Jorge Eduardo Arellano
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De todos los delitos atroces que se cometen en el país, el más frecuente, menos denunciado, menos condenado y con más graves consecuencias para la vida humana, son las violaciones, los incestos y todas las formas de agresión sexual contra la niñez.

Saquemos cuentas. En lo que va del semestre se han denunciado a la Policía cerca de dos mil doscientos casos de agresiones sexuales; pero si se toma en cuenta que por cada denuncia de este tipo otros 20 casos son silenciados --según estima un estudio realizado sobre esta clase de estadísticas en Estados Unidos--, estamos hablando de unos 44 mil delitos sexuales cometidos en el país en el primer semestre del año.

Pero no se trata sólo de la frecuencia de estos delitos, que puede comprobarse en las noticias a diario, sino de lo devastador que resulta cada uno de estos crímenes contra el cuerpo, la psiquis, y la integridad de quienes lo sufren, sean niños, adolescentes, mujeres adultas o ancianas.

¿Cuáles son las consecuencias de esta tragedia? Hablamos de niños a los que se trunca de un momento a otro la posibilidad de llevar una vida normal por el resto de sus vidas, sin mencionar los que mueren por los golpes y traumas físicos ocasionados durante la violación. Van a sufrir trastornos en el sueño y la alimentación, padecerán crisis de pánico o temor constante, serán niños inseguros que necesitarán que se les tranquilice mucho más que antes; agredirán a otros niños o se auto agredirán sin motivo aparente, tendrán graves problemas en su rendimiento escolar y en su comportamiento social, intentarán una o varias veces suicidarse; se sentirán culpables, sucias/os, sufrirán fobias, ansiedad, problemas psicosomáticos y evidenciarán una pobre autoestima hasta en su vida adulta; por mencionar las repercusiones más frecuentes y sin incluir el impacto brutal que este crimen tendrá además los familiares de estos niños.

Recuerdo una niña de cinco años, inteligente, despierta y encantadora, que había sufrido a su corta edad abuso sexual por parte de tres hombres diferentes. Ella envolvió completamente una pequeña muñeca de trapo con masking tape, como si fuera una momia, y dijo: “Así me siento yo”. De esta clase de horror estamos hablando.

Pero también hablamos de mujeres de treinta, cuarenta, cincuenta o más años que se desploman llorando y gritando al recordar la violación que sufrieron en la infancia, a veces por primera vez, porque habían bloqueado completamente los recuerdos durante una vida entera. Hablamos de lo que sintió el adolescente con trastornos del habla que gemía desesperadamente de impotencia cuando a su agresor se le absolvió hace unas semanas en Jinotega, o del terror que sintieron los niños violados por el predicador de Río San Juan, absuelto la semana pasada por esos crímenes y que anda muy campante por su territorio, de seguro a la caza de otros niños.

Hace poco me confesaba una señora de nivel económico alto que había sido violada por un sacerdote en su infancia, entre otros hombres que la agredieron a corta edad. Ella había sufrido atrozmente las consecuencias de esa violencia sexual a lo largo de su vida. Su matrimonio se había destruido, sus relaciones familiares estaban bastante afectadas, su seguridad en sí misma destrozada, a pesar de ser una mujer inteligente, sensible, con muchos talentos y cualidades. Por ello llamamos sobrevivientes a las víctimas de esta clase de agresiones, aunque deberíamos llamarlas heroínas o héroes, porque salir adelante, sanar y dejar atrás una secuela tan brutal, requiere a decir lo menos, de verdadero heroísmo.

Y a pesar de este terrible sufrimiento, un alto porcentaje de las víctimas son además culpabilizadas por lo que les ha ocurrido, señaladas, estigmatizadas, aisladas y condenadas por sus familiares, educadores o conciudadanos, como ocurre con las víctimas del padre Dessi, en Chinandega. Todavía se les acosa y se les acusa de mentir, tal como en otros casos se señala a las niñas de haber provocado la aberración, de querer perjudicar al padre, padrastro o al familiar culpable del delito, y muchas veces se las arrincona en su tragedia, dejándolas en completa soledad e indefensión. De eso estamos hablando.

Por estos motivos, entre otros, una de las consecuencias más devastadoras de estos crímenes es la profunda, persistente y destructiva furia que las víctimas sienten y no encuentran el modo de expresar, y que muchas
veces las lleva a destruirse a sí
mismas.

Es evidente que los violadores y abusadores seguirán siendo absueltos y las víctimas seguirán sufriendo lo indecible si no hacemos algo para impedirlo. ¿Qué podemos hacer? El Movimiento contra el Abuso Sexual y otras varias organizaciones no gubernamentales han impulsado y seguirán impulsando marchas en varias ciudades del país. Organizarnos para movilizarnos en nuestras ciudades o poblados es un primer paso importante. Pero ante todo hay que empezar por casa, hablando, educando y protegiendo a nuestros hijos e hijas, como también a los niños y niñas de nuestra comunidad. Hay que creer a la niñez aunque nos cueste, y hay que castigar a los culpables sea quien sea, porque éste es un delito público, aunque se haya cometido en el ámbito familiar, escolar o religioso.

Por otra parte, el sistema educativo debe incluir urgentemente nuevos conceptos relativos a las identidades de género, para inculcar en los niños y niñas una concepción de la masculinidad, separada de la violencia o de la promiscuidad sexual, como también para formar en las niñas una visión diferente de su sexualidad, que en vez estigmatizarla, le dé el valor que le corresponde.

Si consideramos sagrada la maternidad, debemos considerar igualmente sagrada la sexualidad de una mujer, y con mayor razón el cuerpo de un niño o una niña, templos de inocencia que no deben seguir siendo violentados ante la indiferencia o el silencio cómplice de la sociedad.


*Directora, Centro de Prevención de la Violencia.