•  |
  •  |

Una parte de los nicaragüenses somos muy dados al rito. Quizás, muy apasionados a las formas pero muy alérgico a los contenidos. Comencemos con el gentilicio: nos llamamos nicaragüenses y hay quienes no sabemos de qué estamos hablando. Preocupante.

Usamos el nombre de Nicaragua como dato.  ¿Basta la dirección en una carta, que además es una especie en vías de extinción en el reino de las comunicaciones? Nicaragua reducida a la tapa azul de un pasaporte… de ajuste para irse y en dimensiones de diáspora desde los 90.   

A muchos nos encanta la silueta, la procesión  y la ceremonia, pero no lo útil y necesario, sólo la envoltura y el maquillaje; la promesa y no lo posible.

Aún no sabemos si somos nicaragüenses muy densos o demasiado livianos; grandes pinoleros que nos gozamos con los temas Víctor M. Leiva y Jorge Isaac Carballo, junto a una cumba de tiste y un quesillo,  o amamos más el sonido de Lady Gaga, Shakira y Beyoncé de Love On Top, digeridas con bebidas energizantes.

Es asunto de examinar por donde se desborda o desaparece lo que entendemos por Nicaragua y su abundante cultura.  La poeta Rosario Murillo va más a fondo con el significado del nicaragüense en un verso que empalma con los ensayos de PAC, juntando apenas cinco palabras para darnos este principio motivador: “Somos Nicaragua en cada paso”.  

Agitar el desencuentro
 ¿Cómo se hace Nicaragua cada día? Deberíamos comenzar con no explicarla desde nuestra parcela. Y reconocer al otro. No ver absolutamente nada bueno en el que gobierna, es más política que agenda nacional. Y viceversa.  Agitar el desencuentro no es hacer patria: es hacer tribu.    

El tema es más dramático, porque además, los odios provocan un malestar que excede los partidos y victimiza a  nuestra nación, al escarnecerla como “paisito” y otros epítetos sarcásticos. Hasta guardamos distancia cuando hablamos de “este país”, como un día cuestionó con lucidez el columnista Onofre Guevara, en vez de asumir --- nos recomendaba---,  “nuestro país”.

La democracia se le toma como el último grito de la moda, sin partir de la debida experiencia. Es como la devoción célica al altar, menos al Dios que suponemos adorar. Nos gusta el estallido de cohetes de una fiesta patronal, y si libando para otros dioses mejor: al santo se le celebra, pero no se le imita.

La democracia es una santa patrona, todos quieren cargarla en la peaña para no dejarla bajar a la realidad. Raro culto, porque en romerías descarriadas a Tegucigalpa en los tiempos del Golpe de Estado, elevaron a “profeta” de la “santa” a Micheletti, pasando así de la caricatura de procesión a un baile de gigantonas. Hay estaturas de demócratas que resultan postizas.

La democracia es un concepto muy exigente para abreviarla en siglas partidarias. Va más allá: significa acceso a la educación y al trabajo, a una vida digna. A no ver un enemigo en el prójimo, por muy gobierno u opositor que sea.   

Muchos sufren una suerte de esquizofrenia, demandando a otros, lo que más les cuesta a ellos. Es muy fácil encontrarse con algunos pomposos demócratas de salón. Pero ser demócratas es un estilo de vida, más que dictar sublimes discursos y teatrales rasgadas de vestiduras frente a las cámaras de televisión.  
Ciertamente, los nicaragüenses carecemos de una cultura democrática, y no creamos el viejo cuento de que los sandinistas, descafeinados o no, son los enemigos de la democracia.

Para empezar, la democracia no es asunto de sesudos académicos, sino de hacerla vida. Véalo usted en la irrefutable prueba de la calle. Un conductor puede ser  amante de la libertad y acérrimo defensor del Estado de Derecho, pero se aparca a la par de otro automotor, a sabiendas que así obstruye el tránsito de los demás. O bien el  trato  decimonónico del patrón al empleado, mientras se solaza en su monólogo interior sobre la justicia, la libertad y el pueblo.

Los bellos ideales en abstracto son solo eso: preciosos adornos en la solapa de un partido. Comenzar a practicarlos en los pequeños espacios de poder sería lo menos que uno debe hacer, para pasar de la democracia de efectos especiales, a la autoridad de su ejercicio.    

Urgen demócratas con dormida adentro
De la democracia somos deudores todos, unos con más culpa y otros con menos inocencia. Padecemos ese perenne divorcio entre lo que creemos con ardor y los glaciales con que construimos nuestra biografía.  

Con un enorme acierto, Pablo Antonio Cuadra planteó en 1971: “Nuestra Independencia es un acta, no una realidad. Celebramos el Acta pero no hacemos  otra cosa que destruir su contenido”. La sinceridad católica del poeta no le permitía dejarse él mismo fuera, sino incluirse --- pienso que injustamente consigo mismo --- entre los practicantes de uno de los pecados favoritos nacionales: echarle el muerto con todo y mortaja al otro.

Del 6 de noviembre se habla, como en los anteriores comicios, de una “fiesta cívica”, pero esto es discutible. Cuando una alianza que va a las elecciones, aceptando sus árbitros y reglas, y desde ahora agita la bandera del fraude, proponiendo “arreglos” violentos ¿a qué democracia nos estamos refiriendo? ¿Es democracia solo si yo salgo ganador? Menos mal que hay observadores internacionales y esperemos que el CSE autorice a organismos solventes como el IPADE.

Con todo, siempre caemos en la democracia ritual: la de las elecciones. Si todos nuestros partidos contaran con demócratas de tiempo completo, e incluso con dormida adentro y no de una hora en los programas matutinos de TV, la democracia tuviera su propio gallo que la cantara y no que la negara.

El Jorge Luis Borges que escribió: “Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare son William Shakespeare”, bien pudo contar lo contrario al leer al Mártir de las Libertades Públicas y ver nuestra Nicaragua: “No todos los que repiten una línea de PJCH son Pedro Joaquín Chamorro”.