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En el tormentoso clima del autoritarismo habrá quienes podrán decir, eufóricos, al borde del éxtasis, parafraseando a Darío: “¡Poder! ¡Divino Tesoro!”. Podrán vanagloriarse pero, como advertía nuestro excepcional poeta en la Oda a Roosevelt,  “¡Tened Cuidado!”, porque el poder total es peligroso e incontrolable y a la larga se volteará en contra. Tenerlo todo ya es una concupiscencia. Este es el gravísimo problema de quienes tomaron por asalto el poder absoluto. Y ahora harán lo que les venga en gana, porque, ¿para qué hicieron todo lo que hicieron, si no es para usarlo a conveniencia?

Es cierto que una correlación de fuerzas desfavorable puede llevar a cometer excesos, incluso a la abominable barbarie de transgredir la Constitución Política de la República, y que en un contexto distinto, con todo, absolutamente todo bajo su férreo control, no necesitarán ir contra las leyes, pues estas se encuentran por completo en sus manos nerviosas, a merced de sus todopoderosos 62 diputados y todos sus magistrados y todos sus funcionarios en todos los poderes del Estado, a quienes nadie podrá hacer ni siquiera una pálida sombra. Agreguen su influencia en el Ejército y la Policía y su maquinaria televisiva. Pero no siempre la legalidad es justa o legítima, no siempre brilla compitiendo con el sol. De legalidad podrán cubrirse las peores canalladas.

Quienes tienen el poder absoluto ¿se caracterizan por abrazar la libertad, es decir, son respetuosos y tolerantes; y por promover el apego a la Ley así como un sistema de equilibrios bilaterales en el quehacer de los poderes del Estado? ¿O se comportan como una fuerza avasalladora y autócrata que no se detiene ante nada con tal de cumplir sus objetivos? Han utilizado todas las instituciones estatales como herramientas políticas para dirimir cualquier asunto con prerrogativas y felonía, bajo una mampara sofisticada,  bajo un velo difuso de realidades y virtualidades, en que se mezclan de modo prodigioso y fantástico la satrapía y el despotismo de sus hechos, con un contradictorio discurso mágico-religioso-esotérico enmascarado de fraternidad, solidaridad, paz y amor.

El poder absoluto confiere a quienes lo detentan una cegadora sensación de que todo lo pueden, lo cual aumenta su peligrosidad, también ofrece un exquisito placer por el hecho de tenerlo y de saber que se tiene, y por saber que los demás saben que lo tienen y que pueden retenerlo no importa a qué precio, hay que hacer cualquier cosa, lo que sea, con tal de no perder el poder, aforismo retorcido y funesto convertido en principio de Estado durante la vergüenza del seis de noviembre. Stalin convirtió el poder absoluto en una infernal maquinaria estatal que engullía para siempre a opositores, críticos y disidentes.

No hay manera de conciliar el poder absoluto con la libertad y la justicia, como imposible es mezclar agua con aceite, o flores fragantes con el odio, porque quien es alérgico a estas banderas, más bien procura su aniquilación. También el poder absoluto que genera una Revolución, como en 1979, porque en medio del resplandor de la justa victoria, surgen las opacidades que conspirarán en su contra debido a las terribles secuelas de probar, consumir y convertirse en adicto casi perpetuo de las mieles del poder. Hay experiencia, degradación, podredumbre ética. Y es que el poder corrompe, y es más fácil hallar el vellocino de oro que el antídoto, que está en una de las estrellas.

En 1887, el historiador lord Acton envió una carta al obispo Mandell Creightn, criticándolo porque en su Historia del Papado, no señalaba con contundencia la conducta de algunos papas. En esa misiva el Lord inglés escribió lo que se ha dado en llamar “Dictum de Acton”, una frase lapidaria e inmortal: Todo poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente, de la que se deriva: El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

¿Cómo abstraerse de esa función natural del poder de corromper hasta la médula a quien lo tiene? Solo principios éticos sólidos podrían contener las gigantescas y abrumadoras tentaciones. ¿Hay ética entre quienes casi con desesperación tienen fuertemente asido con sus manos inciertas el poder absoluto ocupado, o se caracterizan por hacer cualquier cosa, lo que sea necesario, a cualquier costo, para lograr sus objetivos? Han convertido en su becerro de oro la idea maquiavélica de que el fin justifica los medios.

Aunque ofende la dignidad y el sentido de justicia, compartir bienes públicos solo con los adeptos o con aquellos que acepten enfundarse el uniforme, genera satisfactores inmediatos para los beneficiarios más pobres, los olvidados y harapientos que como fantasmas sobreviven en el sufrimiento. Para los excluidos de siempre por una derecha insensible y anclada en un pasado casi feudal, el balance puede ser positivo en la valoración de la gestión gubernamental, porque, por otro lado, a lo inmediato no les preocupa el irrespeto a la institucionalidad y a todos los espacios de libertad, mientras esa mano estatal interesada siga soltando convenientemente algunas ayudas materiales. Pero no hay justicia social sin libertad y ésta demanda una institucionalidad que no existe en el reino mágico del poder absoluto, pues se basa en un poder distribuido, de contrapesos recíprocos. En el arca abierta del poder total, hasta el justo peca.

Si antes no pudo, ¿es sensato suponer que ahora que tiene el poder absoluto podrá incorporar la libertad, la verdad y la justicia, en su idea de buen gobierno? ¿Primará la concepción autoritaria de que quien no está conmigo está contra mí? En El Carrizo, Cusmapa, los mismos ejecutores de la farsa (policías, funcionarios electorales y el secretario político) son acusados en un tribunal de justicia por el asesinato de tres campesinos. ¿Debemos esperar se acentúen las restricciones a la libertad y una más abierta y endurecida represión? Así como no pudieron detenerse en El Carrizo, ¿no podrán tampoco en ningún sitio de la geografía nacional? Para eso es el poder absoluto, para imponerse a sangre y fuego.

*Editor de la Revista Medios y Mensajes.