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“No estoy seguro de que me describiría a mí mismo como científico, sino como un  intelectual cuya tarea es hacer grandes preguntas y utilizar un lenguaje cuidadoso para  sugerir posibles respuestas, dejando siempre el futuro abierto”, explicaba Paul Kennedy,  uno de los intelectuales más influyentes de nuestro tiempo, cuando le acusaban de  catastrofista y hasta de maltusiano con motivo de la publicación de su apasionante libro  Hacia el siglo XXI (1993). En él abordaba una de las cuestiones más candentes de  entonces: las fuerzas transnacionales con que tendrían que enfrentarse los Estados  durante las próximas décadas. La duplicación de la población mundial; la incesante  degradación del medioambiente y su impacto en el crecimiento económico; la globalización del comercio; los desequilibrios estructurales y las distintas velocidades  del desarrollo o los avances de la tecnología que podrían agravar o paliar los problemas  ecológicos y demográficos.

Cuando ya hemos superado los 7.000 millones de habitantes en el planeta, sus previsiones de hace 20 años adquieren gran relevancia. Al tratar de la explosión  demográfica, no vacilaba en afirmar que la mayor responsabilidad la tenía el Norte, no  el Sur. El 20% del planeta (el Norte) ya estaba consumiendo el 80% del producto.  Subrayaba que China estaba a punto de superar a Estados Unidos como el contaminante  número uno e India lo estaba de superar a Rusia como el número dos. Y sugería que era  preciso transferir tecnología para ayudar a los países del Sur a resolver sus problemas  ambientales.

No dejaba de señalar que la educación de las mujeres, era el medio principal para que se  produjera una maternidad responsable. El dato no ha dejado de acentuarse al comprobar  que, en los países en donde las mujeres tienen el mismo acceso a la educación y a los  puestos de trabajo y de responsabilidad que los hombres, no se producía esa explosión  demográfica. Basta mirar la evolución demográfica en los países desarrollados para  comprobar que la disminución de nacimientos y la mayor longevidad de las personas  mayores ponían en serio peligro la renovación equilibrada de las poblaciones.

Ya en 1990, Estados Unidos, con solo con el 5% de la población del mundo, consumía  el 26% del producto mundial siendo responsable de la mayor parte del consumo de  energía y de las emisiones de gases tóxicos. Pero por más que se alertase del peligro  existe una reacción ciudadana violenta contra toda regulación gubernamental. El  político que se atreva a aumentar los impuestos a la energía, seguramente queda fuera  del puesto.

En su reciente artículo ¿Hemos entrado en una nueva era?, se pregunta si la disminución  del peso del dólar, la desintegración de los sueños europeos, la carrera armamentística  en Asia y la parálisis de la ONU son indicadores de un cambio que anuncian que hemos  cruzado una línea divisoria histórica que podría señalar un cambio de Era.

Nadie que viviera en 1480 podía reconocer el mundo de 1530, 50 años después; un  mundo de naciones-estado, la ruptura de la cristiandad, la expansión europea hacia Asia  y América, la revolución de Gutenberg en las comunicaciones. Tal vez fue la mayor  línea divisoria histórica de todos los tiempos, al menos en Occidente, explica.

Muchos expertos en tecnología se entusiasman con la revolución en las telecomunicaciones y sus consecuencias para las autoridades tradicionales y los nuevos  movimientos de liberación. De ello hay pruebas con la “primavera árabe” e incluso en el  movimiento Occupy Wall Street.

Esos alarmantes indicadores quizás nos anuncian que estamos entrando en un mundo  convulso incapaz de controlar su destino. ¿Alguien sabe que 500 años de historia, que  representan el mundo de 1500, están a punto de terminarse?, se pregunta.

Quizás caigamos en la cuenta de que Europa nunca ha sido un “continente”, a pesar del  eurocentrismo que ejerció durante unos siglos, y que desde hace milenios, en China y en  Japón, nos situaban en el “extremo oeste de Asia, en donde viven personas rudas que  visten pieles, habitan grutas, hablan a gritos y comen con las manos”.

Sólo habría que añadir que somos incapaces de controlar nuestra explosión demográfica  al tiempo que destruimos el medioambiente del que formamos parte y en el que  vivimos, nos movemos y somos.

*Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS
fajardoccs@solidarios.org.es