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De cerca, están ahí. Se habla de seis caídos, aunque apenas hemos conocido la identidad de cuatro de ellos, porque han sido de una misma familia, de apellido Torres, vinculados al PLI en la comunidad del Carrizo, en Cusmapa. El cuarto era secretario político del FSLN en Siuna, de apellido Martínez.

Ya no se trata de la guerra con la Contra, ni frente a la dictadura de Somoza. Pero asoman los restos de todas ellas. Aparentemente, la reconciliación implica que se camine hacia delante, pero en Nicaragua, dicha reconciliación provoca que el país camine hacia atrás, hacia su propio pasado, para volver a caer en la trampa de fantasmas antiguos como la violencia, el chantaje, el autoritarismo y el miedo que condiciona el presente.

Visto desde lejos, hay algo que pasma: 21 años después de los acuerdos de paz que pusieron fin oficialmente a la guerra civil en Nicaragua, uno de aquellos comandantes, líder del gobierno revolucionario, se enfrenta a un viejo representante civil de la contrarrevolución en unas elecciones que ya estaban preparadas de antemano claramente a favor del primero. En las calles, seis muertos. A ellos hay que sumarle varios heridos graves, 50 policías también heridos, incontables manifestantes lesionados, y personas desplazadas o huidas por miedo a la violencia. Todo ello muestra el viaje directo hacia el pasado.

Que esos viejos liderazgos se sigan disputando el país, con apariencia más o menos  democrática, de entrada, resulta desalentador. En ese pasado al que Nicaragua se encamina, con las viejas ataduras de la pobreza, con los mismos vicios de la dependencia y las mismas trampas de los votos por el pan de hoy, también encontraremos a los muertos.

Los muertos que pusieron casi siempre los que no tenían poder. Como los que eran velados en esos féretros del Carrizo o de Siuna. Entierros de pobre para los muertos de siempre.

El daño de una guerra o de una dictadura en un pueblo se prolonga demasiado. Hace  poco, vimos cómo una revolución, que comenzó en Libia en 1969, instala en el gobierno a un líder que, a pesar de emprender transformaciones positivas en su país, no supo ni quiso retirarse a tiempo, y acabó desfigurado por el poder y atrozmente vejado y asesinado por sus opositores. Asistimos casi en directo a su ejecución, cuarenta y dos años después. Antes de él, miles de muertos en las calles. El mismo día de la noticia de Gadafi, la banda terrorista ETA, anunciaba su final en el País Vasco, en España. Surgió contra la dictadura de Franco, pero treinta y seis años después de que el dictador muriese, la banda seguía activa y causó la muerte de casi mil personas durante el período democrático. Nicaragua, por su parte, aún no se ha repuesto completamente de la dictadura de Somoza ni de sus viejos vicios; tampoco se ha repuesto de ciertas acciones de la revolución: todavía se siguen pagando confiscaciones de los ochenta, y aún quedan lisiados de guerra sin la más mínima protección o compensación. Los conflictos no duran lo que duran. Duran mucho más.

Visto desde afuera, lo que está claro es que las elecciones estaban preparadas  claramente a favor del partido de gobierno que consiguió una extrañísima mayoría que superaba en catorce puntos las mejores encuestas. El informe preliminar de la misión de observación de la Unión Europea no deja lugar a dudas. En otras palabras, según el informe, no han sido limpias. Se pueden discutir algunos de sus puntos, pero es difícil creer que esté mintiendo.

Las declaraciones en CNN del señor Rivas, que se pueden revisar en youtube (http://www.youtube.com/watch?v=kQyXzZaeJLg y http://www.youtube.com/watch?v=nW2hudRyiG0) son una prueba evidente de todo lo que se cocinó para llegar a esto. Es el mejor y el peor aliado del partido del gobierno porque al final él sólo descubre todo.

Ahora bien, si una buena parte de la población, digo, a pesar del daño considerable a la  democracia, ha decidido no pensar en el futuro sino en el presente, muestra que las leyes, la constitución y las libertades no representan casi nada. La democracia es una palabra hueca en medio de la necesidad y la esperanza de que algo mejore su pobreza. Si es verdad que se están construyendo los cimientos de una dictadura ¿no estaría legitimándola tanto el pueblo que la vota como la oposición que no pudo evitar su división en intereses mezquinos, ni puedo presentar un candidato mejor y de futuro, ni pudo evitar todas las acciones que el Frente realizó para asegurar la reelección?

Se debe exigir, creo, a la oposición que exponga los pasos que va a seguir. Sobre todo,  cuando aceptaron presentarse a un juego que desde el principio se describió como amañado. Por ejemplo, ¿asumirán sus cargos los diputados de la oposición que les ha cedido el dueño de la partida  o se convertirán en una fuerza de la sociedad civil? Sea cual sea su decisión, y teniendo en cuenta que se enfrenta a un aparato de violencia, es el tiempo de la cordura. En medio de la pobreza y la desesperación de mucha gente en Nicaragua, ciertas reacciones provocan muertes que no debieron ni deben producirse. Ahora es el tiempo de la cordura.  Nicaragua vive plagada de fantasmas que halan de ella hacia el pasado, y en esta encrucijada de su historia, como siempre, en las que unos se quieren quedar en el poder a toda costa y otros no saben ni han podido evitarlo, los muertos los ponen otros.  Y eso es lo que da tristeza y rabia si se le tiene el más mínimo cariño a una tierra que camina hacia atrás sin merecerlo, cayendo en sus mismas trampas.

Parte del futuro de  Nicaragua se entierra hoy en féretros de madera pobre. Cuando nos  despertamos el dinosaurio de la guerra civil seguía ahí, dando sus últimos coletazos, trayendo sus fantasmas con las mismas voces y las mismas caras de entonces.  Dios quiera que estos sean sus últimos muertos.

sanchomas@gmail.com