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Los hacendados del siglo XIX, por la más mínima rivalidad política, buscaban el chopo. Claro, lo buscaban para dárselos al pueblo bajo su mando: los de cuna desconocida, los mozos, puej.

Y los mozos iban a la manigua a partirse la vida por sus patrones, y después de pagar con sangre la codicia ajena, los gamonales, como siempre, se  repartían el botín del poder, disfrazándolo de banderas partidarias para hacer más presentables la asquerosa rapacidad: Timbucos y Calandracas.

El pueblo seguía de mozo, sembrando la tierra, perdiéndose en los llanos chontaleños con el ganado, viendo de lejos, desde el diorama de su anonimato, como parte del paisaje rural, la acumulación de riquezas. Y la historia seguía sin novedad su curso normal. Lo anormal era ver a un peón malagradecido hijue tal, o mulato malquerido, meterse en los elegantes salones de la política. Habían nacido para obedecer y el cacique para mandar.

Del odio
El odio proviene de una raíz de amargura, y algunos hasta añejados en viejas bodegas. El odio se acelera al ver que esa realidad esculpida en hielo, se derrite al calor de la vida real.   

Las cuentas de la lechera de algunos políticos no coinciden con las cifras que dieron el triunfo a Daniel Ortega. Este alto porcentaje fue refrendado ante el pleno de la OEA, por el jefe de la Misión de Observadores, Dante Caputo. Incluso, el conteo paralelo de acuerdo a sus palabras, “resulta semejante” con el propio del CSE, números cotejados además, por si aún existiesen dudas, por otros observadores internacionales. “También tuvimos conocimiento de procedimientos similares hechos por otras organizaciones que llegaban a las mismas conclusiones”, sostuvo en Washington, el ex canciller Caputo.

Cierto es que se produjeron irregularidades, pero prevaleció más en estos años el interés particular de las dirigencias políticas en el Parlamento que hacer los necesarios cambios en los distintos poderes del Estado. Claro, ser copartícipes con tijeras, hilo y sobre todo el dedal, en el corte del telón de fondo para la función electoral del 6, jamás lo aceptarán para poder rasgarse sin rubor las vestiduras ante el mundo. Aceptémoslo: el voto sin pedigrí arrasó el voto ilustre. Decir lo contrario sí que sería fraude.       

Del derecho del otro
No todos los perdedores son hepáticos, pero hay un reducto en la minoría que no acepta  el resultado de las mayorías y las menosprecia, como si la Historia no se moviera. Los conquistadores creían que el indio carecía de alma, hasta que en 1537 acataron la bula papal Sublimis Deus y ahora, en 2011, a quienes eligieron en dirección contraria al deseo del PLI, los declaran usados y sin conciencia.    

Sigmund Freud define el odio como un estado del yo que desea destruir la fuente de su  infelicidad. Así vemos que a los líderes triunfadores no los aceptan y jamás reconocerán su victoria aunque Benedicto XVI les redacte la bula Sublimis Votus, declarando a los sin cuna conocida y a la juventud que estrenaba el voto, con la suficiente conciencia para participar en las decisiones nacionales.   

Una hidalga declaraba abiertamente que las vallas publicitarias de Daniel Ortega le  desesperaron tanto que se dio el lujoso antojo de un exilio. Ella sí posee “conciencia” con todas las extras, incluido el  montarse en el avión y declararse perseguida política de un ¡spot! El resto son víctimas del clientelismo, votan por hambre…

El punto de vista de los balcones de la Calle Atravesada en la Historia, será siempre  distante del de la Calle Pelada. Pero la democracia no está en los balcones locales ni en los halcones de afuera.

El viejo relato esconde todavía a quienes pretenden ser los oráculos de la democracia y  que desde su Delfos pronostican desgracias y clasifican a la llanura, donde el pueblo no puede disponer de más derecho que el de los mozos del siglo XIX: son objetos no sujetos, carecen de voz y solo deben ser tomados en cuenta a la hora del sufragio para que, de ipegüe, les hagan el favor de aplaudirlos. ¿Por qué los sin cuna conocida no apoyan con su aplastante “voto robado” los plantones?

Paz y desarrollo
El FSLN carga con una  gran responsabilidad que no proviene del poder de las armas,  sino de la paz de las urnas. Un partido unido debe florecer con un mensaje unánime para el desarrollo integral, porque también, los celos fanáticos degradan en odio: ¿qué me dicen a mí los encapuchados amedrentando a 50 personas en el Parque de una Masaya ataviada de fin de semana?

Peor aún cuando esos individuos afirman respaldar el triunfo del Presidente. Hombre,  ¿no es un acto de cobardía que contando con el soberano respaldo del 62.46%,  impedir una palabra distinta, por pocos que la pronuncien? ¡Vaya forma de apoyar su causa! Y más, cuando son llevados en un camión de la alcaldía de Nindirí para asaltar con el punto de vista humeante de un mortero la pancarta inconforme del otro.

En la primera comparecencia del presidente Ortega después del 6,  ante un auditorio  juvenil sin trapos vergonzosos que le escondiera su fisonomía, el mandatario habló de no hacer lo que les diera la gana, y utilizó una  palabra clave, dada la abrumadora  victoria, además del consenso: no ser “fachentos”.

No se sabe dónde estaba el secretario del Frente en Masaya, de apellido Noguera,  porque 4 días después, hacía ese “ensayo” de consenso a la orilla de un plantón. Estas dos imágenes: una juventud seria, a cara descubierta por la paz en la Casa de los Pueblos, y la otra enmascarada al mando de Noguera, empuñando armas artesanales para amedrentar a unos ciudadanos, dividen peligrosamente el mensaje.

Ese rostro contento de la señora salvada de las aguas en un helicóptero del Ejército no  se compara con la que paga su boleto de avión para no ver los rótulos de Daniel Ortega, menos con el sujeto que fachento de poder, se encapucha, cuando ni Carlos Fonseca en los peores tiempos -perseguido, moviéndose en medio de una sociedad que facilitaba orejas, infiltrados, agentes de la Seguridad, manos blancas, torturadores, soplones y odios-  ocultó su mirada azul…de patria.