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Las elecciones han entrado en su recta final con algunas incertidumbres y varias certezas.

La más importante de las certezas es que será una elección polarizada, con Ortega en un lado, y Fabio Gadea en otro.

Otra certeza importante es que contra algunos pronósticos, la Alianza PLI ha mostrado una enorme capacidad movilizadora de la opinión, el ánimo y la población, como lo demuestran sus desbordantes actos de cierre de campaña.

El inventario de agravios de Ortega contra los nicaragüenses, en especial sus abusos autoritarios y sus desbordes de corrupción, le están pasando la factura.
Ortega ha menospreciado el valor que los nicaragüenses atribuyen a la libertad y la democracia. Pensó, equivocadamente, que podía cerrar espacios democráticos, sin pagar las consecuencias. Pero he descubierto en los extensos recorridos que con Fabio Gadea hemos hecho por toda Nicaragua, el enorme valor que la libertad tiene para los nicaragüenses, independientemente de su condición socioeconómica, especialmente en las zonas que fueron el teatro de la horrenda guerra civil de los 80. Esas zonas se están beneficiando del auge exportador agropecuario, pero ahí la población valora más su libertad que su bolsillo.  

Por otra parte, Ortega se ha enajenado parte de su base política histórica. Cuando en nombre de la Revolución y de los pobres se amasan enormes fortunas entre familiares y amigos del gobernante, muchos sandinistas históricos, los de a pie, se preguntan y se cuestionan si acaso el orteguismo, en su más cruda expresión de nepotismo y sultanismo   -confusión total, como en un Sultanato, entre los intereses privados del Sultán y los intereses públicos-   les representa, y sobre todo, representa los ideales fundadores de su lucha.

Hay quienes argumentan que los programas clientelares de Ortega han ensanchado su base política. No cabe duda que esos programas, como la distribución de láminas de zinc, han llevado alivio a necesidades inmediatas, pero muchos de los beneficiarios resienten el sectarismo partidario con el cual se han ejecutado esos programas. Y por lo demás, cuando el alivio inmediato pasa, la gran mayoría de pobres vuelve a su rutina de pobreza, porque en materia de generar empleos, que es la única forma digna y sostenible de salir de la pobreza, el desempeño del gobierno de Ortega ha sido un fracaso, un total fracaso.

¿Y qué decir de los sectores medios, especialmente los empleados públicos y privados? En ese segmento, especialmente entre los empleados públicos, se ha juntado el deterioro de los salarios reales con la humillación de la obligación partidaria.

El voto oculto que recogen todas las encuestas, encubre las consecuencias de ese inventario de agravios que Ortega ha acumulado en contra de gran parte de los nicaragüenses. Un partidario de Ortega me comentaba que en su familia observan, con cierta preocupación y nerviosismo, el silencio sospechoso de su vecindario, sin desbordes de entusiasmo hacia ningún sector político, pero todos diciendo que sí van a votar.  

Aunque parezca un contrasentido, la sorpresa electoral luce cada vez más como una certeza.