•  |
  •  |

Me encierro en mi propia lengua y no viajo al fondo de los pretextos. Soy, como esa  planta  que vive con perlas, y pájaros, y mujeres desnudas. Esta mañana, la rutina es   perversa. Un infierno que lastima la sombra de un astro desilusionado. Aunque el  martillo me ataje, me propongo  empinarme un acierto.  Caer al abismo de un pensamiento y dar cuenta de sus fracasos. Pero la vida es así de ruda y pendenciera. Los oídos,  se merecen las cuerdas  de una guitarra,  la montaña para enterrar  y confesar  que ya no puedes vivir sola, ni renunciar a la canción serena y reflexiva.

Quiero sembrar una gota de sudor con un mejor aire. Darle  agua, a una espina  para arrastrar la nostalgia. Un pañuelo que me escuche  cuando camino descalzo y no puedo descubrir mis intuiciones.

Después de mucho pensar puedo asegurar que la ciudad se vuelve triste y se ensarta de  tristeza cuando no la dejan hablar. Se pone como un niño con una sola lágrima en los  ojos.

Como una vocecita sin el bocado del día. Prevenir y andar. Prevenir y hablar.  Prevenir el círculo vicioso y sin vicios. Moler la capucha que lava el rostro. Desconocer  el vacío y prevenir. Siempre prevenir.

Ahora incita  aprender. Coger el amor y ponerlo en el pecho amarrado a una mariposa  alegre. Coger por el vuelo, la emoción de sentir. Sentir la libertad en la boca y en el  alma de la boca.

Nos enseñaron a decir y creer que uno piensa con el corazón. Otros se manifestaron por el destino del cerebro con palabras y el pensamiento. Pero hasta ahora,  son las palabras que brotan de las manos, las que dejan huellas y se sientan en la silla  móvil de la historia.

Cuelgue su testimonio donde usted quiera. Como quiera y defina el perfil de su caldero  o el avivamiento de su  hoguera. Entre verdades e intuiciones, la palabra se confirma  con martillo y paciencia.

La impaciencia se agazapa como una tortura. Como un viraje de crueldad sobre el piso  mojado de la esperanza.  La luna sin estrellas y conviviendo con angustia de árbol  vapuleado.

Otro amanecer con la verdad que fija su destino. Otro despuntar del alba lejos de  cicatrices y falso maquillaje. Otro amanecer que borra heridas. Otro amanecer sin  huellas de sangre.

Cada vez es más frecuente en mi rutina diaria,  que tengo la sensación de haber perdido  algo, o que buscaba algo y al final me doy por satisfecho porque no ha ocurrido nada de  lo planteado.  Es un alivio a medias. Un remedio infalible es reaccionar con buen humor  y cruzar los brazos como si se tratara de  un hallazgo compartido.

Hace un año se fue de nuestra vida mi hermano Beto, poeta y viajero, y  aún lo encuentro fresco en la caminata, dispuesto siempre a mejorar el tiempo con sus chistes.  Alegre, con un rebaño de tristezas en su voz alquilada en la distancia. El cuatro de  noviembre se fue como un martirio. Y mi corazón inventó una nueva cuchillada. Mi reacción de fortalezas me hace sentirme sereno y doblado de augurios en su nombre.

Ahora sigo una fotografía sostenida por la indagación como un diario íntimo. Es el rumor del fracasado que se funde entre las puertas de ternura. Como una lección que se  aprende cuando se dan pocos pasos en la memoria.

No estoy muy convencido pero me indican que la realidad, o lo que queda de la  experimentación de ella en cuestión, se filtra por pequeñas puertas. Por alumbrados  tediosos que prefieren o escogen o asímismo se marginan en pretextos, convenciones o  retratos privilegiados que hablan sobre una hoja de papel que intenta sin lograrlo estar  solos.

En un poema que leo en voz alta, un ángel por mí, desconocido  echa agua y riega su piel de aire nutritivo  sobre el descaro de una duda que está harta de tanto soñar. La  duda no puede más y  se desarma en conflictos.

Otra vez en mis venas, el ángel de arriba, me ayuda a limpiar del tedio, los libros de la  biblioteca de mi padre. Las palabras que mi abuela soñó para dejar de llorar en su dócil  rosario de cuentas. Las lentejuelas del día apiñadas y ahorcadas por las altas  temperaturas.

Otro recuerdo me obliga a reaccionar es un cuadro colgado de una pared que tartamudea  en la sala de Alicia. Es un cuadro que añora, a los transeúntes del pasillo. Es tan  encantador, que alivia las ruinas  que provoca el descontento.

No podría olvidar que en la acera de enfrente, una muchacha morena, despierta los  panes de un beso. Ella, se conquista sola, y se repite en su hermosura como un precioso  milagro, de esos, que no se dan todos los días. Y yo no me perdono más, una década  vencida.

Reaccionar  a todo y nada, y sacudirse de incertidumbres. De melancolías y espejos, que  son la misma cosa  porque deambulan entre salvajes.  Pero la luz no se marchita. Invita  a convivir con frutas, almendras y mucha miel para el cuerpo. Hasta hoy, la cosecha es sincera.