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“Es lo normal”, me dice la compañera con la que hablo de este asunto mientras suena de fondo una canción de cuna (dormite mi niño…). “Si estás al frente de una empresa y viene alguien a preguntarte a quién recomendarías para un puesto de responsabilidad, ¿en quién piensas primero? Si, además, sabes que es un puesto para dirigir un medio de comunicación, por ejemplo, o de otra empresa que pueda ser favorable a tus intereses, ¿no recomendarías a tus más allegados?” Y la compañera concluye: “Quién esté libre del pecado de recomendar al amigo o la familia, que tire la primera piedra”.

Por esa razón, la compañera dice que nadie debería escandalizarse de lo que ocurre con los hijos de las familias que ostentan la presidencia de gobiernos y de grandes empresas en pequeños países como Nicaragua, porque es lo mismo en todos lados.

Sin embargo, es llamativo, ¿no creen?, lo que ocurre con los hijos de la pareja presidencial. Quizá si no fueran tantos ni ocuparan puestos relevantes en canales de televisión, hoteles y otras empresas, no llamarían tanto la atención. Quizá si no viniesen de una familia revolucionaria... No sé. Quién puede juzgarlos. Nadie, claro…Sin embargo…

Fijémonos por un momento en esas familias de la llamada “oligarquía” nicaragüense. No son muchas, así que es fácil ponerles nombres y rostros. Veremos en casi todas ellas patrones similares: hijos en puestos de dirección y esposas u esposos (pero menos) dirigiendo diversas actividades ligadas la empresa y a lo social, como las relaciones públicas, la comunicación y la gestión de obras de sus fundaciones privadas o sus programas sociales. Los apellidos que ya saben (Pellas, Ortiz, los antiguos dueños de este periódico, etc.), suelen dar empleo en sus empresas a miles de personas y realizan múltiples proyectos sociales desde hace tiempo. Algunas tienen una buena relación con la jerarquía de la Iglesia Católica y ponen cuidado en sus cristianas costumbres.

Seguramente, su poderío económico se levantó sobre muchas injusticias presentes o pasadas. Hay muy pocos santos millonarios.

Fijémonos ahora en la familia presidencial. Busquemos las diferencias y observaremos que también son cristianos, que tienen grandes empresas y que promueven actividades sociales… Quizá cambie el discurso, pero parece lo mismo, ¿no? ¿Podríamos decir que aquellas familias buscan el enriquecimiento personal y esta el bienestar del pueblo? Lo cierto es que la familia presidencial se está asegurando una buena cuota de poder presente y futura, no sólo a nivel económico sino de influencia (lo que a veces es mucho más poderoso que el dinero). “Pero ¿quién no comete injusticias?”, me diría la compañera cuya voz se ha instalado en mi sien como una mitad que lo cuestiona todo.

¿De qué se trata entonces? ¿De un juego, de una lucha (como en tiempos de colonia) entre familias poderosas a costa de la gente? El caso es que todas ellas se lucran, y todas ellas se hacen fotos con los beneficiarios de sus obras sociales, humildemente agradecidos a Dios y a esas familias empresariales o gubernamentales.

Nadie está en contra de la distribución de algunos regalos, desde juguetes de navidad a obsequios de la Purísima, desde chanchitos y gallinas hasta láminas de cinc; desde mochilas escolares a consultas médicas gratuitas, pero se necesita un estudio a fondo de los proyectos sociales que se ejecutan por iniciativa de estas familias, tanto empresariales como gubernamentales, antes de alabarlos o de criticarlos. Lo digo porque a fines de año, por ejemplo, el presidente suele hacer recuento de esos proyectos en términos numéricos, los cuales suelen presentar errores. Se dice el número de niños matriculados, por ejemplo, pero la verdad es que cuesta que conozcamos el nivel de abandono escolar, o el de la mísera educación con la que esos “niños-números” salen del colegio, engañados por quien los utiliza. ¿Es mejor esa educación que ninguna? Claro. ¿Pero es eso una “restitución” verdadera de sus derechos?

Si ocurre en todos lados, quizá no debe escandalizarse nadie, salvo ellos mismos, de que algunos hijos del presidente aparezcan públicamente al frente de un canal de televisión, instalado nadie sabe con qué dinero, en un año electoral. Pero el beneficio para algunas personas que reciben techos de cinc o bonos solidarios, no es comparable al beneficio del inmenso poder económico y político que ha acumulado ya la familia presidencial. Parece tratarse de un buen negocio social.

Siento hablar en estos términos, porque no sería bueno que, en caso de que continúe o no este gobierno, se perdiese el objetivo prioritario de disminución y eliminación de la pobreza que debe tener cualquier discurso y acción política en Nicaragua. Pero una cosa es un proyecto político-social y otra, muy distinta, la caridad (también necesaria y legítima, pero insuficiente a día de hoy), en un país en cuyo futuro nadie parece querer invertir. Es como si se le estuviera condenando a la población a no tener nunca expectativas de crecimiento y desarrollo, sino, lo más, a sobrellevar tan sólo un poquito su pobreza.

Ocurre en muchos países, y a todos niveles. Pero es desconcertante que nadie, ni la pareja presidencial, ni sus hijos, se sientan avergonzados, obligados o comprometidos a rendir cuentas y explicar cómo se han hecho con el poder de ciertas empresas. Lo digo por si para ello hubiesen empleado dinero que pertenece directa o indirectamente al pueblo nicaragüense, incluso si proviene de la cooperación venezolana. Ni los hijos ni sus padres se sonrojan ante esta flagrante repetición de lo que han hecho siempre las familias del poder que han abusado de sus pueblos. Lo triste es que piensen que el pueblo los necesita tanto y es tan poco crítico que no sea necesario rendirle cuentas, sino tan sólo cantarle “dormite mi niño…”

Durmiéndose al son de una propaganda pseudo religiosa y pseudo socialista del pseudo  cristianismo y la pseudo revolución, también se puede estar perdiendo y traicionando los principios.

Ocurre en otros sitios, es cierto. Pero entre lo que el pueblo gana y lo que parece  llevarse la familia de los que gobiernan, está claro quién sale ganando.

sanchomas@gmail.com