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Con los mismos zapatos, con los que he visto correr (crecer) el ayer,  creyéndose ser el  protagonista del futuro, y la pesada cruz del pasado, y el gobierno difícil del presente.  Con la edad de las primeras aventuras, que son hoy, más pesadas y desbordantes. Con la  herencia sin gloria, de que toda realidad (si es verdadera) persigue un culpable o un pan  sin desperdicio, en la mitad de un misterio.

Estas son algunas de las cosas de las que nadie habla y menos escribe porque no tienen  supuestamente la armazón necesaria para volverlas historias, como aquellas de escondite entre conejos y gallinas culecas, trapecios movidos  por el abuso, y el roedor desparpajo de una vecina chismosa.

Lo que sabemos como historia es que se muere con los zapatos puestos. Con las botas  firmes y seguros  del primer paso. Pero se vive y se muere, con los mismos zapatos, defendiendo el caudal de una idea, la promesa de  amor  a la muchacha imposible, y la búsqueda del progreso de la tierra fértil.

La pesadilla se soporta con los mismos zapatos. También, el entendimiento con la voz más ingenua.

Con los días grises, me aseguro  de hablar en serio (con todos y conmigo) y tener la opción  de disponerme a la medida, que sólo  me dan los mismos zapatos. Esos, que un día  cargué bajo un sol inclemente de dudas.

Me convenzo de que no todo lo casual es parte de la fiesta. Los impostores no pueden continuar ni sostenerse en la escena con los mismos zapatos.

Las noticias señalan que la perversidad de los tibios no socaba las esperanzas de las  heridas, porque la esperanza sigue batallando. Largo es el camino, es lo que se lee en las mentes de los jóvenes  atrincherados en la noche de la justicia.

Con los mismos zapatos, somos el día a día, de la pasión que se incuba en el cuerpo, en  las manos, en la imaginación,  en la sangre. Del sentir que siembra huellas en las calles,  en la memoria de los ofendidos, en los ríos, que se están poniendo tristes, asediados por  la aguda ingratitud de las altas temperaturas.

Ahora somos más hombres, mujeres y niños, en la puerta que avisa,  que un buen tesoro, se busca a cualquier hora, con todas las promesas del entusiasta, que siempre   lleva como un cartel, los mismos zapatos.

La historia no revelará donde están  los mismos zapatos de los héroes y sus embrujos de lluvia.

Siempre estamos buscando un atajo como quien quiere conscientemente derribar un pecado, poner fin a una vida de insomnio, un orgullo suicida. O el  retorno de una gaviota, que nadie la espera.

No podemos  ser imparciales, ni indiferentes, llevando  los mismos zapatos. El mismo convencimiento de ser libres. ¿La pasión y la lucidez, en los mismos zapatos?

En mis oídos, aún se escucha la voz severa que repite, que hay que darle lugar a que se  arraigue el orgullo y suelte el mito. La voz que prevalece para no mediar entre el  mediocre y el insípido.

Sin dejar de utilizar las palabras de nuestro nacimiento, llegamos al mismo punto de partida, con la humildad de hablarle a la naturaleza porque (a pesar de) nunca seremos   inocentes  de las acciones que provocamos.

¿Por qué oponernos a la realidad? Sobran los pretextos y las débiles intenciones, porque  en cualquier momento es la libertad la que se impone la tarea de derribar los muros del  mercado y la extravagancia de los escépticos.

Hay cartas  que aman  huellas. Hay huellas  que dejan  cartas en los sentidos. Hay sentimientos que no tienen silencio. Hay amores,  que se fundaron en la bella libertad de  un pájaro. No digo más, y aclaro que,  son esos recuerdos, los que a pesar de los años,  aún viven y se arraigan a la poesía con los mismos zapatos.

Moravia Ochoa, poeta panameña, abre su poesía: estoy tocando para que alguno diga que puedo  ya llegar sin riesgos a lo humano para no perecer. Y así, con esa malicia lenta de hacer las cosas con los mismos zapatos, diría el cronista.

Tengo esa manera de extrañar y perderme en la bruma que sólo deja el olvido.  No sé explicar,  ni explicarme, que acontecerá a las nuevas desgracias, porque jugar a lo feliz,  ya no importa.

A veces, lo más decadente es hablar de la vida. Una vida que se apaga sin rostro. Que  nos lastima. Un mundo que cada día se ausenta a la vida. Un hombre que no se agota  con los mismos zapatos.