Indias. Fue el caso de la encuesta o interrogatorio realizado por Francisco de Bobadilla en 1528, el cual recoge la cosmovisión y las costumbres de las culturas prehispánicas del Pacífico de Nicaragua. Además, Fernández de Oviedo denunció los desmanes de los conquistadores, cuyos hechos llegaron a impresionarle intensamente. De Hernando Soto, por ejemplo, dijo que había sido instruido en la escuela de Pedrarias, en la disipación y asolación de los indios de Castilla del Oro, graduado en las muertes de los naturales de Nicaragua y canonizado en el Perú, según la orden de los Pizarro. El testimonio de vista —aporte suyo a la historiografía de entonces— sustentaba esa actitud y la satisfacción de explotar como escritor la novedad de América.

Deslumbrado ante la naturaleza del Nuevo Mundo, el concienzudo cronista aprovechaba cualquier circunstancia para tomar apuntes de lo que, a su paso, iba observando; pero, en algunas ocasiones, le asistía la imaginación debido al impacto que aún le dejaba su primitiva entrega a la literatura caballeresca. No en vano había iniciado su pluma escribiendo el Claribalde, un libro de caballería.
De niño había servido al duque de Villahermosa, don Juan de Aragón; luego, a los trece años, pasó a ser mozo de cámara del primogénito de los Reyes Católicos -el príncipe Juan, en cuya compañía presenció la rendición mora de Granada en 1492. Poco más tarde, entró al servicio del rey de Nápoles y en 1503 volvió a España. En Madrid contrajo matrimonio y, tras algunos.servicios militares y cortesanos, hizo el primer viaje a América con Pedrarias Dávila en 1514.
Cinco veces repitió ese viaje de ida y vuelta (en 1523, 1526,1532, 1536 y 1549), trabajando en el Nuevo Mundo de veedor, fundidor de oro del Darién, exportador de perlas y esclavos, procurador, alcalde de la fortaleza de Santo Domingo en La Española, etc., hasta que, entregado a la redacción de su obra cumbre, falleció a los 69 años. Mientras tanto, había dejado una Respuesta a la epístola moral del Almirante (Fabrique Enríquez), sobre la corrupción de costumbres de su patria; la Relación de lo sucedido en la prisión del Rey Francisco de Francia..., narración de hechos cortesanos de España; otra Relación acerca de los males de Pedrarias Dávila; el Cathalogo Real de Castilla y de todos los reyes de España, el Libro de la Cámara Real del Príncipe don Juan, Batallas y Las Quinquagenas —obras de genealogías— y otras semejantes.

Impresas sólo había podido obtener el Sumario de la Natural Historia de las Indias (Toledo, 1526), anticipo de su gran Historia; la primera parte (diecinueve libros) de la última, o sea de la entonces titulada Historia General de las Indias (1535), las Reglas de la vida espiritual y secreta theología (Sevilla, 1548), traducción de Domingo de Robertis; y el libro XX de la segunda parte de la General Historia de las Indias (Valladolid, 1557), al que iban a seguir otros libros interrumpidos por su muerte.

Además, tradujo el Laberinto de amor de Juan Boccacio y se le atribuye una obra en verso. Así queda perfilado como hombre de letras, de espada e iniciativas personales, como cruel explotador y burócrata sumiso; todo eso fue —y con su suma pasión— Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés.
Mas lo valioso para nosotros es que la provincia de Nicaragua —o, mejor dicho, la

zona del Pacífico de la misma— constituyó para él uno de los notables escenarios de su experiencia americana al ocuparse de ella en un Libro entero de dieciséis capítulos, correspondientes al IV de la Tercera Parte de su magna obra. De manera que, como ninguna otra zona de Centroamérica, la del Pacífico nicaragüense tuvo el privilegio de ser incorporada a esa vasta crónica con todas sus generalidades y particularidades antropológicas y naturales.

La estadía del mismo Fernández de Oviedo en nuestra tierra durante año y medio —de muy a finales de 1527 a julio de 1529— fue la causa de esta predilección y especificaciones, como también —naturalmente— de las ediciones y reediciones que ha motivado. No se olvide que él refiere la existencia de los códices de nuestros indígenas (tan ancho como una mano o más, e tan luengo como diez o doce pasos) que se encogían o doblaban como acordeón y de sus orchilobos y oratorios; de las prostitutas o guatepoles —que valían diez almendras de cacao— y sus numerosos dioses, de sus señores principales —Tecoatega, Mistega, Nicaragua, Nicoya— y matrimonios, sacerdotes y formas de gobierno, vestimentas y minas de oro, etcétera.

