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“Frente a la sociedad moderna, un coloso con pies de barro, estableceremos un sistema centralizado sin precedentes, en el que todos los poderes quedarán en manos del Estado. Redactaremos una constitución jerárquica, que regirá de forma mecánica todos los movimientos de los individuos”.

Programa de Gobierno del Partido Obrero Alemán germen del Partido Nacional Socialista Alemán (Nazi) – Leído por Adolfo Hitler en Munich, el 24 de Febrero de 1920.

Es absolutamente falso que las elecciones recién pasadas en Nicaragua se hayan realizado al margen de la ley y en total divorcio de la legitimidad popular. Señoras y señores  este proceso fraudorápido, pues no tenía nada de lento, estuvo siempre sometido a la Ley del Embudo que reza: Para mí lo ancho para vos lo agudo. El poder político y sus brazos políticos, paramilitares, policiales y militares en Nicaragua han hecho pasar a los habitantes de esta nación por un implacable sistema de embudos donde el camino que se describe es aquél dictado por la voluntad de él y la caudillo/a. Por supuesto que se necesita de una sólida estructura partidaria neopopulista y facistoide, una corte de milagros compuesta de plumíferos y venaderos, más la  bendición de un sector de las iglesias católicas y evangélicas para alcanzar tales prodigios. Ah, y un Poder Electoral absolutamente ilegal, partidarizado y corrupto.

Sobre la legitimidad del  proceso electoral, ésta es sostenida por las mismas sólidas cifras y sibilinos discursos, que redundan en  los mismos índices de popularidad que un día tuvieron por ejemplos: Adolfo Hitler (El partido nazi había sorprendido a todo el mundo con el éxito alcanzado en las elecciones de 1930, en las que había pasado de los 800.000 votos de 1928 a más de seis millones, sobre todo comparándolos con los ocho millones de votos socialdemócratas, los cuatro del Zentrum y los cuatro millones de los comunistas.) Benito Mussolini (En las elecciones de abril de 1924 en Italia, las listas fascistas obtienen el 60% de los votos. El diputado socialista Giácomo Matettoni denuncia en la prensa y en el Parlamento las intrigas electorales y los abusos de los fascistas.

La impresión en el país es enorme.)  Cabe señalar una diferencia y una similitud con nuestro proceso: tanto nazis como  fascistas no controlaban partidariamente el aparato electoral alemán o italiano, pero si contaban a su interior con excelentes simpatizantes, todos de apellido Ribach y Ribas.

Otro índice de legitimidad subyacente en nuestro proceso electoral es el proyectado por Moamar el Gadafi en la conciencia del caudillo nacional y sus partidarios. (Los cambios en el liderazgo de Libia desde 1976, culminó en marzo de 1979, cuando el Congreso General del Pueblo CGP declaró que el «traspaso de poder a las masas» y la «separación del estado de la revolución» se completa. Gadafi cesó en sus funciones como secretario general del CGP, siendo conocido posteriormente como «el líder» o «Líder de la Revolución y Padre Espiritual de la Patria». Él seguía siendo el comandante supremo de las fuerzas armadas y probablemente murió creyendo que el amor de su pueblo hacia él era total y unánime y que ese amor era la única y verdadera  fuente de derecho revolucionario -manada de su Libro Verde- para regir la vida de la sociedad Libia siempre).

Las reelecciones forzadas en Nicaragua han traído magnicidios, guerras civiles, revoluciones y contrarrevoluciones. Es decir sangre y luto para la familia nicaragüense que no puede ser justificada diciendo que el pueblo desea la continuidad de un espléndido programa social de gobierno o que es la única manera de alcanzar el desarrollo, en circunstancias que la inestabilidad política y la guerra, echan al traste el espléndido programa y el maravilloso desarrollo. En política las palabras siempre ni control absoluto y permanente, para lograr estos prodigios de una revolución cristiana socialista y solitaria, son posibles. Y porque en Nicaragua, Alemania, Italia o Libia, los embudos se atascan y terminan por reventarse derramando mucha sangre. Demasiada sangre. Y esto no es amenaza sino pavor histórico por la inútil sangre derramada.

Me parece muy pertinente que el Comandante Tomás (a) el Insensato Borges, haciendo gala de una sensatez inusual, haya exhortado un día después de las elecciones a su gobierno a buscar un acuerdo con todas las fuerzas políticas del país. Recordemos que la democracia se caracteriza y se diferencia del totalitarismo por el respeto a la opinión y el voto de las minorías. Así sea uno el que componga esa minoría, en una democracia merece respeto. Contimás un millón de personas que en Nicaragua no están de acuerdo con la reelección y sus aviesos métodos. Ojalá que el sastrecillo valiente no haya estado pensando en un multipacto cupular y a muchas bandas, prebendario  y corrupto, a espaldas del pueblo. Ojalá el Comandante Tomás haya estado pensando en un proceso político transparente de diálogo, negociación y consenso sobre un proyecto de democracia que le fije los límites a la sociedad política nicaragüense y abra los cauces del desarrollo de una nación que por sus gentes merece lo mejor.

Señores siempre es la hora de Nicaragua y nunca la de ningún partido. Siempre se puede negociar con dignidad y apertura de espíritus. Siempre se puede sumar confianzas y energías a un proyecto de nación que todos soñamos y compartimos, pero que nuestras ambiciones particulares han empañado siempre con un vaho infernal. Un vaho infernal que hasta el momento nos ha impedido ver al otro/la otra en la altísima luz de su dignidad humana con derechos y deberes iguales a los míos.