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La tradición oral de nuestras ciudades constituye una fuente viva de la narrativa nacional. En mi caso, las siguientes piezas lo demuestran revelando el humor, la hipérbole y la festividad de mis coterráneos.

La efigie del presidenciable

Culto, probo, honorable, don Evaristo Carazo tenía tres pecados. El primero y el peor: no era granadino, sino de Rivas. El segundo: poseía un capital insuficiente para el criterio del Cacho o Casa Gobernadora. Y el tercero: no creía en Dios.
Estos pecados lo excluían de la lista de presidenciables, condenándolo al mayor de los desprecios. Mas sus amigos, insistentes, fundaron clubes caracistas en todas las cabeceras departamentales, comenzando por Granada. Y él, halagado, aceptó.
Sin embargo, la Casa Gobernadora ya había escogido su candidato y para mostrar ostensiblemente su rechazo al audaz ciudadano de elegante barba espesa que pretendía disputarle el poder, importó de Inglaterra 600 bacinillas relucientes. ¿Con qué objeto?
Para repartirlas entre todos los miembros de los clubes caracistas de la República. Pero con un detalle significativo: en el fondo se destacaba, con su espesa barba elegante, la honorable, culta y proba efigie de don Evaristo.

La esposa chispeante
De todas las esposas granadinas que en el siglo XIX no se resignaron a la infidelidad conyugal, doña Digna fue la de mayor chispa. En la ciudad aún la recuerdan saliendo refrescante y peinada del baño con un par de largas trenzas negras y partido en medio.
—¿Ya te vio mi Tata? —le interrogaba cualquiera de sus hijos. —¡Ni la arrancada te va a aguantar la Ninfa!
Se referían a la barragana de turno del consorte de doña Digna; un dandy de la época que vestía ropas de lino, sombrero de pita ecuatoriano, bastón de pomo rojo y zapatos de charol. El dandy, además, era asiduo a una afición incontrolable: las conspiraciones.
—Esta noche me reuniré en el traspatio con mis amigos. Tenemos que plantear la caída del gobierno —pretextó argumentarle a doña Digna para asistir a una cita amorosa.
Mas la esposa, adivinando su verdadera intención, fue a espiarlo y lo encontró en la hamaca del corredor que daba al traspatio con las manos en la masa de una atractiva sirvienta mulata.
—¡Ajá bandido, te agarré en la murundanga!
—Vamos, Digna, ya es hora de que comprendás las necesidades de la carne, la carne…
Y levantándose con la mano izquierda su enagua floreada hasta el pecho, la esposa chispeante le espetó esta pregunta, señalando también con el índice de su mano derecha el sitio por donde paría a sus hijos: —Y esto ¿qué es? ¿Gallopinto?

El auriga y la beata

Doña Angelita, la beata, era una de las más gordas señoras de Granada. Tanto peso acumulaba que los aurigas rehusaban trasladarla en sus coches de caballos. En una ocasión, doña Angelita detuvo a uno de ellos: el popularísimo Chipilo. —Por favor, Chipilo, llevame a Catedral.
La beata quería ir a visitar al Santísimo porque el día era jueves y la hora, las cuatro y cincuenta de la tarde.  
—Ni quiera Dios, doña Angelita, me hace polvo la calesa.
—No seás ingrato, Chipilo. El Santísimo te va a castigar.
—Bueno pues, doña Angelita, voy a llevarla —aceptó, aparentemente convencido, Chipilo. —Pero antes, tengo que vendar los caballos y pedirle una cosa.
—¿Qué cosa, Chipilo? Decila rápido que estoy atrasada.
Y Chipilo, el auriga, le hizo al fin la propuesta con que mucho tiempo atrás había soñado: —Llevarla en dos viajes, doña Angelita.

Gretchen I y el picadito de La Sultana
En los años veinte, una muchacha rubia y de ojos azules volvía locos a los adolescentes granadinos. Gretchen Burheim, nieta del presidente Diego Manuel Chamorro, era su nombre. Ella bailaba y cantaba con inusitada gracia: Turín, Turín, es un buen centro / donde las damas y los caballeros / han de juntarse para resultar / con un buen fin…
A principios de los treinta se le consagró “Reina de los deportistas granadinos”, mejor dicho, de sus beisboleros. Y fue coronada en el Teatro Margot de La Sultana por el alcalde. Un discurso del síndico municipal y la entrega del centro por el vicepresidente del centro universitario precedió a la coronación. Gretchen I —rodeada de pajes, damas y caballeros de honor— comenzó su discurso:
—Queridos súbditos: ustedes conocen muy bien que yo tengo un pie en mi natal Managua y el otro en mi querida Granada…
—Mamacita: dame un boleto para Masaya —le gritó desde la luneta uno de los más populares picaditos de la ciudad.

La jugada a Casián Casiano

Casián Casiano era hombre de sanos propósitos, pues aseguraba a quien se embriagara en su estanco “La Conciliación” quitarle gratis “la goma” al día siguiente. Un día se apareció Pancho Hermoso con ínfulas de millonario.
—Hombré —le dijo—, poneme media cuarta, pero que sea ligero, que ahora voy a romperle la crisma a este… tal por cual.
Pancho, como todo granadino, solía pedir con garbo cuando andaba buena moneda. Pero ahora su bolsillo estaba en ayunas.
—Poneme la otra. Ya va a ver este jodido cómo nos vamos a trompear —agregó—. Y se salía a la puerta en ademán retador, arremangándose la camisa y con los puños cerrados, dispuesto a fulminar a alguien con una teatral cólera jupiterina.
—¿Y con quién es el pleito? —le preguntó Casián—. Yo no veo venir a nadie.
—Pues con vos, cuando me cobrés la cuenta, porque no tengo con qué pagarte.
Sagaz y comprensivo, Casián Casiano no se indignó por eso y, granadino como Pancho, acordándose de un colega rival en el negocio, pensó desquitarse de la jugada que le había propinado Pancho.
—Ve —le pidió— andate a “La Campaña” y le hacés allí al dueño el mismo sainete.
—¿Y para qué? —le arguyó Pancho—, si él fue él que me mandó para donde vos.

La directora y el hijo del alcalde
Para mantener y mejorar el establecimiento, la directora del principal centro escolar de la ciudad requería de una permanente ayuda económica del municipio. Por eso concibió que la más fina manera de rendirle pleitesía al alcalde era solicitar que su hijo único y queridísimo, Juancito, interpretase al Niño Jesús en la pastorela que anualmente organizaba con motivo de las festividades navideñas.

Cinco diciembres representó Juancito, plácida y gozosamente el papel, sin importarle a nadie su claro defecto en una de sus piernas —víctima de la poliomielitis— que compensaba con su cuerpo todo blancote y hermoso.
Pero el sexto diciembre, el alcalde fue cesanteado del cargo, lo que no impidió a su señora enviar a Juancito —disfrazado de Niño Dios— para continuar representando el consabido papel. De ahí que la directora, al verlo entrando al colegio conducido de la mano por una empleada, preguntó:
—¿Qué viene hacer aquí Juancito?
—Su mamá lo manda como todos los años para que salga de Niño Dios.

Y la directora, ante los demás compañeritos de Juancito —quien no olvidaría jamás esa respuesta— exclamó:
—¿Dónde han visto ustedes a un Niño Dios renco?