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El Estado es un órgano que cambia el equilibrio entre las distintas instituciones que lo conforman, para defender, según las circunstancias, el poder económico. Es decir, el modo de producción.

Dentro del Estado burgués, el gobierno –como hemos visto en la historia moderna de Europa- puede variar desde una dictadura militar fascista a una democracia representativa, de acuerdo con la fase de auge o de declive de la lucha de clases.

En función, no sólo de los ciclos económicos, de expansión o de recesión, en cada país; sino, aún más importante, en función de la correlación de fuerzas entre las clases. Es decir de la capacidad de movilización y del espíritu de lucha de los trabajadores, y de su alianza con la pequeña burguesía urbana y rural. O de la etapa de descomposición o derrota de este sector, a manos de los agentes de la burguesía, ya sea en combate directo o por degeneración y apatía de sus propias organizaciones y dirigentes.

En la periferia del sistema, en los países más atrasados, que han despertado tardíamente a la independencia real, del colonialismo, con gran sacrificio y violencia, se han dado formas de gobierno donde la burocracia alcanza una relativa independencia respecto a las clases sociales, y genera un Estado dictatorial que, en la mayoría de los casos ha propiciado el desarrollo de las fuerzas productivas con métodos burocráticos, extremadamente represivos. Que, luego, con el desarrollo tecnológico y la competitividad comercial, entran en crisis y adoptan una forma de capitalismo de Estado con una administración y control bajo índices de rentabilidad y de eficiencia, aunque con gigantescas conquistas para las formas materiales de vida de su población (producto de la planificación estatal).

En América Latina, en cambio, la oligarquía, heredera de formas de producción pre-capitalista que organizó el Estado independiente hace 200 años, fomenta formas de gobierno burocrático corrupto, parasitario, que les permiten mantener y reforzar sus privilegios. De modo que se enriquecen aunque la economía se estanque, como un ácaro depredador. Lo que hace de esta región, la zona del planeta con el mayor índice de desigualdad social. Pese a los avances, tanto económicos como en las formas de representatividad gubernamental, en la última década, con mayores derechos formales para la población, en algunos países del cono sur: Uruguay, Chile. Y en Costa Rica (en Centroamérica).

En Nicaragua, el peso decisivo de la cultura oligárquica, absorbió el somocismo, como un régimen estable –sin mayor ideología- que convenía a sus intereses. Y ha gestado en esta etapa al orteguismo, cuya independencia y abuso burocrático le sirve, en realidad, de soporte, ya que, como parásitos sociales, amplían con este régimen su capacidad de supervivencia.

El orteguismo racionaliza muy primitivamente su función. Sin formación ideológica y sin capacidad de analizar la lucha de clases en una situación política concreta, definen su modelo como cristiano, solidario, socialista. Definición del Modelo, que conceptualmente termina siendo un galimatías para las ciencias sociales, ya que mezcla creencias religiosas, con actitudes subjetivas, individuales, con una concepción de transformación de la realidad histórica. Concepción, esta última, contradictoria, por su carácter objetivo, determinista, con su modelo conceptual esquemático, y con las dos primeras expresiones superficiales de dicho modelo (que no alcanza a definir relaciones de producción de ningún tipo entre las clases sociales, bajo la expresión, sociológicamente tonta, de solidaridad, sin un sistema productivo que una la suerte individual a la suerte colectiva).

Pero este galimatías, en la realidad social y política de Nicaragua, es intrascendente. Nadie suscita un debate ideológico ni reclama coherencia programática a una dictadura burocrática ramplona, de índole personal absolutista, que carece, incluso, de vida partidaria activa. El somocismo, por su parte, pese a todas las violaciones, tanto legales como de hecho, de los derechos fundamentales del ciudadano y del ser humano, se definía como liberal. Y ello, por supuesto, tampoco era causa de debate. Aunque el somocismo era bastante más escrupuloso que el orteguismo en mantener la ficción constitucional. Probablemente, aunque parezca contradictorio, porque era una dictadura más consolidada. De manera, que no dejaba a la improvisación inexperta, la racionalización ideológica de la estructura jurídica del régimen.

La democracia, que hoy hace crisis por el mundo entero, tiene su fundamento en los partidos políticos, como forma de intermediación entre la sociedad civil y el Estado. La pluralidad de partidos, como una tendencia democrática a recoger en el Estado la mayor representatividad de las diferentes sectores sociales, al fin, con la crisis del modelo económico, que ha puesto al desnudo la real influencia del poder económico sobre el poder político, no ha servido para persuadir a la población que baste con buscar reformas profundas al sistema de partidos políticos.

Hoy es parte de la conciencia de las amplias masas, que los partidos políticos electorales llevan, en su naturaleza, intereses propios de aparato, que hace que sus dirigentes, como burócratas, sean más receptivos al poder económico, que a los intereses de los electores. Y que la ideología y los programas han dejado de inducir una postura coherente en el Estado a favor de los ciudadanos. De manera que se ha roto el elemento ideológico de la representatividad democrática de los ciudadanos, por medio del voto a partidos políticos. Y se ha gestado la idea de la asociación directa de sectores ciudadanos en torno a intereses comunes, que vendrían a suplir la representatividad de los partidos políticos en el Estado.

A esta crisis general de los partidos políticos, como expresión del sistema democrático, Nicaragua llega muy prematuramente, por escaso desarrollo ideológico. Aquí no existe ni tradición ni confianza en la representatividad democrática de los partidos políticos, ni en la Contraloría, ni en el Poder Legislativo, ni en el Poder Ejecutivo, ni en el Poder Judicial, ni, mucho menos, en el Poder Electoral (desprestigiado a niveles de incitar, en el ciudadano, la idea de violencia).

De modo que las recientes elecciones, sin debate de ningún tipo, sin pluralidad programática o ideológica, sin identificación social con ningún partido, no fue un proceso de representatividad de los ciudadanos en el Estado, sino, por una parte, una expresión de rechazo histórico a un individuo (con trazas de dictador), y por la otra, una forma de enfilarse como clientes de la oferta descarada de pequeñas ayudas económicas.

Al fin, tendríamos como gobierno a quien tuviera dinero para comprar paliativos para la situación de miseria del pueblo. Para ello no era menester ni el respeto a la Constitución, ni que el proceso fuese justo o transparente. La identificación ideológica de los electores sería, casi, mercenaria. Lo cual, por desgracia, deja al país apto culturalmente para caer en manos del crimen organizado.

Recuérdese que Pablo Escobar regalaba sándwiches a los mendigos, erigía casas para los pobres de Medellín, construía canchas de fútbol para los niños de los tugurios, lo que le proporcionaba un fuerte apoyo popular en los barrios pobres de la ciudad. Fue elegido Representante a la Cámara suplente para el Congreso de la República de Colombia, en 1982.

*Ingeniero Eléctrico