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No se pueden tocar, ni ver, pero están ahí, perezosas, sobre nosotros: son nubes inciertas, desesperanzadoras, preocupantes,  incluso amenazantes, u optimistas y hasta festivas, según la posición de cada quien, tal es la división que estremece a Nicaragua después de un bochornoso sufragio manchado de triquiñuelas, dirigido por ineficientes y subordinados de modo servil a intereses particulares y no a la nación nicaragüense.

No siempre la mayor desgracia es aquella que aparece como tal, sin ninguna otra que la acompañe, pues hechos tan dramáticos y cardinales como el hundimiento del sistema para dirimir en paz nuestras contradicciones, cuenta desde el poder con toda una parafernalia de distracciones y encubrimientos, lo que empeora las cosas, pues embarca a seguidores acríticos y a incautos o desprevenidos que de repente se ven defendiendo una bandera sucia, a otros, al menos los hace dudar, y a muchos más, indignarse, pues a los hechos ilegales consumados, se suman burdas expresiones mentirosas, para manipular y engañar.

El país ha entrado en un terreno accidentado, quebradizo y pantanoso, donde continuará debilitándose, con gran sufrimiento para muchos de sus habitantes desconcertados y traicionados. Otros no se sentirán embaucados, siéndolos, incluso en grado mayor, porque les hicieron creer en una victoria abultada, y celebran como verdaderos ganadores, haciéndole el juego a timadores con falsa piel de redentores.

Estos procesos sociales requieren de un cierto tiempo, mediano y largo plazo, para resolver las contradicciones que los agitan peligrosamente, y se van acumulando fuertes sentimientos, porque, ¿qué otra cosa van a generar, por ejemplo, los tres asesinatos en una misma familia en El Carrizo, Cusmapa, Madriz; y el crimen de un ciudadano en Coperna, Siuna?, los cuatro a balazos, como parte de la secuela sangrienta y mortal de la “maravillosa” farsa.

El sentimiento de frustración por haber sido víctima de una estafa premeditada con cuidado y paciencia, con meticulosidad, desde las más altas esferas, apenas ha comenzado a expresarse, pese a campañas que descalifican y acusan, y al ruido prefabricado de seudo celebraciones financiadas desde arriba, que intentan acallar las voces dolidas e indignadas de abajo.

Y esto es lo peor: fue deliberado y planificado con el único objetivo no solo de retener la sartén por el mango, sino de apropiársela totalmente, porque desde ciertas formas de pensamiento, es intolerable tener que compartirla, tener que deliberar con otros que piensan distinto, y a quienes hay que escuchar, y razonar con ellos, con el sano objetivo de llegar a consensos, lo que implica ceder.

¿Ceder?: inaceptable para la mentalidad totalitaria que quiere acapararlo todo. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, decía Lord Acton.
Los números dicen que el objetivo fue alcanzado, ya no habrá que discutir con los otros, porque los otros fueron demolidos, reducidos a una expresión tan mínima, que sus manos levantadas no cambiarán ninguna votación legislativa, y sus voces, incluso exaltadas, ni siquiera se oirán, serán apagadas por el estruendo avasallador de la aplanadora oficial. Fueron convertidos en adornos, en floreros, en jugadores irrelevantes que no podrán incidir en nada.

Ahora todo el poder está concentrado, ese era el objetivo, y siguiendo al pie de la letra a Maquiavelo, fue posible gracias a la ilógica absurda de que el fin justifica los medios, tal como con anterioridad lo expresaran de manera inmejorable, pues ya nos habían dicho con descaro inaudito: no importa a qué precio, hay que hacer cualquier cosa, lo que sea, con tal de no perder el poder, y fueron más allá, ampliaron su ya gigantesco acaparamiento obsceno hasta el punto que podrán reformar la ley de leyes, y proclamarse emperadores o coronarse reyes .

El maquiavelismo como valor asumido y practicado desde las cumbres, se irradia de manera insana y pecaminosa hacia todos los estamentos sociales, y, en el caso de los adolescentes y jóvenes, los encamina hacia la corrupción, al ser inducidos a prácticas alejadas de valores universales como honestidad y responsabilidad, con el agravante de que les inculcan que todo lo retorcido que tienen que hacer, es por el bien, y por tanto, como por arte de magia, lo malo se torna bueno. De esta manera arrasan con cualquier vestigio de educación en valores que se pudiera haber adquirido en el hogar. Se acaban los principios, desaparece la moral, se desvanecen los límites. Esta perversión de la conciencia es la peor herencia a una sociedad, porque  abre paso a la ley de la selva, al sálvese quien pueda y sin importar de qué manera.

No fue tomada en cuenta la verdadera y genuina voluntad popular, sino como convenía a quienes contaban la cuádruple boleta, a esos salteadores camuflados con distintos rostros y banderas que se apoderaron de todo el tendido del sistema, un cuasi ejército estructurado e instruido para derribar obstáculos,  tomar por asalto y cambiarlo todo a su favor.

Las innumerables marrullas y abusos ocurrieron en cada tramo del proceso, todas las instancias quedaron manchadas, y para la historia habrá un catálogo de la podredumbre que registrará paso a paso el gran engaño, según testimonios de fiscales opositores y de algunos del oficialismo asqueados de lo que hicieron, que ya han comenzado a divulgarse. ¿Y por qué, si la victoria era posible de manera justa, honesta y transparente?  Por las desmedidas ansias de poder, que todo lo deshonran y pervierten.

*Editor de la Revista Medios y Mensajes.

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