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Durante años multinacionales extranjeras han sacado tajada de la oportunidad de una sociedad china dispuesta a prosperar bajo condiciones difíciles. En un principio, le  llamaron el dragón dormido, la superpotencia emergente, porque interesaba que su potencial se hiciera realidad en forma de un mercado de cientos de millones de  personas. Es cierto que algunas compañías se estrellaron y tuvieron que adaptar sus  expectativas a un país que tampoco estaba dispuesto a regalar nada, pero otras se han  beneficiado de los bajos salarios durante décadas.

Las potencias occidentales, mermadas por una profunda crisis después de años de excesos, contemplan ahora a una China que gana terreno como inversor en África y en Latinoamérica a golpe de talonario, y que es capaz de competir directamente en algunos sectores tecnológicos importantes como el ferrocarril de alta velocidad o la industria espacial. Hasta tal punto que algunos han pasado a verla como el dragón que amenaza.

Nada ilustra mejor la inversión en el equilibrio de la balanza que el desarrollo del país  en estos dos sectores. Justo en medio de la tormenta que atraviesa la economía mundial,  especialmente en Europa por el problema de la deuda, China ha conseguido un nuevo hito en su carrera espacial acoplando dos naves en órbita. Un logro de gran importancia  de cara al proyecto que tiene el país de construir su propia estación en la próxima  década.

China hizo su primer vuelo espacial tripulado en 2003. Por aquel entonces, a Estados Unidos y a Europa aún les quedaba unos años de idilio económico. Hoy la situación es bien diferente. Estados Unidos ha tenido que cancelar o retrasar muchos de sus  proyectos y confiar buena parte del futuro de la navegación espacial a la industria  privada, mientras que la coalición de países detrás de la actual Estación Espacial  Internacional es incapaz de acordar qué hacer más allá de 2020, fecha prevista para su  cierre.

En la industria ferroviaria el cambio ha sido aún más drástico. Todavía era Bush  Presidente en Estados Unidos cuando China se lanzó a tender líneas de tren de alta velocidad de miles de kilómetros con la ayuda de potencias en la materia, como Japón o Alemania. Durante el Gobierno de Bush, Estados Unidos llegó a aprobar presupuestos  para un plan de desarrollo de este sector. Sin embargo, la paradoja es que China se ha  convertido en cuestión de años en exportador de tecnología a este país, mientras que en  Estados Unidos, Obama tiene grandes dificultades para aprobar financiación para la alta velocidad.

Durante la crisis, China ha nadado contra corriente. Se las ha arreglado para mantener el  fuerte crecimiento económico, ha aumentado sus inversiones en el extranjero,  especialmente en África y Latinoamérica, y ha continuado la vertiginosa expansión de  su ferrocarril al tiempo que llevaba sus primeros satélites y naves al espacio.

A Occidente le gustaría que el desarrollo de China fuera de otra manera y por eso  reclama al Gobierno chino que aprecie su moneda. Pero este le responde que ya lo está  haciendo, lo cual es cierto, aunque no al ritmo que gustaría en los despachos de la Casa   Blanca. Lo último que interesa a los políticos de Pekín es una apreciación abrupta del  yuan que ponga en peligro la competitividad del sector exportador.

Las encarcelaciones de activistas en China, y la creciente censura a los medios de  comunicación son incómodas para muchos gobiernos, pero el margen de crítica es  reducido ante la necesidad de liquidez tras años de excesos financieros.

China tiene  reservas enormes y necesita ponerlas en circulación. Por eso es común ver cómo  después de un período de desentendimiento entre China y otros países a raíz de los  derechos humanos, se escenifica un acuerdo en forma de operaciones de compra de  deuda o de inversiones millonarias.

Europa acaba de pedir ayuda de nuevo a China, pero esta se lo ha pensado dos veces  esta vez. El gigante asiático resulta tener sus propios problemas. Y no son pocos. El  modelo de desarrollo económico obsesionado por el PIB aumenta cada vez la más  brecha económica entre ricos y pobres, mientras que la burbuja inmobiliaria plantea un  futuro incierto, la inflación amenaza los bolsillos de quienes menos tienen, la  corrupción daña la imagen de los políticos y la sociedad se conmueve por los efectos de  la falta de valores.

La economía es el punto fuerte del Partido Comunista chino y eso  parece convertirla también en su talón de Aquiles.

Tal vez, esas mismas compañías y países que tanto beneficio han sacado de China  durante décadas, y que ahora apuntan hacia otras regiones donde pretenden encontrar el  nuevo El Dorado, deberían preguntarse: ¿es China la verdadera amenaza?

*Periodista
Twitter: @jorgeplanello