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Ha muerto el más grande pintor  de Nicaragua. Tuve el agrado de ser su amigo desde la época de jóvenes, y el destino nos juntó en París en donde fui nombrado como Embajador de Nicaragua en Francia, y en la organización de la Unesco en donde Armando era el representante, cinco años duró mi estadía, y mi  contacto repetido con  Armando dedicado a su pintura en su estudio y casa de habitación, en la dirección 26 calle “des Plantes”, décimo piso, catorceavo distrito, metro Alesia, muy cerca de la Puerta de Orleans en París. Nos visitábamos recíprocamente y vivimos París.

Su apartamento era modesto como modesta era su persona y su forma de vestir, y sus disfraces para pintar.

Era un gran cocinero, el mismo hacía sus platos que parecían lienzos de su pintura, frijoles adornados con el rojo del tomate, arroz con el verde y rojo encendido de las chiltomas, la carne sangrante con finas hierbas y zanahorias, una verdadera obra de arte con su comida casera de la que muchas veces disfruté diversidad de colores combinados.

Una vez nos preparó “unos quesitos para acompañar un vino beauyolais villaje, y como no tenía palillos, simplemente usó palitos de fósforos para picar. Cultivaba y regaba en el balcón de su apartamento matas de frijoles rojos, de Nicaragua, que él mismo cocinaba.

Una vez le pregunté por qué pintaba las piernas de las mujeres con celulitis, y me manifestó que la celulitis da mucha sombra y belleza a las piernas.

Son múltiples las pinturas de Armando, conocidas internacionalmente desde el abstracto en sus comienzos, hasta las bañistas del lago Cocibolca, sus desnudos y lanchas movidas por el viento, su muelle, sus selvas tropicales, las mujeres de Puerto Cabezas, y Sandino y sus generales, etcétera, etcétera. Pasaba horas viéndolo pintar pacientemente con su paleta, pinceles y su espátula para el raspado, en el que muchas veces le ayudaba su hijo Sebastián.

Exponía en París en la Galería de Claude Bernard, sus cuadros eran valiosos y se  cotizaban en el mercado a altos precios. Sin embargo, Armando siempre fue un hombre humilde, insociable, como le hacía  parecer a la gente que no lo conocían y como inamistoso, pero la realidad era otra, para los que lo conocimos de cerca a este excelso pintor, era muy amable y simpático cuando adquiría confianza.

Siempre agradeceré el gesto de amigo, de ofrecernos su apartamento para que mi hijo    viviera en él, en vista que teníamos que abandonar Francia para el cese de las funciones de Embajador, y no teníamos donde dejarlo. Así era Armando.

Descansa en paz, adiós y como dijo Woody Allen, actor y director estadounidense: “Lo triste no es ir al cementerio, sino quedarse”.