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El triunfo maníaco es la el triunfo de la violencia y de la locura, en el cual no hay ganadores sino sólo perdedores. Es el triunfo de la creencia de que si no puedo imponer mi voluntad, entonces murámonos todos. Para allá vamos aceleradamente si acaso no nos detenemos y empezamos realmente a tolerar las diferencias y evitar que el descontento existente tras las elecciones se convierta en una espiral de enfrentamientos que no sabemos a dónde llegará.

Ya hay muertos y hay heridos de ambos bandos. ¿Cuándo vamos a sentarnos a dialogar? No digo negociar o pactar sino realmente dialogar  ¿Vamos a buscar cómo salir del atolladero en que nos ha puesto este proceso electoral  o esperar a que corra más sangre? ¿Cuánta sangre tendrá que correr para que se eliminen las tensiones y podamos vivir nuevamente en paz?

En Nicaragua prevalece un ambiente de tensión creciente, los vecinos se miran con desconfianza, las comunidades e iglesias están divididas, la gente recela una de la otra, el miedo se extiende y ya nadie quiere decir lo que piensa o dice lo que el otro quiere oír pero piensa otra cosa.

Creo que este momento puede ser el anticipo de un desastre o  la oportunidad de hacer un giro radical en la tendencia histórica de actuar demasiado tarde, cuando hay una tendalada de  muertos y heridos. ¿A dónde nos llevó la guerra de los 80? ¿Hubo realmente ganadores? Todos perdimos en esa guerra, unos la vida propia o la de sus seres queridos, otros una parte de su cuerpo, otros la estabilidad psicológica y las ganas de vivir. Y quiénes más perdieron fueron los pobres del campo y de la ciudad porque pusieron la más elevada cuota de muertos.

Hoy se requieren actos de valentía de todos los sectores para demostrar una voluntad de frenar este proceso y empezarnos a oír unos a otros. Aún cuando exista un sentimiento de agravio, descontento, vergüenza o frustración por lo ocurrido en las elecciones hay que buscar una salida no violenta a esta situación.

Se ha sentado un mal precedente con unos comicios tan llenos de anomalías, pero la respuesta no debe ser recurrir al viejo expediente de la violencia y del uso de las armas.

En los barrios, comarcas y comunidades hay demasiadas armas en manos de la población civil y no puede existir peor combinación que la suma de tensiones que hoy se viven y la tentación de utilizar esas armas contra el que se considera el adversario.

Si lo vemos bien, “adversarios” no hay, nos han puesto a los unos contra los otros, pero somos los mismos. Es mi vecino, mi familiar, mi colega, mi compatriota, el que piensa diferente, no es mi enemigo. No caigamos en el juego nuevamente viendo a los otros como enemigos y tratándolos como tales.

Creo que debe haber una amplia movilización nacional para detener todo intento de actuar violentamente, tanto por parte de las personas que ejercen su derecho ciudadano a la protesta pacífica como por parte del sandinismo.  Es urgente que las instituciones como la policía y el ejército tomen distancia y  medien para calmar los ánimos y no entren en el juego de la violencia.

Ya sabemos que el camino de la violencia no tiene salida, no volvamos a elegirlo con la ceguera de siempre. Detengámonos antes de que sea demasiado tarde.

*Directora, Centro de Prevención de la Violencia
CEPREV