•  |
  •  |

Yo estaba mal aparcado porque iba a hacer algo rápidamente. Necesitaba comprar con urgencia unos medicamentos en la farmacia. Lo urgente no era la medicación sino que llegaba tarde a una cita y necesitaba volver a circular y que no me enfrentase a una multa.

Dejé puestas las luces de estacionamiento. Desde afuera, comprobé que solo había un cliente delante de mí. Preparé el dinero que más o menos me costaría el fármaco para perder menos tiempo en entrar y salir.

Apurado, me puse detrás moviendo la pierna con impaciencia. El señor, de mediana altura, flaco, y con el pelo blanco, escaso, con la suavidad que reluce en las personas de edad cuando se peinan hacia atrás con esmero, conversaba afablemente con la farmacéutica. Tal vez eran parientes o viejos conocidos.

En ese momento estaba sacando su billetera. Iba a pagar. Ya faltaba menos para que me atendiesen a mí. Pero en lugar de dinero, sacó una foto, de esas a colores cálidos, tan típicas de los años 60 y 70, que se parecen a los recuerdos de infancia. Era la foto de un paisaje, de una playa.

Yo me puse de puntillas para verla y creí reconocer el lugar. Parecía como si en los años en que la foto fue tomada hubiera más luz sobre aquel paisaje, o sobre el mundo, no sé. Yo estaba nervioso y cualquier cosa pasajera se me podía ocurrir y olvidarla de repente.
Entonces, el hombre dijo:
-Aquí estamos los dos. Mi mujer y yo. Mirá.
Lo dijo en tiempo presente, como se hace cuando se muestran fotos de hace años. “Aquí estamos los dos”, en un momento feliz congelado, en un recuerdo de luz. ¿Pero quiénes estaban? En la foto no había nadie. La farmacéutica también se lo dijo.

-Es que estamos detrás de la cámara –dijo el señor sorprendido de que no le entendiera-. La foto la hicimos juntos. Ella puso su dedo sobre el mío para apretar el botón. Así que estamos ahí, pero del otro lado.

Muy lindo, pensé irónicamente. Ahora sí que me multan. A ver cuándo termina. Y el hombre, como que me hubiese escuchado y quisiera ponerme a prueba, sacó otra foto de la billetera. ¡Oh no! Esto va a ser más largo de lo que yo creía.

-Aquí está ella. Mírala.
¿Y ahora qué?, me pregunté, sin dejar de golpear el suelo intermitentemente con la punta del zapato. Otra foto sin nadie, otra vez alguien detrás de la cámara. Entonces vi a la mujer. Esta vez era una foto en blanco negro. Tal vez de la misma época, cuando los retratistas desconfiaban del color porque sabían que el blanco y negro conserva los rasgos de la personalidad mucho mejor. El color es engañoso como la luz, o como los recuerdos a veces.

-¿A qué es preciosa? dijo buscando que la farmacéutica lo atestiguase.

Lo era. Preciosa, digo. El rostro de la mujer se volvía ligeramente hacia la izquierda con los ojos en el horizonte y el brillo que no sé si era de la fotografía o de su sonrisa blanca. El peinado, creo que entonces le llamaban permanente, se recogía con volumen hacia arriba en una especie de remolino, pero unos mechones ondulados le cubrían media mejilla.

El hombre había vuelto a hablar en presente. “Es preciosa”, ahí, ahora, en esta foto que enseña. De novio, introdujo los dedos en la billetera.

-Llevo siempre esta otra, y se sacó una tercera, más reciente, tomada con una cámara digital. De lejos podían distinguirse los colores neutros, casi fríos, verdes que no eran verdes, blancos que tampoco. La mujer incorporándose en la cama de un hospital, con un gorro verde que no era verde, cubriéndole el cuero cabelludo sin cabello. El rostro encogido aún presentaba restos de batalla contra el dolor en esas arrugas que quedan de los momentos agudos. Parecía que había pasado un siglo por aquella mujer. Mostraba el esfuerzo de quien quiere sonreír a pesar de todo, pero cuando la cámara dispara, solo refleja eso, el esfuerzo, como un amago, o una disculpa.

-Aquí estaba el segundo día de tratamiento- dijo el señor con una sonrisa a prueba de  infelicidad.

Esta vez habló en pasado. “Aquí estaba”. Esa foto que era casi de ahora, para él pertenecía al pasado.

-Las otras las llevo porque fuimos muy felices en aquel viaje. Y así durante treinta y cinco años. Yo se las enseño también a ella porque nos gusta recordarnos. La que prefiere es esa en la que no aparecemos ninguno de los dos, la que estamos mirando juntos el mar. Qué cosas. Yo le doy besos a la de su retrato en el hospital, pero cierro los ojos y pienso en la foto del mar.

Cuando el hombre se fue, la farmacéutica, algo emocionada me dijo que no se conocían de nada, pero que estaba segura de que el hombre acudía cada semana a diferentes farmacias para llevarse los medicamentos de su mujer. Era una prescripción controlada exhaustivamente por los médicos.  ¿Por qué no a la misma? ¿A esta por ejemplo?, le pregunté. “Imagino que porque le gusta contar su historia siempre por vez primera a quien no la sepa”. Entonces, ella me preguntó en qué podía atenderme y no pude recordar hasta más tarde el medicamento que necesitaba comprar urgentemente. Tampoco me acordé de las prisas, aún tenía en la retina las fotografías de aquel hombre y su mujer, y esa forma de cariño cuyo recuerdo era la imagen que tomaron juntos desde el otro lado de la cámara.

No creo demasiado en las moralejas, pero si alguna vez se encuentran por ahí, en una farmacia, a un señor mayor con una sonrisa abierta, contándole a la farmacéutica sus historias de amor mientras saca fotos de su billetera, les recomiendo que dejen el vehículo mejor apartado, y que tengan paciencia. Merece la pena la historia, y librarse de la multa también.  

sanchomas@gmail.com