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Si un vecino suyo cometiera un crimen, fuera atrapado, juzgado y condenado, y la sociedad se dispusiera a castigarlo por medio del sistema penitenciario, a nadie se le ocurriría que la pena impuesta pudiera ser transferible.

Si usted propusiera que dejaran libre al criminal y que, a cambio, usted enviará al hijo de usted a la cárcel (o al patíbulo) a expiar la culpa de su vecino, todo el mundo consideraría absurda e injusta tal iniciativa. Nadie debería pagar por las faltas de otros; eso es justicia elemental. En un caso como este, usted sería inmoral por proponer semejante cosa, y su vecino también lo sería si la aceptara.

Pese a la claridad de esta aseveración, los cristianos ven como natural que Jesús haya sido enviado por su Padre a pagar por las culpas de los humanos de  una manera difícilmente superable en su brutalidad. Pero el asunto tiene el agravante de que en realidad la humanidad no es culpable de nada.

Si uno cree, como hacen algunos cristianos a pesar de todas las evidencias científicas en contrario, que la palabra de la Biblia debe interpretarse de manera literal, quienes deberían haber pagado por su culpa serían Adán y Eva y nadie más. Sería inmoral cargar sus culpas sobre todas las generaciones posteriores. Si en cambio, uno piensa como otros cristianos que lo de Adán y Eva es una fábula inspirada por Dios para transmitir un mensaje, y que las faltas de Adán y Eva realmente representan una falla de origen (pecado original) de la especie humana entera, a quien habría que culpar es a Dios mismo, pues se supone que fue Él, y nadie más, el creador de la naturaleza humana.

En ese caso también sería inmoral transferir la culpa, y el castigo, a otros. Aquí no cuenta lo del “libre albedrío”, porque nosotros ni siquiera habíamos nacido en tiempos de Jesús, y menos en tiempos de Adán y Eva.

Para colmo, a los niños se les enseña que cuando se comportan mal empeoran el sufrimiento de Jesús; además, se les expone, sin ningún decoro, a la imagen de un Jesús torturado, sangrante y agonizante colgado de una cruz; ese no es un espectáculo para niños.

Los cristianos suelen colgarse cruces del cuello de la manera más natural, pero a mí eso me parece algo obsceno. Lo común de la práctica ha vuelto este aspecto invisible para la mayoría. Imagínese usted que Jesús hubiera existido y muerto “por nosotros” en los tiempos modernos; de seguro su muerte habría acontecido en una silla eléctrica y los cristianos colgarían de sus cuellos pequeñas sillas eléctricas como algo natural. ¿No le parecería raro?

La cruz, sin embargo, es un instrumento de tortura mucho peor que la silla eléctrica; es mucho más lenta y dolorosa para sus “usuarios”.
La culpa es un sentimiento corrosivo que no debería inculcárseles a los niños; el miedo tampoco. Reconocer los errores, enmendarlos y evitar cometerlos en el futuro es algo positivo, pero hacer que los niños se sientan culpables de algo con lo que no tuvieron nada que ver, es enfermizo.

Todos estos mitos son resabios, abundantes todavía, de los sacrificios de sangre animal y humana (a veces, infantil) que fueron tan comunes en los albores de la humanidad, cuando la ignorancia y la superstición eran generalizadas; cada región del mundo tiene los suyos propios.

Sería de esperar que en la actualidad la mayoría los percibiera como ridículos, pero no es así. El feroz e implacable adoctrinamiento religioso desde la cuna se encarga de mantenerlos vivos.

La religión es algo demasiado complejo para ser considerado con conocimiento de causa por un niño; el hecho de que las religiones sean casi siempre heredadas por medio del adoctrinamiento infantil contribuye a perpetuar el tribalismo religioso en el mundo, con los peligros que esto conlleva.

Algo parecido ocurre en el ámbito político: se hereda el conservadurismo, el sandinismo, el liberalismo, etc. El tribalismo político se prolonga ad infinitum, con negativas consecuencias. Nos iría mucho mejor si los niños crecieran sin influencias políticas, solo recibiendo información y entrenamiento.

A cierta edad, conocedores de las diferentes opciones político-económicas existentes, y de los resultados que cada una de ellas ha logrado a través de la historia y a lo largo de la geografía mundial, los ciudadanos escogerían sus opciones por sí mismos. Eso sería mucho mejor para el mundo que la situación actual; particularmente para nosotros los nicaragüenses. Hay cosas que no son para niños.

En este contexto, hago mías las siguientes palabras de Heinrich Heine: “En tiempos oscuros, la mejor guía para los pueblos era la religión, del mismo modo que en medio de la noche oscura un ciego es nuestro mejor guía; de noche él conoce los caminos y senderos mejor de lo que puede verlos un ser humano con el sentido de la vista. Sin embargo, cuando amanece, es una insensatez utilizar a los ciegos como guías”.

En mi opinión, ya amaneció, pero son pocos los que se han dado cuenta, ya que por lo general la gente no conoce mucho de ciencias modernas y de historia, entre otras disciplinas que han contribuido a dicho amanecer.

Mi esperanza es que el vertiginoso desarrollo de los medios masivos de comunicación, como internet, logre que el conocimiento se generalice con la consecuente disminución de las creencias supersticiosas.

pedrocuadra56@yahoo.com.mx