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La tozudez de la Presidenta Chinchilla por batir a porrazos una carretera tangente en unos 120 kilómetros a la ribera sur del río San Juan, tiene aristas de ofuscación patológica. Ella se obstina a contrapelo de los irrefragables estragos ecológicos, asentidos, incluso por ambientalistas costarricenses.

Por ello, si queremos revertir la sediciosa porfía ecocida de doña Laura, deberíamos sufragarnos no solo del derecho, sino también de la psiquiatría.

En el plano de las herramientas legales, Costa Rica ha violado su propia legalidad porque trasgredió por omisión lo prescrito en el Decreto Ejecutivo (costarricense) 31849/2004, artículo 70, al tenor del cual, previo a emprender cualquier obra de consecuencias transfronterizas, debió Costa Rica hacer -y compartido con el país vecino concernido (Nicaragua)- el correspondiente Estudio de Impacto Ambiental, EIA. Pero no solo el Gobierno de Costa Rica no lo hizo, sino que por contrario, cual mapache bribón sorprendió a hurtadillas, hizo solito su “merienda” vial.

Ya que estamos en el plano legal, abundemos en él. El citado decreto costarricense tiene cordón umbilical con el derecho internacional, en efecto, deriva de: La Convención Internacional sobre la Biodiversidad, artículo 14; de la Convención de Basilea de 1989 relativa a la prevención y reclamos por desechos transfronterizos; del Principio 2 de la Declaración de Río de 1992; entre otros instrumentos internacionales, a los que Costa Rica está vinculada porque los firmó y ratificó.

De suerte que, pifiado y “chimado” puede quedar en La Haya el adusto canciller costarricense Enrique Castillo, quien hace poco profirió enconadamente que le tenía sin cuidado que Nicaragua demande a Costa Rica ante el tribunal mundial, por la construcción de la mentada carretera. Estas declaraciones de Castillo estuvieron ayunas de destreza y de elegancia conceptual.

Ahora bien, en el plano psiquiátrico, el solipsismo es un condicionamiento por el cual, quien lo padece, cree que todo lo que existe es creación de su propia imaginación. Al menos para mí es claro que es esto lo que explica la patológica obstinación de la presidenta Chinchilla.

Su concepción solipcista ignora los palmarios daños ecológicos que su desenfrenada testarudez vial está causando y, por ello mismo, ella trastabilla las reglas de derechos internacionales y costarricenses. Ello explica también el que, cínicamente, siendo Costa Rica el causante de daños al San Juan, acuda impúdicamente ante “papaíto” Consejo de Seguridad, acusándonos de que lo estamos difamando.

Curiosa esta nueva regla de Derecho Internacional “aportada” por Costa Rica: “Te friego y callate”.

Tenemos, pues, dos terapias. La jurídica en La Haya. Para la otra terapia, la psiquiátrica, sugiero que la presidenta Chinchilla se remedie del doctor Abel Pacheco, porque además de ser un buen psiquiatra, fue Presidente de Costa Rica. Por ello, mejor que nadie don Abel podrá ayudar a doña Laura a superar el solipsismo “río san juanense”.

*Especialista en Derecho Internacional, por la Universidad de Niza, Francia.