•  |
  •  |

Meses antes de estas votaciones de noviembre ya se erigía una verdad única y creíble. Casi absoluta. La oposición nicaragüense no le podría ganar al candidato del FSLN y presidente del país, Daniel Ortega.

Las encuestas lo presagiaban con sus números asépticos. Incluso, los aires en que se asomaba diciembre traían este vaticinio recogido de las pláticas diarias de los pobladores que decidían, quizá por afinidad o por voluntad captada,  la continuidad de este gobierno. Pero ¿cómo se explica que el voto independiente, que es el que decide, optara por la casilla 2? ¿Cómo se analiza esta victoria tan vilipendiada sin caer en el filo de la parcialidad de ambos lados?

Tomás Borge, el único miembro fundador sobreviviente del partido, podría ayudar a responder esto con el anuncio que hizo hace años: “Podemos pagar cualquier precio, lo único que no podemos, es perder el poder, hagamos lo que tengamos que hacer”.

Y comenzó la nueva línea de acción, no por sus declaraciones, sino por la lección aprendida del 90. Entonces se comenzaron a mover los alfiles. Cayeron algunas personalidades influyentes, pero emergió la poderosa figura de la Primera Dama, Rosario Murillo, para tomar el mando de la Secretaría de Comunicación y fijar el derrotero a seguir.   
Lo primero que se hizo fue adoptar un nueva postura política, no ideológica: el populismo, que se reduce al supuesto interés por los desposeídos, los programas benéficos, aunados al despilfarro y saqueo del erario, y a una amebiasis oral (demagogia) producida por la ingesta de agua Perrier por parte de los líderes supremos. El poder económico, flexible a todo cambio, retráctilmente se afincó con la orientación  dual del Estado y dijo: no me afecta, no me importa.

Faltaba ahora, en la difusión del nuevo programa, un perifoneo ubicuo a pequeña escala. Entonces se fundaron los Consejos del Poder Ciudadano, CPC. Y si algo tiene este partido, es la insólita lealtad sin requiebro de sus seguidores, quienes hicieron el trabajo de hormiga desde estos microorganismos paraestatales.

Luego siguieron como tabas en figuras, los programas de ayuda a los más necesitados, todo financiado por las migas quitadas al pan venezolano y la ayuda benévola del siempre solidario pueblo cubano: Usura Cero, Hambre Cero, Casas para el Pueblo, Operación Milagro…

La gente perteneciente a este segmento poblacional que antes odiaba a Ortega, comenzó a verlo con esos buenos ojos reparados ya por los médicos cubanos. El voto duro contra el Frente comenzó a ablandarse. Los liberales pobres de cepa, olvidados en el rincón de la indiferencia por la avaricia medulosa de sus líderes, pensaron dos veces a quién elegir. Y enseguida vino el otro paso, el quirúrgico y cáustico fraccionamiento de la oposición.

En verdad no se necesitaba de un sexto sentido ni de una increíble intuición para captar la epidermis oculta de los jefes de los partidos “democráticos”. Sus anhelos eran más que evidentes. Y a continuación, la mutilación del liberalismo (nada parecido a la doctrina francesa) con la sierra de oro. Se ofrecieron, según los propios dirigentes en sus ataques bidireccionales y públicos, grandes sumas de dinero, puestos en el gobierno y hasta amenazas con una buena temporada en las nada salubres prisiones del país.

El presidente soberano del PLC, Arnoldo Alemán, con todo y su “sobado” perfil orgánico y político, decidió por sí mismo ser el candidato sin esperanzas de su fracción. Unos pocos le creyeron. Los más se le apartaron por temor al barniz caducado que emana y refulge en quien se le acerca. Pero lo cierto es que no está desprestigiado quien en verdad no tiene prestigio.

El PLI, jefeado por Eduardo Montealegre, quien evidentemente desea la inmunidad parlamentaria para capear la ergástula por los delitos de que se le acusa, se decantó por el empresario radial Fabio Gadea, únicamente rural a través de su nada educativo programa Pancho Madrigal. Porque el verdadero Fabio no anda en mula ni vive en el norte. Se les alió un medio de comunicación grande, como animal de bosque, pero salpicado de parcialidad en todas sus informaciones.  ALN y APRE no merecen análisis. Zancudos sin sangre optaron por una campaña mediocre y nada efectiva.

Los últimos dos incidentes para cocinar la victoria de Ortega provinieron de nuestros xenófobos y geófagos vecinos del Sur y del clima. Los ticos siempre han deseado el río San Juan, y reclamaron un caño nica en La Haya. El gobierno, en crisis de credibilidad por el destape, por parte de EL NUEVO DIARIO, de un descomunal acto de corrupción en la DGI, respiró aliviado el oxígeno de este enfrentamiento territorial. Apeló al nacionalismo, contraatacó y ganó. Se logró doblarle el brazo a la pretensión tiquilla. Más puntos para el Frente.

Para ponerle tapa al pomo, las lluvias. Vino el Plan Techo que cubrió cualquier fisura por la cual entrara no solo el agua, sino también la campaña liberal que invitaba a hacer un noviembre democrático con el voto. Pero con las palabras no se come, no se cubren hendijas, no se construye una casa, no se curan ojos. Lo que vino en noviembre fue ese viento rápido y frío que traía las conversaciones de la población.

El día de los sufragios el votante independiente salió y miró a su alrededor. No tuvo buena vista con los nudos gordianos de los opositores. No le gusto esa rebatiña. Entonces, pensó que tenía expectativas de mejorar su condición, como las personas que fueron beneficiadas con los programas estatales. Y entonces decidió que Ortega, el guerrillero burgués, ganara.