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“No confundáis la velocidad con el tocino”, nos decía un insigne profesor en el Colegio Centro América de Granada. Y es que eso veo que hace el señor Amaru Barahona al confundir “privatización” con “autorización”, según se desprende de su reciente artículo en EL NUEVO DIARIO, este 24 de octubre.

No es lo mismo privatizar bancos estatales que autorizar la apertura de bancos privados para que operen en paralelo con los bancos estatales.

El gobierno de doña Violeta jamás privatizó bancos estatales, a pesar del calamitoso estado en que estaban en 1990, cuando el pueblo decidió desterrar la guerra, la dictadura y el colapso económico.

Doña Violeta, muy atinadamente, intentó salvar los bancos estatales mediante una fuerte capitalización, a la vez que autorizó la apertura de bancos privados para aumentar el volumen de financiamiento a las actividades productivas y facilitar la reconstrucción de la economía.  

No creo que nadie inteligente considere malo el haber permitido la banca privada. Ni siquiera el presidente Ortega ha pensado en que sea tan mala como sugiere Barahona, puesto que durante este segundo mandato suyo sus relaciones con la banca privada han sido sólidas y constructivas para bien del país.

Sin embargo, me parece noble de parte del señor Barahona, reconocer, como lo hace en este segundo artículo, que fue durante el gobierno del señor Alemán que se cerró el Banco Nacional de Desarrollo y que se vendió el Banco Nicaragüense, pues en su primer artículo había insinuado que había sido durante el gobierno de doña Violeta.

Y qué decir de las empresas llamadas ¿“Área Propiedad del Pueblo”? ¿Podría Barahona citarme alguna que trabajara rentablemente en 1990, alguna que no hubiese sido una carga para el erario?

Las 360 empresas estatales que el gobierno de doña Violeta agrupó en la Cornap eran en parte causantes del inmenso déficit fiscal que se generó en los años 80, un enorme agujero que era llenado con billetes que el Banco Central emitía sin respaldo, lo que causó una brutal hiperinflación y obligó a las devaluaciones semanales que tanto daño y pobreza causaron a los nicaragüenses en esos años.

Para sanear las finanzas públicas y cortar de un tajo la hiperinflación el gobierno de doña Violeta hizo lo que todo gobierno responsable hace: pasar a manos del sector productivo las empresas que el Estado no puede mantener, devolviendo a los injustamente confiscados sus propiedades, dando otras a trabajadores de esas empresas, y entregando otras más a desmovilizados del Ejército y la Contra para consolidar la paz.

Me viene a la memoria el caso de los ingenios azucareros, pues era dramático. Antes de la revolución, Nicaragua producía 4 millones de quintales de azúcar. Al final de la década de los 80, tras diez años de gobierno sandinista, la producción había caído a 3 millones. Con la devolución de los ingenios a sus legítimos dueños, y con la privatización de Montelimar, el único que pertenecía legítimamente al Estado por el Decreto 3, la producción llegará este año a 13 millones de quintales.

Pero es peor que eso. En 1990 y 91, antes que se devolvieron los ingenios, estos no tenían ni para pagar sus planillas. Tengo la memoria fresca cuando semana a semana había que autorizar en el Ministerio de la Presidencia que la Tesorería entregara millones de córdobas a la Cornap para que ésta pudiera pagar dichas planillas. En otras palabras, producíamos poco y además con pérdidas para el erario. Hoy, por el contrario, ningún ingenio depende del Estado, y más aún, año con año enteran grandes cantidades de impuestos al Estado para que este cubra parte de sus necesidades.

No entiendo el malestar del señor Barahona por haber hecho nosotros esas devoluciones, o por haber autorizado la apertura de bancos privados. No se da cuenta Barahona que Cuba, por creer como él cree, que solo el Estado debe manejar la producción, ha visto reducida su producción azucarera de 123 millones de quintales en 1957 a 24 millones el año pasado, lo que Cuba producía en 1905, es decir, un retroceso de más de cien años.

Tampoco entiendo que vea con malos ojos el haber incorporado a los padres de familia en las Juntas Directivas de los colegios públicos. ¿No son estos colegios para los hijos de esos padres? ¿Quién mejor que los padres de familia para velar para que esos colegios marchen cada vez mejor? ¿Es que acaso son malos los padres de familia?

¿Y si estos decidieron que entre ellos podían afrontar ciertos gastos que el gobierno no podía cubrir, es eso acaso malo? ¿Es entonces preferible que sigan miles de niños fuera de las escuelas y colegios del país, y despreciar el aporte generoso que muchos de estos padres de familia estaban dispuestos a hacer para subsanar las deficiencias de esos colegios en favor de la educación de sus propios hijos?
Finalmente, debo referirme al último párrafo, en el que Barahona asevera que el crecimiento del PIB por habitante fue ligeramente negativo, medio por ciento, durante los seis años del gobierno de doña Violeta. Falso.

Según los Indicadores Macroeconómicos del Banco Central (www.bcn.gob.ni/estadisticas/sic_em50a/recibe.php), el PIB por habitante paso de $252 en 1989 a $698 en 1996, un importante crecimiento. Barahona debió haberse equivocado de años, porque cuando cayó el PIB por habitante fue durante los diez años anteriores al gobierno de doña Violeta, cuando pasó de $753 en 1977 a $252 en 1989.  

El mayor error de Barahona, sin embargo, es querer juzgar al gobierno de doña Violeta sin tomar en cuenta cómo estaba de hundido el país cuando le tocó asumir la responsabilidad de gobernarlo. ¿No recuerda acaso que a los billetes les llamaban “chancheros”, porque había que salir rápido de ellos antes que se devaluaran más?

Las memorias están demasiado frescas para olvidarlo. Y Dios quiera que en estas próximas elecciones no demos pasos hacia atrás que nos acerquen a aquel precipicio del cual ya una vez salimos por gracia de Dios y por la visión de la Madre de la Democracia, doña Violeta de Chamorro.