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Qué temprano se nos hizo tarde. Es la sensación que nos invade ante las mutaciones de  la vejez. De la actitud que adoptemos depende seguir siendo nosotros mismos hasta la  culminación de la vida. Ser felices sabiéndonos adaptar como agua al terreno sin dejar  de ser agua. ¿Le preocupa envejecer? ¿O su papel en la sociedad cuando tenga 60, 70 u  80 años?

Muchas personas se preocupan por si hay vida después de la muerte. Lo que es evidente  es que hay vida antes de la muerte. Y es necesario vivirla con dignidad, con la mayor  autonomía posible, con salud y en buena forma física, relacionándose con los demás,  participando en actividades apropiadas a la  riqueza del tiempo con el que ahora vivimos.

Hay mucha vida después de los 60, y la sociedad aprecia cada vez más la contribución  de las personas mayores.

Aprovechar más de la vida, no menos, cuando se envejece,  tanto en el trabajo como en casa o en la comunidad.

Con un control médico regular y programado, con un plan de vida al igual que hacíamos  en nuestros años de formación, con alimentación adecuada a nuestras necesidades, con  ejercicio físico diario, consultado con su médico, y en casi todas las situaciones, con una  caminata diaria al aire libre. Poniendo en activo y ejercitando las capacidades para hacer  cosas que no hemos podido durante lo años en los que teníamos otras responsabilidades: cuidar plantas, juegos, lecturas, paseos, viajar, escribir, asistir a conferencias, museos, hobbies, y a disfrutar lo más posible de las facilidades que nos permiten los nuevos  medios de comunicación social, en Internet, Facebook, Twitter, blogs, chats, Skype,  etc.

Con demasiada frecuencia, tanto las personas como las sociedades creen que hacerse  mayor es un engorro y no un triunfo. Un desafío lleno de oportunidades adecuadas a  nuestra edad y capacitaciones. Nuestra experiencia personal, familiar, académica,  profesional, laboral y de toda índole puede ayudar a muchas personas de todas las  edades.

A los mayores, para hacerles comprender que son necesarios, y que es preciso  que se mantengan activos, que pueden y deben participar en actividades sociales.

A las personas de edad media, porque aliviaremos sus preocupaciones de envejecimiento y porque podremos mostrarles cómo es posible mantenerse con autonomía con una vida llena de posibilidades. Con humor y con libertad, con alegría y  con disponibilidad, responsables de nosotros mismos y de nuestro entorno, cooperando  con organizaciones de la sociedad civil y siéndonos útiles y necesarios para otras  personas, ambientes y comunidades.

A los jóvenes, porque comprenderán que los  mayores llevamos dentro al niño que fuimos o al joven que pudimos haber sido.

No se trata de añadir años a la vida, sino de vivir el tiempo que tenemos ante nosotros con plenitud y satisfacción. Claro que no podemos tirar de un carro, cambiar las ruedas  al coche, o hacer esfuerzos propios de otras edades. Pero sí podremos mantenernos  activos, despiertos y capaces de compartir conocimientos y habilidades.


Pero, sobre todo, prevenir situaciones de dependencia, que llegarán o no, pero que nos  encontrarán más capacitados y mejor dispuestos.

Esto es posible y somos muchos los que nos hemos puesto en camino. Porque, en  nuestras sociedades, cada vez somos más los mayores de 65 años que los menores de 25, y no queremos ser una carga para nadie, sino disfrutar de ese capital vital y existencial que hemos ido acumulando durante toda una vida.

Aquí entra la imperiosa necesidad de la solidaridad intergeneracional. No son pocas las  personas mayores que viven solas, ni menos los jóvenes que no han podido desarrollar  esa riqueza de una vida familiar plena.

Matrimonios separados, familias  desestructuradas, hijos con vida independizada, migraciones, separaciones físicas que  hoy pueden ser superadas con esta maravilla de los nuevos medios de comunicación que  nos permiten en tiempo real establecer contacto con nuestros seres queridos, amigos y  nuevos conocidos. La soledad querida, vivida, enriquecida es algo muy distinto al aislamiento impuesto o soportado. Tenemos una tarea, nosotros, los viejos, que no se  puede improvisar y que podemos compartir.

El aumento del número de personas mayores se percibe como una carga para las más  jóvenes en activo. Sin embargo, hoy  vamos cumpliendo años con mejor salud que las  generaciones anteriores. Y los mayores tienen unos conocimientos y unas experiencias  válidas que los más jóvenes pueden aprovechar. A mis 75 años me siento dichoso y  activo relacionándome a diario con miles de personas con las cuales compartir  experiencias, lecturas, viajes, conocimientos, sabiduría gracias a la Internet.

El Año Europeo quiere concienciar sobre los distintos problemas y las mejores maneras  de abordarlos, pero más que nada, quiere animar a los responsables a establecer  objetivos por sí mismos y actuar para alcanzarlos.

 *Profesor Emérito de la UCM, director del CCS