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Querían llegar a ellas. Las buscaban miles de manos y cientos de libritos azules. Era  la hora del patio.

Llevábamos algún tiempo entrando en la cárcel, pero en aquella ocasión fuimos invitados a una celebración especial.

Formábamos un grupo de muchachos y muchachas que apoyaban a familiares de presos o que atendían a los que no contaban con familia cercana, o a los que hasta su familia quería olvidar.

El pasillo por el que avanzábamos se separaba del patio por una pared que se alzaba a media altura, donde se clavaban unos barrotes de hierro que sostenían el techo. Al otro lado se agolpaban cientos de internos curiosos con la pequeña, gran, novedad de ver a los voluntarios de ese día. Cuando pasamos los primeros, sólo hubo murmullos.

Pero cuando las dos compañeras que venían detrás de mí (bastante bonitas por cierto, y una de ellas con el cabello rubio) hicieron acto de presencia, hubo una especie de rugido, y centenares de aquellos presos se abalanzaron contra las rejas, estirando sus manos con unos libritos azules.

Al principio, las dos se asustaron, hasta que alguien les tradujo los gritos: “Un autógrafo”.

Horas antes, algún religioso les había repartido libritos de El Nuevo Testamento. Y ellas, sorprendidas pero solícitas, empezaron a firmar con sus nombres aquellos textos que devolvían a las manos aleteando entre los barrotes. Alguno le pidió también a la rubia que le pintara un corazón en la página del índice.

He pasado muchas horas en las cárceles. No tengo la experiencia de haber estado preso, pero quizá porque me aturden, y porque no consigo entenderlas es que me llaman la atención desde que era muy joven. Mi curiosidad se despertó en una exposición que un grupo de voluntarios realizó en la universidad, en la que vi la figura de una marioneta que representaba a don Quijote entre rejas, con un gran reloj colgado en el pecho, que se había detenido.

Entonces, como ahora, me pareció que el peor castigo de la cárcel es ese: que meses, y años, y horas se vayan haciendo ceniza, sin ninguna progresión, en la vida de un ser humano que cometió un delito. Uno puede salir de la cárcel peor o mejor, pero también con la mente y el corazón congelados.

Ante los criminales más peligrosos, parece no haber otra solución que el aislamiento. Pero para el resto de la población carcelaria que, en la mayor parte del mundo, suele entrar por delitos muchas veces relacionados con el narcotráfico a pequeña escala, o similares, la cárcel es la solución más perezosa, poco imaginativa y antihumana que se pueda concebir.

Su internamiento ni repara ni compensa a nadie. Por un lado, hay algo que no está claro: qué soluciones alternativas podemos encontrar a los presos que padecen enfermedad mental, por ejemplo, o a los que están internos a causa de pequeños delitos relacionados con la pobreza. Por otro lado, hay algo que sí está claro: no hay ganas de encontrar esas soluciones. Todavía no está bien visto, ni social ni políticamente. Eso habla muy mal no sólo de los que están dentro sino de los que estamos fuera. Y aunque existen programas y talleres con el objetivo de la reinserción o de la rehabilitación en el caso de adicciones, sigue habiendo enormes reticencias sociales a considerar que alguien que cometió un delito, merezca algo más que el castigo. No tenemos nada más humano que ofrecer. Y eso es una doble injusticia, como denunció por escrito en la pared de su celda un preso en la Andalucía de hace cientos de años: “En este lugar maldito / donde habita la tristeza/ no se castiga el delito;/ se castiga la pobreza”.

Pero al mismo tiempo, en la cárcel, suceden algunas cosas que requieren atención. Probablemente, es uno de los lugares del mundo donde se pueden encontrar más símbolos religiosos y menos ateos. Las razones de esas conversiones están en las palabras.

“Milagro, reconciliación, misericordia, resurrección, la última esperanza, el amor a los enemigos y el perdón hasta de la crueldad”. En resumen, palabras que se vuelven sinónimas de un Dios, más grande y necesario si cabe, estando entre rejas. Los religiosos recuerdan siempre en sus primeras charlas que fue Cristo un preso injustamente condenado. Un campo pues, abonado para el proselitismo. No hay conversiones al cristianismo sino a iglesias de todo tipo. El cambio radical de muchos a través de las palabras que hablan de Dios suele ser grandísimo, pero en muchos casos, de corta duración.

Un interno puede ser inmune a las imágenes, no así a las palabras. Las necesita como comer. Faltan más investigaciones sobre los efectos en quienes sufren un tiempo de internamiento, así como de los programas de rehabilitación y reinserción. Pero estoy seguro que de allí adentro se sale marcado por palabras (por su ausencia o por abundancia).

Otro consuelo, no religioso, que tiene un buen número de conversos viene de la música, la poesía, el dibujo y la escultura. La vena artística de muchos sale a la luz.

De las cárceles aturde la situación absurda en que he visto a tantos. Es uno de los grandes fracasos de todos nosotros (los de dentro y los de fuera). Pero lo único que he podido atestiguar es que en lo más profundo de ese fracaso, cuando todos los relojes se detienen, son las palabras, y el sonido de su belleza, las que se introducen en el ser humano con la facilidad del aire; las únicas que recrean el olor, el tacto de la piel de lo que aún se ama. Las únicas que acarician sobre las venas azules de nuestra fe de niños.

Aún hoy, cuando estoy cerca de una prisión, mantengo en la mirada aquella imagen: cientos de manos que pedían a dos muchachas sus firmas sobre los Nuevos Testamentos, como si fueran novias que el día de la visita les llevaran a sus novios, encarcelados y conversos, regalos de palabras que se vuelven poesía, o música o Dios.

sanchomas@gmail.com