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“No cabe impugnarse aquello que se acepto sin protesta o que, expresa o tácitamente, se consintió”.    
(Pomponio: Libro III,  tit. V.,   Ley 9na.)

En la tercera conferencia de prensa que brindara a los medio de comunicación el Magistrado de-facto, Roberto Rivas Reyes, en horas de la madrugada del día siete de noviembre, para informar a la nación datos sobre el conteo parcial del resultado de las elecciones presidenciales, que, en ese momento, se refería ya, más o menos al 75 u 80% de los votos reportados y contados; su inconsciente culpable lo traicionó, al interrumpirse el mismo, en media lectura de los datos sobre los cuales estaba informando, para exclamar en un verdadero trance de alborozado frenesí, “y a usted, Comandante Ortega, lo felicito desde ahora por su triunfo ya que, en estos momentos, ni que todos los votos que faltan para escrutar fueran en contra de usted, no serían suficientes para disputarle su victoria, porque no llegarían en el resultado final ni siquiera a quedar a una distancia del 10% de su inobjetable triunfo”. Pensé entonces en lo que significaría que un Magistrado, aun sin haber concluido el proceso sometido a su conocimiento, felicitara a una de las partes contendientes por su triunfo sobre la otra. El entusiasmo frenético con que brindó tan enfática proclamación, dejó manifiesta y expresamente clara la prevaricación y la deshonestidad de la máxima autoridad electoral, o sea del Magistrado de-facto Roberto Rivas, quien con su imprudencia dejó al descubierto que, de antemano, conocía, con exactitud matemática, el número de votos con que al final contarían todos y cada uno de los contendores políticos. Tal actitud del Magistrado regalado dejó a la vista, de todos los que quisieran ver, la delincuencial parcialidad con que actuaron todas las estructuras electorales, que, por sí solas, sumadas a la oprobiosa resolución de la Corte Suprema de Justicia, con la que, atropellando la Constitución Política de la Republica, había habilitado previamente la candidatura presidencial de un ciudadano que no podía legalmente participar como candidato en las elecciones presidenciales.

Ante tales “irregularidades”, uno encuentra sobrancero, inútil y hasta sospechosa la actitud asumida, y que siguen asumiendo, los “líderes democráticos”; partidos políticos de mentira; organismos no gubernamentales, autoerigidos como vigilantes y defensores de la democracia; Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica y alta jerarquía de las iglesias evangélicas y protestantes, los que, haciéndose los desentendidos ante lo que era una insalvable violación a la Constitución, en su Arto. 147, se perdieron en la maraña de su propia y cómoda ceguera, y, dejándose llevar únicamente por sus propias ambiciones e intereses políticos, económicos y religiosos, para convalidar y allanarse a un proceso electoral deleznable y, en consecuencia, aceptar su participación en el mismo, para poder así mantener sus respectivas personerías jurídicas y para participar en el festín de la repartición; aunque, a la postre, solo lograran de él, las migajas que como pago a su “patriótica” y “democrática” sumisión, lograran obtener de la “generosidad” del “vencedor”.

La situación planteada ha llegado a tal falta de vergüenza y dignidad, que ha llevado a importantes figuras políticas de “la oposición”, a manifestar que, si bien reconocen que Daniel Ortega ganó las elecciones que ellos mismos se habían encargado de legitimar, consideran que la mayoría de votos que se le adjudicó fue abultado por el conteo fraudulento de los mismos, y que debe llevarse a cabo un nuevo conteo, por lo tanto, deben revisarse los resultados finales del conteo de los votos, seguramente pretendiendo aumentar las migajas y lograr en esa forma obtener una mayor cuota de diputaciones que favorezcan sus posiciones en la Asamblea Nacional; todo, mientras Ortega, en sus adentros, hace suya, renueva y actualiza la histórica frase que nos legara Julio Cesar cuando proclamara “Vae Victis”, hay de los vencidos.

No deben los políticos profesionales y los empíricos que conforman “la oposición democrática” de nuestro país, la misma que sedujo, manipuló y santificó la obligación de acudir a votar, ocultándole al pueblo que, con tal voto, legitimarían un ilegal, viciado y oprobioso proceso electoral, repito, no deben de continuar engañando a nuestro pueblo con cantos de sirenas; al fin y al cabo, fuera de las enfermizas ambiciones y personales intereses que prevalecieron y, que no tenían nada de buenos propósitos para con nuestro pueblo, verdadera victima de nuestros engaños, nada positivo se logro, y, procedamos, luego de una profunda introspección, a establecer la realidad de lo ocurrido y junto al reconocimiento de nuestras culpas, como primer paso que nos comprometa a la reparación del daño causado a nuestro pueblo y a nuestro sincero propósito de enmienda; solamente eso es lo que nos puede reivindicar ante nuestros conciudadanos y ante Dios. Libremosnos de falso líderes, de falsos profetas, de funcionarios corruptos, de falsos líderes religiosos, y de cardenales de ópera bufa que solamente persiguen el reafirmar su poder terrenal aunque sea a costa de la vida espiritual de nuestro pueblo.

A todas las organizaciones que empujaron a nuestro ciudadanos a la emboscada que significo el votar, a los asesores legales de “los partidos democráticos” de nuestra clase política, a los asesores legales de organismos económicos como el COSEP y AMCHAM, a los organismos sociales no gubernamentales, como la Coordinadora Democrática, CINCO, Ética y Transparencia, entre otros, a las Jerarquías religiosas, me permito recordarles la dura realidad del apotegma popular de que “el que calla otorga”, seguramente inspirado en las sentencias del Ulpiano, padre del derechos romano, así como de la jurisprudencia que se desprende de las Pandectas, que señalan que el allanamiento, es igual a resignarse, conformarse, avenirse, someterse, amoldarse, prestarse y sujetarse. El haberse allanado a la ilegalidad de la candidatura de Ortega significó, como consecuencia, el allanamiento a todas las “irregularidades” subsiguientes.

Por todo lo anteriormente expuesto, no cabe más que preguntarnos: ¿para qué lamentarnos?, ¿para que ponernos a llorar sobre las ruinas? , lo que debemos proponernos ahora, es ser honesto para con nosotros mismos y comprender, con la más absoluta sinceridad, que lo importante no es lo que estamos haciendo ahora, ni lo que pudiéramos hacer en el futuro; lo importante era lo que debíamos haber hecho y no lo hicimos, cuando era imperativo que lo hiciéramos; sin embargo, nunca es tarde para rectificar y alcanzar de ese modo el perdón de Dios y de nuestro pueblo.

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