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Dueños de pequeños negocios, repartidores de productos y mujeres son las principales víctimas de asaltos con intimidación. En muchos casos los que perpetran los delitos no son capturados o castigados. Si bien es cierto que la Policía Nacional hace esfuerzos, la verdad es que la falta de seguridad e impunidad siguen siendo un problema social.

Tener una pulpería, un cibercafé, una escuela, un comedor, un hospedaje o cualquier otro pequeño negocio implica un gran riesgo, ya que en cualquier momento, el dueño y/o los dependientes son víctimas de asaltantes. Es lamentable que tratar de ganarse la vida honestamente representa un inminente peligro en nuestro país.

En muchos barrios pobres de la capital, las mujeres son las víctimas más frecuentes de los delincuentes. Estos no solo arrebatan las pertenencias de las mujeres en lugares públicos como los mercados y  en las paradas de buses, sino que también las mujeres que se sienten amenazadas  y tienen que dar a los antisociales 1, 5 y hasta 10 córdobas y de esa manera evitar ser atacadas físicamente en otra ocasión.

Esto último es el impuesto que tienen que pagar la gente pobre para proteger su integridad física, ante la ausencia policial. Igualmente, en los mercados hay que aguantar a los ladrones y pagarle a los ´vigilantes´ que supuestamente protegen nuestra integridad. Los asaltos y muchos otros no son reportados a las autoridades por distintas razones.

Asimismo, es evidente en muchos barrios la presencia de grupos de vagos, borrachos y hasta drogadictos, que se ubican en ciertos lugares para pedir, hostigar y hasta ofender a la gente, particularmente a las mujeres.

A mediados del siglo pasado en la época de los Somoza era prohibido perturbar la paz social y los antisociales eran recogidos por las autoridades y se les ponía a trabajar.

Hay que tener mayor vigilancia; encontrar a los delincuentes; ponerlos en algún lugar para su rehabilitación; condenarlos al castigo que se merecen; y sobre todo quitarlos de las calles para que la ciudadanía no viva intimidada por esos sujetos. De hecho, estos antisociales son la principal causa por lo que los turistas no se quedan en Managua.

Un pueblo sin moral y corrupto no tiene futuro, antes se hablaba de la mordida, ahora se habla de pagar más para agilizar trámites, igualmente los supuestos vigilantes de las colonias y de los mercados son síntomas de una moralidad trastocada y corrupta. Por otro lado, los que recepcionan las denuncias telefónicas de atracos en la policía, si bien es cierto ahora contestan amablemente, ni siquiera les interesa el nombre de la víctima. Al paso que vamos, seguiremos diciendo que Nicaragua es el país donde el corcho se hunde y el plomo flota.

Por último, la impunidad de los delincuentes sirve de mal ejemplo a otros jóvenes que no miran otro camino más que delinquir, ante la falta de oportunidades trabajo y programas educativos.

El Gobierno y las autoridades deberían de dejar de hablar de tantas victorias, y más bien, deberían ser más efectivas, creativas y diseñar nuevos dispositivos o mecanismos que pudieran ejecutarse para disuadir de sus acciones a los que amenazan la vida de otras personas.