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Un día de invierno de 1973 en Santiago de Chile, llegó a la Sede Oriente de la Universidad de Chile el Doctor Edgardo Boeninger –de filiación demócrata cristiana- y a la sazón rector de la Universidad de Chile, a visitar al doctor Hernán Ramírez Necochea -de filiación comunista- y al tiempo, Decano de este Campus Universitario.

Debe haber sido un encuentro oficial de autoridades académicas, fríamente diplomática, la celebrada entre estas dos destacadas personalidades de la sociedad chilena. Ramírez Necochea era historiador y político; y Boeninger Kausel, era político y académico con especialización en economía; aunque ambos gravitaban al centro del espectro político chileno, comunachos y demócratas cristianos se percibían entonces como enemigos jurados.

La Sede Oriente era conocida como el Pedagógico o las termas de Macul (Av. J.P. Alessandri), y siempre se caracterizó por contener las carreras humanísticas (Filosofía, Literatura, Periodismo, Sociología, Psicología, Matemáticas, lenguas clásicas, lenguas extranjeras, Educación Física y otras);  pero  también por ser el vivero de las ideas izquierdistas más radicales y extremistas de la sociedad chilena (MIR, OMR, ELN, VOP, etc.).

Así que la visita de Boeninger fue interpretada por la dirigencia estudiantil como un desafío, un reto, una provocación de un viejo momio, reaccionario, demócrata cristiano, cuajarón y chucha de su m… como lo era Boeninger.

El Peda era un campus muy bello de muchos edificios de dos y tres plantas de piedra y hiedra en el mejor estilo inglés oxoniano, ya que antaño había sido un prestigioso colegio de monjas para las señoritas pitucas de Santiago.

Luego con la conversión a universidad, en medio de los verdes pastos habían florecido como callampas (hongos) unas lindas casitas chilenas de madera  que alojaban generalmente las direcciones de las escuelas o departamentos.

No hay nada mejor para los cauros y gallos, que recibir a la primavera chilena echados en el pasto del Peda, viendo a las lolas abandonadas ya de sus pesados, grises abrigos invernales, poblar el prado de minifaldas, blusitas, colorines, coloretes, risas y algarabías, mientras pasan con el rostro de niñas parecidas a Gabriela Rosas (de mi tiempo) o a Camila Vallejo de la hora actual, o sea esas sabias y bellas mujeres que derrotan sin misericordia ni piedad al paisaje, a la inequidad, a la injusticia y si se quiere, al mismo hombre. En aquellos prados estudiaron y se volvieron locos de amor Pablo Neruda y Nicanor Parra.

Al centro del campus se encontraba el más vetusto y bello edificio del Peda, señorialmente académico, austero como un claustro donde la sabiduría mora sitiada por la sed de saber. De ahí tuvo que salir el Rector Boeninger, caminar unos 400 metros hasta la calle pero a ambos lados la FECH (Federación de Estudiantes de Chile) había apostado una turba estudiantil soez, ofensiva y vociferante para humillar al Rector. ¿Qué denuesto, imprecación, amenaza o diatriba no se ensayó en contra del Rector Boeninger en su caminata hacia la salida?

Habiendo caminado unos 25 metros en medio de las turbas vocingleras, a alguien de la chusma se le ocurrió lanzarle escupitajos, tizas, borradores, manzanas o tomates a la dignidad humana del Rector. Los rostros estaban convulsos y en paroxismo, deliraban ante la posibilidad de humillar, herir y minimizar un personaje de tamaña estatura. Haciendo este túnel de la ignominia nos encontramos tanto estudiantes como profesores.

De repente, del lado donde yo estaba se desprendió de nuestra valla, mi profesor Ariel Dorfman, empezó a cubrir con su cuerpo al del Rector al tiempo que nos gritaba que eso que hacíamos era fascismo. Y así, con su ejemplo pudo concitar el apoyo de algunos que ayudaron al Rector Boeninger abandonar el Campus en medio de aquella turbamulta enfebrecida.

Este gesto de mi profesor Ariel Dorfman me enseñó lo que son las tácticas de degradación humana del fascismo, que bien se puede disfrazar bajo la capa de cualquier totalitarismo (nazismo, stalinismo, maoísmo, frentismo u orteguismo), para rebajar la condición humana a una inferioridad  infrahumana.

Las actitudes fascistas y fascistoides parten de considerar al ser humano inferior por raza (caso del nazismo, el Apartheid sudafricano, el racismo norteamericano), por ideología (caso del stalinismo, el castrismo, el popoltanismo, el frentismo, el neopolismo chapista u  orteguista, etc.) o por discriminación y desprecio del militarismo contra los civiles (caso del militarismo japonés en la II Guerra Mundial).

Evoco esta lección aprendida que recibí de mi maestro de Literatura hispanoamericana Ariel Dorfman, una mañana de invierno en Santiago de Chile y  quien no solo me enseñó el tiempo y la violencia en la novela nuestra, las jarchas de origen árabe, la poesía provenzal, sino que la política no necesariamente pasa por rebajar la condición ni la dignidad del ser humano.

Hago esta evocación porque las turbinas en nuestro país amenazan una vez más con sacar sus marchas bien pagadas en contra de la oposición cívica y pacífica, mostrando los colmillos fascistas, sin importarles que la democracia pasa principalmente por el respeto de las minorías; y pretendiendo ignorar completamente que la dignidad y libertad humanas no la doblegan escupitajos, golpes, cadenazos, balas, cañonazos, etc.

Ustedes lo saben: Nada abona mejor al árbol de la libertad que la represión política.