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“¿Argumentaríamos en política si dispusiéramos de un saber intelectualmente  obligatorio? Vayamos más lejos, ¿no es el error, algunas veces el crimen, y siempre la  falta de los regímenes totalitarios el pretender saber, y saber por todos y en lugar de  todos?”
Paul Ricueur

El neopopulismo latinoamericano contemporáneo, caudillesco y corrupto, en la práctica concreta se reduce al accionar político violatorio, coercitivo y represivo del caudillo mediante sus brazos operativos (Poder Judicial, Poder Electoral, Poder Paramilitar, Poder Policial, etc.). En el plano teórico este violatorio accionar se ve acompañado por todo un séquito de vividores, blacamanes, culebreros, ideólogos, comunicólogos, que generan miles de páginas y emiten millones de mensajes con la intención de justificar positivamente –legalizar, legitimar e institucionalizar- la existencia de esta forma atrabiliaria y absurda de hacer política en el siglo XXI: el caudillismo.

Toda una verdadera corte de los milagros compuesta por oportunistas delirantes,  genera las teorías políticas  más audaces, inauditas, insólitas, inverosímiles y por supuesto, intragables. Medrando de suculentos huesos públicos en los gobiernos populistas, insertos en el muelle mundo académico oficial o perteneciendo al jet set de los funcionarios internacionales, han sobre cumplido una de las acepciones marxistas de ideología, aquella que la connota como inversión de la realidad. Y si en toda la ideología los hombres y sus relaciones aparecen invertidos como en la cámara oscura, este fenómeno responde a su proceso histórico de vida, como la inversión de los objetos  al proyectarse sobre la retina responde a su proceso de vida directamente físico. (Marx, Karl: La Ideología Alemana). Ojalá que estos ideólogos tengan el valor de acompañar a sus tiranos cuando llegue Nüremberg y no huyan como ratas o se crucen al carro de la victoria.

El neopopulismo latinoamericano es la concreción de una síntesis histórica inverosímil, únicamente superada por China. Una nueva categoría está siendo practicada y teorizada: la identidad ontológica entre socialismo y capitalismo. Los neopopulistas dicen odiar al capitalismo imperialista pero aman infinitamente sus verdes divisas. El odio al capitalismo es inversamente proporcional a su amor a los dólares. Y los ideólogos del neopopulismo latinoamericano están ahí para justificar este monstruoso amor digno del obsceno pájaro de la noche.

Los ideólogos del populismo han pretendido mercadear un conjunto de ideas fundamentales que puedo resumir así en las siguientes falacias:

1. La democracia es un sistema importado de Europa y los Estados Unidos, una imposición del colonialismo y el imperialismo, que está en abierta contradicción con la historia política práctica de los latinoamericanos. Los latinoamericanos tenemos derecho a crear nuestros modelos políticos y sistemas de gobiernos propios y originales.

2. La democracia actual es una ficción ideológica inventada por el capitalismo burgués y rediseñada por el neoliberalismo para garantizar sus ganancias. La democracia burguesa no existe dado sus niveles de inequidad, miseria y marginalidad. La democracia es un fetiche ideológico del imperialismo norteamericano y el neocolonialismo europeo para mantener sojuzgados y explotados a los pueblos del Mundo.

3. Los derechos humanos son el ficto ideológico del proyecto de dominación imperialista y neocolonialista. Los derechos humanos no existen porque no pueden aplicarse universalmente so pena de violentar las culturas particulares no occidentales. La cultura de paz es otro ficto ideológico de los poderes imperiales y neocoloniales, para desmovilizar a las masas, lograr su aletargamiento, castrarle su potencialidad revolucionaria y mantenerlos bajo su total dominio. Los derechos humanos y la cultura de paz son los nuevos derivados opiáceos de la ideología liberal burguesa y pretenden reemplazar a la religión, summun del opio de los pueblos.

En relación con la primera falacia, veladamente enunciada por los ideólogos del populismo, podemos simplemente recordarles la frase performativa de Winston Churchil, quien nos enseñó que: “La democracia es el peor de los sistemas políticos exceptuando a todos los demás”. Más allá de los límites de la democracia, siempre susceptible de perfeccionarse, las sociedades humanas contemporáneas lo único que encontrarán en su reemplazo serán el abuso del poder absoluto, totalitario o populista. El absolutismo, el totalitarismo y el populismo solamente son perfectibles en su iniquidad.

Tampoco nos sirve la ilusión ideológica de un glorioso pasado  basado en un monéxico o  en el sanguinario autoritarismo de los aztecas o en un supuesto socialismo decretado por una familia real de origen divino como los Incas .Todo esto se quemó en el tiempo. Todo se quedó allá lejos. No en balde la Madre India, la matriz de todas las culturas humanas se yergue como la democracia más grande -1000 millones de seres- de nuestro planeta. Y los hindúes son demasiado sabios para comprar charbascas políticas ni chabelas ideológicas.

Sobre la segunda falacia podemos acotar que la democracia es una construcción teórico práctica producto del pensamiento humano y de la lucha de los pueblos por conquistar su libertad. A la burguesía, como clase social revolucionaria, le tocó encabezar la derrota del absolutismo y poner las bases de la democracia política y económica. Sólo la democracia – a pesar de sus usos ad hoc por los poderes fácticos- es la única capaz de marcar los límites al poder. En el caso específico de Nicaragua está claro que la lucha popular sandinista en contra de la dictadura somocista tenía como objetivos la construcción de una democracia, una sociedad más justa e igualitaria y de ninguna manera entregar el poder al capitalismo trasnacional globalizado en crisis o a un caudillo trasnochado. No mi lindo/a.

La tercera falacia referida a los derechos humanos y a la cultura de paz desafiados por la tensión dialéctica e histórica entre una construcción cultural eurocentrista y las culturas particulares, a las que no se les puede ni debe imponer ningún principio ético extraño, la podemos reflexionar junto a Paul Ricoeur de la siguiente paradójica manera: por una parte, mantener la pretensión universal vinculada a algunos valores en los que lo universal y lo histórico se entrecruzan; por otra, ofrecer esta pretensión a la discusión, no en un plano formal, sino en el de las convicciones insertadas en formas de vida concreta. Esta discusión resulta inútil si cada parte acreedora no admite que otros universales en potencia se ocultan en culturas consideradas exóticas.

Es decir toda cultura por particular que sea, contiene valores universales que deben ser admitidos por las otras culturas. Las culturas –que no son nunca estáticas-  a través del lenguaje o la comunicación, son capaces de conocerse (fronesis) y de negociar/intercambiar estos valores y de fecundarse mutuamente.

La dignidad del ser humano y su derecho a vivir en paz pueden ofender los elementos  esclerotizados de la cultura o sea las ideologías (religiosas, políticas, étnicas), pero jamás pueden ofender a las dinámicas revolucionarias que existen en cualquier cultura. Sólo la paz nos hará libres.