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Dicen que el tiempo no existe. Y a veces la distancia desaparece. Sería por eso que un día de estos, desde mi todavía posada en Managua, vi a Sandino caminando por las aceras de San Rafael del Norte.

“Un indito chiquito, bien vestido”, con botas y chaqueta, que inclinaba la cabeza para que el viento no le quitara el sombrero. Y luego bajaba al pueblo por un cerrito. Lo seguía un surco de hombres. Se sentía un olor a pinos y a guayabas. Yo andaba como perdida. Me encontré con un pueblo fuera de lo común, con una actividad tal, que hacía de la ciudad un centro cultural.

¿Es que ya reconstruyeron el Museo de Sandino? ¿No sería mejor una escuela? Bueno, un museo sobre el General de Hombres Libres podría constituirse en una escuela. Porque el que visite mañana, no solo exhibe fotos, recortes de periódicos y unas cuantas cosas.

Aunque eso ya es bastante, también hay pinturas de lugares testigos de la lucha. Y se escuchan canciones: si Adelita se fuera con otro… Es el disco de Carlos Mejía. Además, sonaba el tecleteo de los telégrafos. Pude ver un video del cerro El Chipote y un avión gringo que bombardeaba la ciudad de Ocotal. Desde el balcón observé cómo Sandino subía la Loma de Tiscapa. En ese momento una bandada de palomas blancas me tapó la vista. Y la laguna se puso roja.

“¡Qué se rinda tu madre!” Era el muchacho de Estelí que participaba en un festival de poesía. “No quiero que vuelva la sangre a empapar el pan, los frijoles, la música”, decía una voz pausada que venía desde los Andes. Había un montón de poetas jóvenes y viejos; nicas y de todos lados. Muchas mujeres. Dicen que llegaron hasta los que se han reencarnado. Puede ser, porque como les dije, el tiempo no existe y yo no los conozco. Igual pasó con la inauguración de los murales.

La casa museo era un hervidero de gente: talleres de teatro, pintura, de mazurcas, visitas, seminarios de historia; computadoras que, como los telégrafos, se comunicaban con el mundo. Había una biblioteca a la que entraban y entraban sin parar. Inclusive, estuve hojeando un libro de cooperativismo. Y admiré un gran afiche sobre los derechos de la mujer.

En el patio, Sandino daba orientaciones para esculpir una estatua de mármol: “con rasgos de belleza varonil y altiva”. Es la estatua de Rufo Marín, le oí decir a Carlos Fonseca. Al fondo, que es dos pisos, hay un taller del que salen sombreros, muñecos de zacate, muñecas de ojos claros. ¡Pero qué fina artesanía!

Y de repente, un viejo alcalde de mi niñez decía: “yo no soy sandinista, esos bandoleros que hagan lo que quieran. Yo no me opongo, porque al fin le ayudan al pueblo. Y si quieren reconstruir el Museo y revivir a Sandino, que lo hagan, así se van a quitar el frío buscando qué hacer. Y a lo mejor hasta generan unos cuantos empleos, que tanta falta hacen”.

Luego me fui a la plaza del pueblo. Pero no había plaza. Me sentí confundida. Cerré los ojos, vi para todos lados, di mil vueltas. Los abrí y vi el parque. ¡Me encontré con tanta gente! Llegaron atraídos por el nuevo museo. Lidia, una compañera de primaria, me dijo: ya viste, se derrumbó, pero ahora es mejor. Es que el gobierno y la gente apoyan. Fijáte que todo ha cambiado, los caseríos no son los mismos.

Entonces, queremos tener escritos, grabaciones, fotos, pinturas, y todo lo que se pueda. Necesitamos hacer investigaciones. Y una recopilación de coplas porque es cierto que se han publicado algunas, pero hay varias versiones. Y grabar lo que cuentan los viejitos. Si vieras cuántas historias todavía no se conocen, me dijo. Queremos difundirlas, en obras de teatro, documentales, murales. Es todo un desafío.

Aurora, una amiga profesora universitaria, con la autoridad que le da su experiencia afirma: es el mejor museo de Centroamérica. Estoy impresionada. Es una escuela de historia, artes, humanidades. Enseña desde la realidad actual y el pasado que vive. Un lugar perfecto para interpretar los hechos, la necesidad de la paz, la importancia de la libertad y la autodeterminación, desde todos los ámbitos. Además, es un muy bonito. Regresaré con los estudiantes.

 Sí, le respondí antes de retirarme (porque el frío del anochecer me cerraba la nariz mientras en Managua las gotas de sudor me interrumpían el hilo del sueño). Sí, repetí. Este museo es único. Y con él, San Rafael del Norte, que desde diferentes ángulos tiene mucha energía, será una “Ciudad Luz” en la “Patria Luz” de Sandino.

Mientras sonaban unos disparos lejanos, en la Asamblea Nacional los diputados engavetaban la Ley que protegería a las mujeres. Y un poco nerviosos decidieron renunciar a sus salarios y a sus extras, para apoyar la construcción del museo. Algunos mocionaron que quedara escrito que solo era por un mes. No importa, algún día será de día, y seremos mayoría parlamentaria, comentamos antes de despedirnos.

¡Ah! ¡Esperen! Es que se me olvidó contarles algo desde el comienzo. Pero si el tiempo no existe, no importa el orden. Ahora se los digo: en mi viaje sin tiempo ni preocupaciones también pude escuchar a un sabio profesor (que descansa en paz bajo un ciprés). Es una anécdota que me dejó helada, y no por el frío. No les digo su nombre, porque quién sabe si le guste que lo mencione; pero que conste, no era sandinista. O más bien, no militaba en el partido. Escuchen bien lo que me contó: “…y cuando unos de sus soldados violaron a dos mujeres del pueblo, en cuanto él lo supo, los mandó a fusilar. ¡Aaah… es que Sandino era chiquito, pero muy estricto!”