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La tierra y la humanidad están enfermas. Padecemos una grave enfermedad que con el transcurso del tiempo y mayor cantidad de personas, se extiende como epidemia sin control y aunque no lo comprendamos, amenaza con postrarnos.

La contaminación medio ambiental visible y medible, insuficientemente reconocida por quienes tienen principal responsabilidad en reducirla, destruye la casa común, acelera los cambios físicos, sociales y psíquicos, modifica el hábitat de los seres vivos e inanimados con quienes compartimos el mismo espacio.

Existe otro tipo de contaminación más peligrosa, que no se mide ni es “visible”, es generada por nosotros, seres “inteligentes” que no logramos comprendernos. Lo que realmente contamina la existencia humana espiritual y a partir de allí la física, lo que nos está llevando a la destrucción, a menos que se modifique el comportamiento y actitud humana y que influyan factores internos y externos, son las emisiones de ira, odio, egoísmo, destrucción y muerte; hechos públicos y privados que nos degradan.

El poeta hindú, Premio Nobel de Literatura 1931, Tagore escribe: “Si pudiéramos establecer una estadística de toda la muerte y la podredumbre que se produce en nuestro mundo a cada instante, nos quedaríamos aterrados”.  Esa contaminación, más que la otra que es efecto de esta, empuja al fin, o un nuevo comienzo, según los mayas, y según el Apocalipsis 21,1: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”, desde la metáfora del Evangelio (Juan 12,24): “si el grano de trigo no muere, no da fruto”.

Así como la industria y las ciudades manan gases tóxicos al aire, desperdicios a las aguas y al suelo infectando las fuentes de subsistencia y dañando la capa de ozono, los humanos, en cada agresión verbal, moral o física, en cada daño a otros(as), en la destrucción, exclusión y muertes provocadas en guerras y conflictos, en el rencor, la mentira, el egoísmo y todas las desatinos humanos cotidianos y crecientes directas e indirectas, manamos toxicidad que sin medirlas, erosionan la evolución acumulada. Lo malo daña, es una especie de vapor, de halo oscuro, energía que eriza la piel y apaga la vida. ¿Cómo veríamos el ambiente si cuando las personas tengan pensamientos, realicen actos u omisiones perjudiciales, pudiera verse, al igual que en un vehículo, el humo negro y maloliente que brota del escape? ¿Cuántas guerras en la historia llevan venganza, resentimiento y destrucción? ¿Cuántas tragedias, hambrunas, matanzas y desolaciones se continúan generando ante la irresponsabilidad, la ambición y la indiferente? ¿Cuantas acciones han condenado a individuos, familias, pueblos y generaciones a exclusión, esclavitud y muerte?  Cada tristeza causada es una exhalación que infecta. Esas responsabilidades por dolores y rencores, si pudiéramos medirlas (como emisiones de gases)  indicarían niveles críticos de toxicidad.

¿Cómo descontaminar nuestra generación de la intoxicación? ¿Qué carga recibirán quienes nos preceden?
Hace dos mil años, éramos 250 millones de habitantes, las comunicaciones eran incipientes y los procesos migratorios lentos, las inconveniencias humanas eran absorbidas más fácilmente en el tiempo que transcurría “lento” y “disuelto” en el espacio desolado. Heredamos en el imaginario colectivo cultural y genético lo transcurrido. En 1800 éramos dos mil millones. En octubre 2011, siete mil millones de habitantes, en la misma extensión terrestre, mal distribuida y desigual, consecuencia de los males humanos, disponiendo de nuevas tecnologías y mecanismos de destrucción sofisticados ¿Qué pasa con esos flujos negativos de nuestra convivencia egoísta? Pensamientos adversos, acciones maliciosas, actos agresivos y ofensas: resienten y destruyen a personas y otros seres vivos, conocidos y desconocidos.

El problema no es que somos 28 veces más habitantes que hace veinte siglos, o 3.5 más que hace doscientos años, sino que, millones padecen y muchos causan ese sufrimiento; hay tantos en la miseria, en riesgo, con hambre; la angustia es mayor; la sustancia causal de esos daños, contamina.

La desigualdad es profunda e insostenible, el consumo del primer mundo egoísta y exagerado, superficial e injusto, mientras muchos, en los mismos países y en el resto, en nuestra realidad inmediata, padecen.

El crimen destruye, las drogas intoxican y anulan al individuo, la riqueza desproporcionada infecta, la corrupción aniquila esperanzas, la explotación es inhumana, la violencia descompone, se suman a las emisiones tóxicas ambientales que aunque no comprendamos, percibimos.  O somos capaces de renovar el equilibrio material y espiritual del contorno expandible que trasciende al espacio y al tiempo, o se impondrán por la fuerza acontecimientos inexplicables.

Todos sentimos en distinta intensidad, cuando al llegar a un lugar o encontrar a personas o algún individuo, hay paz o por el contrario, tensión o malestar. Es algo que, sin saberlo, nos hace sentir un ambiente pesado e incómodo, o uno ligero y agradable.  Cuando hay violencia en cualquiera forma, aunque no la midamos, existen flujos invisibles que contaminan y contagian ¿Cómo deshacernos de las dañinas emisiones humanas? ¿Cómo dejar de intoxicar el medio común, no solo físico, sino  también espiritual? Así como las plantas con su fotosíntesis purifican el aire, los seres humanos, en el ámbito esencial no material, con actitudes, pensamientos y actos correctos, positivos y solidarios, generamos energía capaz de renovar y purificar nuestra dimensión.

El entorno se satura de males humanos que trascienden a la contaminación física. Allí radica la causa de nuestra potencial destrucción.  Llevándonos al límite de la contaminación, la existencia humana puede colapsar para replantearse, volver a comenzar o  reenrumbarse.

¿Cuál es el límite aguantable? Comportamientos distintos que superen la mezquindad, que volvamos a la simpleza necesaria; el Nuevo Testamento dice: “Dios es amor”, o “Dios, el Amor”, según otra traducción, porque “si no hay amor, nada se es”, única ruta para dejar atrás lo pasajero y retornar a la grandeza de construir, superando el egoísmo, para limpiar el horizonte que parece gris e incierto.

¿Habrá sido a eso a lo que se referían los mayas hace mil años? Lo nuevo es urgente. Sin entender cómo ni hasta cuándo la humanidad puede seguir viviendo como está; no se puede desde ningún punto de vista soportar el deterioro y el desbalance, inminentemente se debe comenzar a modificar. ¿Podemos aportar para un mundo mejor o esperaremos que factores externos e incomprensibles, quizás traumáticos, lo hagan? ¿Cómo no va a ser posible que la voluntad y práctica de más personas haciendo las cosas bien sobrepase la contaminación de actitudes y acciones de quienes generan violencia, egoísmo y daño? Según Tagore: “En todas las épocas y bajo todos los climas lo que más aprecia el hombre es su ideal del bien”.

Sacudamos nuestra conciencia enferma, contribuyamos a moverla del mundo en donde estamos sabiendo que somos co-responsables.

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