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Gadafi, capturado vivo, fue bajado del vehículo en el que iba prisionero, y castigado ferozmente por la turba enardecida, que recién capturaba la ciudad de Sirtre, luego de 58 días de combate contra el último reducto del tirano. Como una manada de hienas, en medio de gritos de “Alá es grande” y disparos al aire, los rebeldes llenos de alegría se disputaban al pobre hombre, al tirano que meses atrás había jurado morir como un mártir. En sus últimos instantes de vida, sorprendido por su suerte terrible e inesperada, Gadafi escurrió con la mano izquierda la sangre que manaba abundante de su frente rota, y que le nublaba la vista. Miró, sin saber por qué, su mano ensangrentada, como para comprobar que era su sangre la que le bañaba el rostro. Desfalleciente por las heridas, vio hacia sus verdugos, que le rodeaban felices, a derecha e izquierda; y en una pausa a su castigo les preguntó aturdido quiénes eran, con una implorante expresión en su rostro, que parecía suplicar a los extraños, que desconocían su poder, que le pusieran fin a su martirio. Los rebeldes, enardecidos, le golpeaban en la cara con el tacón de dos pulgadas de alto de una de sus botas, como si fuese un martillo; le arrancaban el cabello, mientras mecían con rabia su cabeza de uno y otro lado tirándole del pelo.

En medio del furor de los gritos, de la algarabía y de los disparos, se escuchó una voz autoritaria en español: ¡Fusílenlo ya! Tal vez alguien, quizás por compasión o por hartazgo - que viene a ser igual durante el fragor de la guerra -, le dio un tiro en la sien. Cuando, al fin cayó exánime, le arrastraron inconsciente por el pavimento, cargándole a patadas. Seguramente, ya muerto por los golpes, o por el disparo recibido.

Su cadáver, sin camisa, mostraba en el pecho y en el abdomen seis finos hilos de sangre, que a cinco centímetros de distancia entre sí corrían simétricamente del centro hacia el costado derecho. De la barbilla un surco grueso de sangre bajaba en línea recta sobre el pecho, uniendo en ángulo recto los hilos de sangre que partían del centro. En el abdomen parecía haber recibido una herida de bala, por la abundante sangre empozada al derredor del ombligo. El conjunto de los rastros geométricos de sangre en la piel de beduino, oscura e inerte, de Gadafi, semejaba un símbolo rupestre, de buena ventura mítica, símil a los pictogramas rojos de hombres con flechas que cazan búfalos, hipopótamos y antílopes, grabados por artistas mesolíticos hace 14 mil años en Tadrart Acacus, en los macizos rocosos del desierto occidental de Libia (cuando entonces era terreno fértil, surcado por los ríos), cerca de la frontera con Argelia.

Las huellas de sangre, que le surcaban el rostro, mostraban, por su rastro, que había sufrido heridas en la sien, en la nariz y en la boca. Los detalles sangrientos de la muerte del tirano carecen de importancia histórica, resultan insignificantes, a pesar que la atrocidad de los mismos sea repugnante a la sensibilidad humana.

Liberar a Libia de este dictador excéntrico, costó veinticinco mil vidas, en ocho meses de combates. La lección de todo ello es, evidentemente, trágica. Luchar por la libertad es ya una tragedia, independientemente del recuento de muertes y de sufrimiento para la población. La tragedia, no es la caída de un personaje importante (como se acostumbró en las obras literarias del Medioevo), sino, el sufrimiento humano como destino, que choca con la razón. No como culpa.

El éxodo de la tragedia –el acto último de la misma- no es el fin del tirano que durante su agonía reconoce por medio del sufrimiento propio su ridícula pequeñez e impotencia. Ni su castigo terrible sirve de enseñanza moral, porque el tirano no es el héroe de la tragedia moderna. Su suerte personal carece de pathos. Es decir, de la simpatía de los ciudadanos con sus emociones. No es más que un instrumento vil de un orden social decadente, que se ha deshumanizado voluntariamente en pos de la riqueza y del poder personal, en contra de la sociedad, reduciendo al mínimo su conciencia humana. a
Por ello, su suerte final, aunque horrenda, carece de significado propio y de catarsis o purificación. No suscita ni piedad ni terror, porque no hay identificación posible con el tirano. Ni su castigo contribuye a la autoconciencia, porque su falta no es parte de la experiencia ciudadana. Quizás, por empatía negativa, sólo sirva de ansiedad y de angustia emocional para otro tirano igual.

Al refugiarse herido en una cloaca, Gadafi manda a uno de sus siervos más fieles para que anuncie que su señor se entrega. Era el fin de la partida: el jaque mate que lograba la sublevación rebelde. Como jugador de ajedrez, a Gadafi le sorprendió la ironía que su captura no trascendiera a los mandos estratégicos de la rebelión, y que, de pronto, su destino se volviera insignificante a manos de una turba inconsciente, sin disciplina militar ni dirección política. Su ego –de mesías predestinado- no le permitió prever este final inhumano y miserable para el rey de reyes. Las piezas, que simulan la estructura de la sociedad, al fin, eran iguales, carecían de valor relativo, se movían sin regla alguna, no había más que una casilla en el tablero, en la que Gadafi, solo, ocupaba el cadalso. Por un instante, al pasar el umbral de la muerte, el rey tuvo consciencia del absurdo: de lo irreal de su vida.

En sentido filosófico, la tragedia se deriva de la contradicción extrema entre la pasión y la justicia racional. La sublevación de los rebeldes libios nace no de la conciencia política, sino, de las ansias de vivir. No combaten por un nuevo orden, ni por mayores prebendas sociales. El régimen mesiánico, más allá del tinglado represivo, les sustraía una dimensión elemental de la existencia. El pecho de los rebeldes se llenó de embriaguez, de pasión, de ansias de libertad. Deseaban ser ciudadanos. Se convirtieron en una fuerza arrolladora que saltó contra el orden establecido. El CNT, en este proceso, es un artilugio extraño, implantado por Europa. No cabe en el interior del movimiento rebelde, después de 42 años de compresión, la idea de un nuevo orden foráneo.

He ahí la tragedia. El destino del pueblo libio, embriagado de anarquía, es el de sufrir una realidad adversa. La libertad no es posible sin conjugar la pasión con el uso de la razón, en una realidad histórica necesaria, que lo haga posible.

La tragedia del pueblo libio es parte de la tragedia histórica de la humanidad, que al final de la decadencia capitalista, con conciencia política, intenta nuevamente acoplar, como la comunidad primitiva, la pasión revolucionaria, con la justicia razonable, en una sociedad igualitaria.

*Ingeniero Eléctrico