A Fernández de Oviedo le asombró el caudal de nuestras aguas al consignar el lago de Managua, al que llama laguna (la que está más cerca de la mar del Sur, en la provincia de Nagrando, a par de la cual está la cibdad de León) y el Granada o de Nicaragua; las lagunas de Itipitapa, tan baja en verano que un hombre podía atravesarla dándole el agua a los pechos o más abajo y que estaba llena de tiburones y caimanes (lagartos); la de Lenderí, actualmente de Masaya, a la que denominaba lago y no se la hallaba fondo y cuya agua era muy sana e provechosa; la de Tiscapa (a un tiro de ballesta o poco más o menos de Managua y muy hermosa e cuadrada que parece alberca); la de Diriá, hoy de Apoyo (de agua salada como la mesma mar, e tiene mucho pescado e muy bueno) y las de Teguacinabie y Tecuañayete, a dos y cuatro leguas de León respectivamente.

Fernández de Oviedo tuvo en León una de las mejores casas que le compró Pedrarias, para Francisco de Castañeda, en doscientos pesos; y en la misma ciudad se dedicó a escribir un tratado de heráldica: su Libro del blasón o Tractado general de todas las armas o diferencias de ellas e de los escudos e diferencias...; apreció la cerámica chorotega fabricada en Masaya y descubrió una tinta especial con la que escribiría muchos de sus apuntes y memoriales. 

Destruyó un templo indígena en el pueblo de Momotombo, llevándose los postes de madera —dura y negra— para construir su caballeriza, y participó en el conflicto legal del Gobernador de Honduras Diego López de Salcedo y Pedrarias, quien llegaba con el cargo de gobernador de Nicaragua para retirar a López de Salcedo. Este había extendido su jurisdicción a la provincia y su esposa era prima hermana de la mujer del ávido cronista.

Por otro lado, se entrevistó con el venerable cacique Agateyte —asiento original. de la contemporánea ciudad de El Viejo, cuyo nombre se origina del mismo cacique—, donde pudo observar un esplendoroso areyto que incluía el juego del Volador. Visitó una crianza de puercos —cuidaba por perros matadores de tigres negros— que poseían dos españoles en la costa del Mar Dulce. Halló un pexe viguela (pez sierra) muerto en la misma costa de dicho Mar, lo que le confirmó que el último se comunicaba con el Atlántico. Fue testigo del descuartizamiento de dieciocho indios en la plaza de León, ordenado por Pedrarias y ejecutado por perros entrenados especialmente para ello. Sintió un día y noche más de sesenta temblores tan continuos e uno tras otro —especificaba después de contarlos— y, entre otras muchas experiencias, exportó sesenta indios esclavos del Realejo a Panamá.

Igualmente, Fernández de Oviedo recorrió a pie la zona del Pacífico acompañado de un esclavo negro, una negra esclava y dos indios mansos míos, desde la plaza de Texoatega hasta Nicoya, donde arribaría el 9 de agosto de 1529. Durante este trayecto llegó a Nindirí el 25 de junio del mismo año. Hospedado en la estancia de Diego Machuca, al día siguiente subió de madrugada —y a caballo— al volcán Masaya, del que trazó dos dibujos y arrojó piedras y, mucho más tarde, dedicó seis capítulos de su Historia, siendo el segundo (pues le precedió el fraile mercedario Francisco de Bobadilla) en escalarlo y el más completo en describir el espectáculo maravilloso de su cráter incandescente.

Siguiendo hacia Granada, se hizo una llaga en un pie —que obligó a colgarlo y a servirse de bastón— pero, al pasar por la plaza del pueblo de Mombacho, un amigo italiano llamado Nicolá le obsequió aceite de cacao para curarse de la llaga. Tal fue la efectividad del remedio que decidió llevarle una redomilla de ello [el aceite de cacao] a la Emperatriz.

He ahí, en apretada síntesis, el itinerario de Fernández de Oviedo en Nicaragua, autor de la máxima crónica sobre la provincia española escrita durante la conquista. De ahí que haya tenido más de una decena de ediciones.