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Me parecía un conocido de toda la vida. Es posible que esta sea la impresión colectiva que provoca Wilmor López cuando se le trata por primera vez. Es para mí, el clásico ciudadano nicaragüense, no el estereotipado por la Ciudad Letrada que confunde el núcleo de su relato con los ídolos biformes del Convento de San Francisco.

Si los españoles eran vistos por nuestros antepasados como elegantes centauros pero efímeros en la tropical realidad, los ojos de la Conquista y lo que nos quedó de ella, nos miraron como gente casi fundida con su “animalito más mimado”, la Guatusa.  Este Wilmor, sin embargo, moviéndose entre máscaras de diablos, viejas y güegüences, nos ofrece el rostro más sincero y hermoso de Nicaragua:  él es un producto auténtico de nuestro asombroso paisaje cultural, amigo en toda la línea y caminante muy esmerado en entregarnos una República que oyéndole, leyéndole y viéndole, incluso supera el mapa y eleva la deteriorada autoestima nacional de quienes aún hablan de “paisito”.

Me decía en mis adentros: ¿por dónde fuera Nicaragua sin personajes como este, practicante de una labor que nos remonta a los juglares que iban de pueblo en pueblo, trasmitiendo leyendas, cantos, cuentos y cuanto podían para informar, formar y entretener a la gente, pero mejor todavía, dándoles un sentido de cohesión nacional? Este es el insigne oficio de Wilmor: hacer Nicaragua.

De hecho, a Wilmor lo “conocí” a través del recordado programa “El Son Nuestro de Cada Día”, sintonizado por quienes amamos la cultura nacional, y, de acuerdo con testimonios escritos, por los mismos guerrilleros sandinistas en el clandestinaje o en las montañas, en los años 70.

En esos tiempos, como ahora en la moda de la hora, la juventud se estremecía con la plástica sonora de los Bee Gees, sudaba a temperaturas demenciales la disco-fiebre de John Travolta, se desaceleraba con el instrumental reposado y onírico del enorme Barry White o naufragaba de melancolía con las acústicas tragedias griegas de Camilo Sesto. Con todo ese repertorio que invadía nuestro país desde las radios y en la TV, aquellos jóvenes como Carlos Mejía Godoy y Wilmor  parecían unos David fuera de tiempo contra el seductor Goliath de las compañías disqueras que controlaban el gusto del público masivo.

Escuchar  “El solar de Monimbó”, de Camilo Zapata, o deleitarse con “La Juliana”, del gran Jorge Isaac Carballo, era un irrespeto a la moda y más si salía Otto de la Rocha con su lírico diluvio rasgando su propio son. Dios mío, ¡de qué país tan creativo nos hubiéramos perdido todos si no no ha sido por nobles patriotas como Wilmor!

Veneros del arte popular
Y este hombre no sólo se contentaba con la difusión de estos enormes creadores, sino que se iba con micrófono y grabadora en mano para auscultar los veneros del arte popular y escudriñar las raíces de nuestro canto, de nuestra narrativa oral, de los bailes, de sus significados y misteriosos símbolos, a descifrar esa oculta belleza en  “los Tesoros Vivos Culturales”.

Por él escucho la marimba, sus ejecutantes, hijos nativos del Valle de la Laguna de Apoyo, sonada por la estirpe de los Palacios con su primitivo instrumento africano al aire libre, como debe sonar toda libertad; sonido de lamento y alegría sosegada, adaptada y ejecutada con regia y ansiada precisión por los chorotegas y sus hijos, como si hasta entonces este pueblo de rica expresión mangue sin su arco de paz, sus 22 teclas sin fechas y sus cilíndricas calabazas hubiera andado incompleto por el mundo.

Hoy se nos presenta con su ars sonora, un magno trabajo que debería ser, en verdad, tan válido y más nicaragüense que un Pasaporte Nacional. El lo tituló “El saber del pueblo”, una legendaria recopilación que parte de 1977 hasta 2011 del Año del Señor. A pesar de su modestia, deberemos decirle a Wilmor que la sacó fuera del Estadio y que con ello comprueba su persistencia de talalate para alcanzarnos este abundante maná del pueblo, esa, como él mismo dice, “cultura nicaragüense que está viva en el campo” y en la urbana vida, de Costa a Costa.

En toda su nicaraguanitud
Cierto es que en las fiestas patronales el pueblo manifiesta su arte en bellos matices, donde es difícil separar la devoción de la cultura,  lo que nos muestra la importancia del trabajo mayor que desarrolla este güirisero que va a fondo del rescate de las virtudes tradicionales antes de que se pierdan. Algunos entusiastas promotores de bailes antiguos han aceptado a Jesús como su salvador personal, y creen que los bailes son parte del “mundo”  por lo que abandonan su “pagana” representación.  

Pero, gracias a Dios, el Gran Creador, hay personas como Wilmor quien, lo confiesa, ha “viajado por el campo, en caseríos y comarcas, encontrando bailes, canciones, rituales, cuentos, leyendas, piezas instrumentales, recetas de comida típicas, apodos populares, costumbres casi perdidas…”.

Y debo creerle, porque me lo he encontrado en plena faena en medio de promesantes, a la orilla de los que elevan explosivas plegarias a los cielos, entre diablos danzantes, chicheros y marimberos sin siglos definidos. Un día lo vi con una sonrisa que expresaba toda su nicaraguanitud: era en la pendiente de Las Pilitas, camino a La Concha; ahí estaba, no aparte, sino parte de las fiestas en honor a la Virgen de Monserrat, sin importarle cargar, cuesta arriba, la enorme brasa de Sol sobre su humanidad.

En otra ocasión, aceleraba sus pasos, casi dejándose llevar por los Judíos del Cerro de los Venados, en un Viernes Santo, haciendo tomas de los encadenados, filmando a los Judas capturados y colgados en los árboles, acudiendo a la gente por su entrega a esta singular expresión de cine monumental:  la Judea desparramada en San Juan Bautista de Masatepet con aires, gritos y vocinglerío castellanos envueltos en el tono, acento y giro mangues de Xalata y Nimboja: era el pueblo y Wilmor en estado puro.