Ricardo Antonio Cuadra García
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IV parte y conclusión

Los seis años que duró la II Guerra Mundial (1939-45) fueron testigos de la mayor matanza en la historia de la humanidad. Al final del conflicto habían perecido el 2 % de la población mundial, más de 62 millones de personas habían sido víctimas de la irracionalidad humana. Fueron años de campos de concentración y de exterminio, donde la población civil puso la mayor cuota de sacrificio. Sin embargo, también la población civil fue la protagonista de muchos actos heroicos para salvar vidas inocentes.

Existen muchos testimonios humanistas de laicos, militares, pastores protestantes y sacerdotes católicos que arriesgaron su vida ayudando a judíos del exterminio Nazi-fascista. El mérito de sacerdotes católicos fue doble; además de arriesgar su vida, desafiaron las directrices de su jerarquía que con su “neutralidad” y sus concordatos firmados con los regímenes del eje no se compadecieron del sufrimiento humano.

En defensa de las actuaciones “neutrales” de Pío XII, se han escrito muchos artículos y libros. Los libros más relevantes son tres, “Los Judíos, Pío XII y la leyenda negra” de Antonio Gaspari, “Los tres últimos Papas y los judíos” del diplomático judío Pinchas Lapide y “Pío XII. El Papa de los Judíos” del historiador italiano Andrea Tornielli. En estos libros se detallan una gran cantidad de testimonios de clérigos que salvaron a miles de judíos. Los tres justifican el silencio Papal como una macro estrategia para salvar a muchos judíos, pues una denuncia pública de la Santa Sede, consideran, era contraproducente. Tanto el libro de Gaspari como el de Tornielli beben de la misma fuente; los doce tomos del archivo Vaticano elaborados por el jesuita a cargo del proceso de canonización de Eugenio Pacelli, Peter Gumpel. Ambos autores son personas comprometidas con la Iglesia Católica y sus libros tienen un sesgo proselitista a favor de la causa de Eugenio Pacelli. El libro del diplomático israelí Pinchas Lapide, está desfasado en el tiempo, fue escrito en 1969 cuando muchos archivos, tanto del Vaticano como de otras fuentes no se habían abierto. Los tres libros caen en evidentes anacronismos al querer emitir juicios de valor de hoy a eventos sucedidos en una coyuntura de hace más de 50 años. Los dos libros de los italianos, asumen los valores del Concilio Vaticano II, y a la política de Juan Pablo II de reconciliación con los judíos y el Estado de Israel, para hacer una regresión anacrónica de valoración con el período de la guerra.

Más allá de cualquier proselitismo es importante analizar los hechos históricos en su contexto. El concordato con el tercer Reich obligaba a las Iglesias de Alemania a facilitar al gobierno los registros de los bautizados, lo cual ayudó a la identificación de los judíos, y lubricó así la “solución final”. En estos eventos no se alzó la voz del Vaticano, pues el uso de esa información no era su responsabilidad. También es justo destacar que hubo casos de algunos sacerdotes que desafiaron a la autoridad y alteraron los archivos o simplemente se negaron a entregarlos. Estos sacerdotes pagaron muchas veces con su vida ese acto de rebeldía.

Es muy cierto lo que manifiestan los defensores Papales, que el Vaticano mandó como cincuenta cartas de protesta al gobierno Nazi por la violación del concordato al perseguir y asesinar a sacerdotes rebeldes con el régimen. Pero también es cierto que estos heroicos sacerdotes violaron el concordato al inmiscuirse en política.

Lo más difícil de entender de la política de “neutralidad” Vaticana, es la celebración del cumpleaños número cincuenta de Hitler en la Nunciatura de Berlín, en 1939. Y lo más increíble es que se hiciera tradición en las Iglesias Católicas el sonar las campanas todos los años para celebrar el onomástico del Furher.

La protesta más relevante por parte de la Iglesia Católica alemana al gobierno Nazi, fueron las tres homilías del Obispo de Munster Clemens August Von Galen en contra de la eutanasia de los ancianos y los minusválidos. Esto desató una gran protesta al tercer Reich el cual tuvo que suspender los actos genocidas. Gaspari nos lo informa y el mismo demuestra que el silencio ante una injusticia tan cruel no es una opción, pues si el obispo no hubiese dicho estas homilías el exterminio de minusválidos y ancianos habría continuado.

Los apologistas del Vaticano comentan que Eugenio Pacelli leyó el libro de Hitler, “Mi lucha” y que le causó gran repulsión sus ideas y hasta dijo que eran anticristianas. Pero parece ser que su repulsión al libro no fue lo suficiente para incluirlo en el célebre Index Librorum Prohibitorum.

Es difícil juzgar a un hombre en un contexto tan convulso como fue la II Guerra Mundial, y más cuando este individuo tuvo “dos sombreros”: Jefe del Estado Vaticano y el de Papa de la Iglesia Católica. Como Jefe de Estado sus actuaciones fueron acorde a la diplomacia de neutralidad no muy diferente a la de otros estados como España, Suecia, Turquía, Portugal y Suiza, quienes también se declararon neutrales. Pero las actuaciones del Papa Pío XII como guía espiritual y de ética de la humanidad nos llenan de muchas dudas.

En 1997 se publicaron en varios diarios norteamericanos documentos desclasificados del Departamento de Estado. Una nota redactada en 1946 por el agente de Hacienda de los EU, Emerson Bigelow, dejaba al descubierto el macro negocio de la tristemente célebre “Ruta de Ratas” o “Ruta de los monasterios o vaticana”. Esta ruta se dedicó a trasladar criminales nazis a países neutrales y de Suramérica. Uno de los casos más emblemáticos fue el del dictador Croata títere de Hitler, Pavelic, quien se fugó disfrazado de sacerdote a través del Vaticano. Lo más triste de esta historia es que Pavelic --quien masacró con la colaboración de sacerdotes franciscanos de Yugoslavia a más de 700 mil cristianos ortodoxos--, pagó al Vaticano 350 millones de francos suizos por los servicios de la Santa Sede. Esta operación se descubrió porque las tropas británicas incautaron 150 millones de francos suizos en oro en la frontera Austriaco-Suiza, en el año 1946, los cuales venían del Vaticano.

Es evidente que Eugenio Pacelli le hizo un gran servicio al Estado Vaticano, pues fundó el Instituto para las Obras Religiosas (IOR), lo que se ha llamado el Banco del Vaticano, administrado en los inicios, por sus sobrinos. Es el fundador del Papado moderno, caracterizado por el dogma de la Asunción de la Virgen y por un Estado Vaticano inmensamente rico. Un Vaticano que a la par de rezar a la virgen, examina los índices bursátiles para ver el estado de sus inversiones. Una Iglesia diestra en razones financieras, una máquina para hacer utilidades. ¿Pero cuál fue su costo? La quiebra ética y moral reflejada en iglesias vacías europeas y en el proceso acelerado de secularización de sus sociedades. Es evidente que Eugenio Pacelli no fue el Papa de Hitler, sino el Papa del Vaticano.


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