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Cuando mi hermano fue a hacer su servicio social a una pequeña comunidad miskita, yo me fui a pasar unos días con él.  Cuando arribamos a la comunidad ya eran como las cinco y media de la tarde y estaba comenzando a oscurecer.   Ya no era hora para pasear por ella y visitar algunas casas.

Era la primera vez que venía a esta comunidad y me hospedé en la casa de una persona que apoyó al bando contrario en el conflicto de los ochenta.  La dueña de la casa en cuanto me vio me dijo: “Usté es de los que me echaron presa”.  Yo la conocía de cara pero nunca había hablado con ella ni sabía que había estado presa.  Sorprendido, le contesté: “¿Yo?”.  “No, usté no”, me respondió, “su gente”.  “¡En qué lugar me vine a meter!”, pensé.

Al día siguiente, después de un rico desayuno de pescado frito y tortilla de harina costeña, decidí caminar de un extremo a otro de la comunidad por el único andén que había.  A medio camino vi un edificio abandonado que todavía estaba agujereado por balas.  Me paré frente a él y me puse a analizarlo.  Alguien se me acercó, me saludó y me preguntó si me acordaba de él.  Yo le dije que sí, aunque no me acordaba de su nombre, solo de su cara.  Él y yo habíamos sido compañeros de clase en el Instituto Nacional Cristóbal Colón, de Bluefields. 

Señalando la casa me dijo que ahí habían matado al jefe de la seguridad de la zona.   “¿Cómo se llamaba?”, le pregunté.  Me dijo el nombre y comentó: “Él era malo.”

Cuando le pregunté por qué decía eso, me dijo que él abusaba de la gente.  Cateaba las casas a medianoche, sospechaba de todo mundo, detenía a gente inocente, las mandaba a la cárcel a Bluefields.  No respetaba la propiedad de la gente.  No respetaba a las mujeres. La gente vivía en zozobra, atemorizada.
No recuerdo qué más me dijo.  Pero me dio a entender que la comunidad había apoyado el ataque en el que había caído.  

Al jefe de seguridad nosotros lo habíamos enterrado con honores de héroe.  Habíamos puesto la gente necesaria, hecho las mantas de rigor y gritado las consignas que la ocasión ameritaba.  Y aquí estaba yo ahora dándome cuenta de que el pueblo se había levantado contra él.

Meses más tarde, una compañera me preguntó por qué yo insistía tanto en democracia y transparencia y yo le conté la historia.  “Esa no era la Revolución”, le dije.  “Tiene que haber un mecanismo para evitar este tipo de abuso.  La compartimentalización, el secretismo, el autoritarismo, no van a resolver estos problemas”.  Y agregué: “Todavía no entiendo por qué hay que vapulear a la gente para mejorar la salud y la educación.  En un país con la pobreza de Nicaragua, la izquierda no debería tener problemas de convencer a la gente”.  Creo que asintió porque en su respuesta confirmó que el compañero no había sido un héroe: “Él le pegaba a su mujer”, me dijo.

Ese día en la comunidad me encontré también con la otra cara de la moneda.  Dejamos el viejo puesto militar y seguimos caminando.  Más adelante mi amigo saludó a un señor y me lo presentó.  El señor me comenzó a hablar de su salud. 

Me dijo que estaba bien enfermo.  Después de dudar un momento e intercambiar miradas con mi amigo, que seguramente le dio a entender que podía hablar sin problemas, el señor dijo que en tiempos de la Revolución recibía medicinas gratis, que entonces había medicina.  Ahora no había nada y lo poco que había era caro.  Para todo le recetaban Tylenol.  “Entonces había salud y educación”, me dijo. “Vaya a la escuela para que vea cómo está de abandonada”.  

Fui a la escuela.  Efectivamente, estaba sucia y los pupitres estaban en desorden.  Parecía que no se había usado en meses.   Era la época del gobierno de Bolaños.

Aquí estaban las dos caras de la Revolución.  Por un lado, los abusos.  Los que no quieren ver esta cara de la Revolución no están dispuestos a crear mecanismos para evitarlos.  No entienden que no solo de pan vive el hombre, que la gente no solo quiere empleo, salud y educación, también quiere libertades políticas.  (En gran parte, aunque no hay que reducirlo solo a eso, el alzamiento de las comunidades miskitas y criollas de la Costa se debió a los abusos que se cometieron).

Por otro lado, los beneficios de la Revolución.  Los que solo ven los abusos, no ven la totalidad de la Revolución y nunca podrán entender por qué un buen porcentaje de los nicaragüenses apoya al FSLN.  La Revolución no se hizo para cometer abusos.  La Revolución eran los programas sociales y algo intangible pero poderoso: la creencia de que se estaba construyendo una Nicaragua nueva, en donde la gente humilde contaba y los apellidos de alcurnia no le concedían ninguna ventaja a nadie.  De esto me habló ese viejito miskito esa mañana.

Cuando venía de regreso de la escuela, él me preguntó: ¿La vio, verdá?”  “Sí”, le contesté, “la vi”.  Yo le pregunté: “¿Desde cuándo no tienen maestro”.  No recuerdo qué me dijo pero entendí que desde que se terminó la Revolución.  Después me preguntó: “¿Cuándo va a volver a mandar mi gente?”.  

“No sé,” le contesté. “Algún día”.  Y me alejé pensando que quizá algún día “su gente” volvería a mandar, pensando que “su Revolución”, no la del jefe de seguridad, es la que debería volver al poder.

*El autor es poeta y sociólogo.