•  |
  •  |

Las imágenes se suceden en el monitor. Son los estertores de un individuo. Está ensangrentado, sin camisa,  la mirada perdida. Nadie lo defiende. Sus propios captores lo protegen de la ira de otros. Algo dice, suplica  acaso. Hay violencia, es claro. Anarquía. Es una guerra. Las guerras son siempre  caóticas. Fue hace menos de una hora y ya está en la red, estamos en la era de la instantaneidad. Hay júbilo.

Está solo en su ya diezmada resistencia. Y quiénes lo vitoreaban meses atrás, ¿qué se han hecho? Quién lo diría, digamos, hace nueve meses. Los millones, el oro acumulado, las mansiones y detalles de lujo obsceno no fueron, no son escudo protector infalible. Inevitable pensar en Mussolini, en Ceauçescu, en Hitler, en Trujillo, en Hussein, en los Somoza. Es el Coronel Muamar el Gadafi en los últimos segundos de su vida. Ha sido derrotado y ahora sucumbe. El mismo del Libro Verde, él que representó en algún momento una opción progresista en el mundo árabe, pero que devino en un dictador que hizo reversa de sus posiciones de avanzada tiempo atrás. Que algo bueno hizo por su pueblo en algún momento, pero que intolerable no aprendió que los tiempos cambian, que las mayorías al final siempre deciden. Es el tercero que cae en el año ante las insurrecciones árabes

La historia, implacable al fin, lo registrará como un tirano extravagante, derrocado por corrupto y genocida. Nada más. Como un largo y doloroso paréntesis en la historia libia.

¿Qué registra la historia en la vida de los hombres? El balance y el final de sus hechos. Cuántos de los que eran héroes, leyendas vivas de las luchas populares, han mutado a seres esperpénticos de la historia pisoteando  sus principios de otrora. Habitan ahora en las antípodas de lo que un día fueron, o al menos de lo que dijeron ser, porque la  soberbia, la ambición, el afán de continuismo en el poder se han afianzado y crucifican la democracia. En el muestrario de la política criolla hay varios ejemplares de la especie y así lo recordarán las generaciones del futuro.

La violencia, indeseable,  pero inevitable a veces, ha sido en más de una ocasión la partera de la historia, como la caracterizó don Carlos Marx. Bien lo sabemos en Nicaragua. Pero la violencia ha surgido desde el poder. Siempre. Cuando desde arriba  se han cerrado las alternativas cívicas para los cambios, cuando se han ignorado las demandas del pueblo, éste al final, por una vía u otra, impone  -sí, impone- sus aspiraciones. Quedó demostrado  en la lucha contra el somocismo, en la guerra civil de los ochenta, en febrero de 1990.

Nuevamente en Nicaragua estamos frente a la posibilidad del cambio democrático por la vía cívica, una vía que han estrechado al máximo, pero que está allí, agonizante pero aún viva. Viva porque las elecciones del próximo seis de noviembre  ofrecen a los actuales gobernantes la postrera opción de respetar la voluntad popular. Si es ignorada, o peor aún, reprimida, habrá hecho añicos para siempre la ya golpeada institucionalidad y los ciudadanos descreeremos definitivamente en el voto como forma de participación.

Las fuerzas políticas opositoras han optado con absoluta responsabilidad cívica e histórica por la contienda electoral. Más que nunca la consigna de votar porque es un derecho, se complementa con el votar porque es un deber, la oportunidad.
Votar y defender el voto. Votar y defenderlo hay que insistir, porque a los gobernantes actuales si bien no les asiste una credibilidad mínima razonable de que respetarán la voluntad ciudadana, es posible con la votación y la defensa  masiva del voto hacerles inviable el fraude, de que sí obedezcan la decisión soberana, como en aquella comparecencia de la madrugada del  26 de febrero de 1990.

Sólo de esta manera- los ciudadanos ejerciendo y defendiendo el voto y el orteguismo respetándolo-podremos impedir que la violencia política aparezca otra vez en Nicaragua con el funesto desenlace de siempre. Como lo ha tenido en Libia.