•  |
  •  |

En estas fechas siempre me digo a mí misma que tengo que escribir algo sobre el centro de Managua, escribir cómo otras generaciones—y no los señores de siempre que recuerdan bares, cafetines, tiendas y avenidas—rememoran ese espacio. Creo que me empaché de esa nostalgia, como si lo único lindo de esta ciudad hubiese existido antes de diciembre del 72 y algunos nos hubiéramos perdido lo mejor de la película. Desayunando con unos amigos mencioné mi deseo. Ellos, algunas décadas mayores, secundaron la idea con entusiasmo: “sí, tenés que ver si los jóvenes saben sobre el lugar tal o cual que estaba en tan lado”. Pero yo la verdad no quiero hablar sobre esa tercera o cuarta memoria que hacemos de los lugares sobre los que nos cuentan los viejos, talvez porque yo no la tengo. Ni mis padres, ni mis abuelos, ni los padres de mis abuelos podían contarme algo sobre una Managua pre-1972 que nunca conocieron porque todos ellos eran del interior, pero del interior de otro país.

Yo, que crecí aquí no por cosas del destino sino por una revolución, tengo mis memorias de ese viejo centro.

Recuerdo un parque y los deslizaderos, recuerdo una biblioteca gigante, recuerdo canchas de basquet, un cine precioso y caluroso, recuerdo el teatro y la orilla del lago, con su olor de siempre. Cuando tenía 18 años, a una amiga de la secundaria le agarró “fiebre de viejo centro de Managua”, le encantaba hacer tours con los más burguesitos de nosotros. Recuerdo que parte del tour era comer pollo frito en la fritanga de una señora morena y hermosa con un delantal blanco impecablemente limpio a las orillas de ese lago que nunca dejó de oler igual—eso me hubiera gustado saber, me hubiera gustado que alguien me contara cómo olía antes esa costa que en mi niñez era casi mar, ¿sería un olor salado como el del sudor de quienes la contemplamos?—De la fritanga caminábamos hacia el parque Darío y de ahí hacia el Luis Alfonso. Mi amiga siempre ha sido valiente, espontánea e irónica, y le encantaba escandalizarnos, creo yo, llevándonos a un lugar que a mediados de los noventas era una ruina en muchos sentidos.

Ese es el viejo centro de Managua en mis recuerdos. No es la gloria descrita en las memorias de quienes lo conocieron antes del 72, aunque para mí gloriosa o no, Managua y su centro siempre han sido lindos. Claro, la belleza es un asunto personal y hay quienes dicen que está más bien en el ojo del espectador. Y siendo que todo esto es subjetivo, diré que para mí lo más lindo de esta ciudad es el atardecer, un atardecer naranja-rojizo que te grita “mírame”, como lo hacen todos los managuas, entre gritos y pitos, haciendo malabarismos, en esa carrera por sobrevivir de tantas formas y a tantas cosas; por llegar vivos al destino o al menos a algún lugar. Me gusta ir a Tiscapa como a las 5:30 y ver el sol ponerse en medio de una Managua-brócoli y mi Sandino preferido. Yo filmaría la última escena de una película de amor en ese parque, con los amantes mirándose el uno al otro, no abrazados, no sonriendo; tal vez soñando, imaginando que todo ese amor no cabe ni en ese parque, ni en esa ciudad, ni en ese corazón, y que tanta belleza realmente sólo está en el ojo del espectador. Seguro otros contaran otras historias de ciudad, mostrando que nunca nada es ideal, tal vez afirmando que no caben estas historias en este momento que vivimos o gritando que no sólo Managua existe. Tomen ese escrito como una invitación.