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Hoy salí a la calle y ya no estaba la cucaracha en medio de la calle. Su sombra sobre el  pavimento parecía pedir socorro ayer, cuando descubrí sus restos. Para mí fue el  aviso  de un descuido. Un  paso en falso que terminó en la muerte. Una cucaracha es ágil,  pensé, pero esta llamaba la atención por su pálida silueta. ¿Qué habrá pasado al tocarla con sus ojos la noche? Prefiero equivocarme, pero la cucaracha no se alimentaba de  tristeza. Tenía un abrigo de poesía. Vivía con desvelos y  a ripios, su destino muy conocido en cualquier cloaca.

La ironía a veces nos congela el corazón. Nos desnuda el insomnio, y nos pone a contar  historias cursis, pero no es el tiempo quien protesta. Un hombre desprevenido en el  autobús, me señala el ridículo, porque ha escuchado mi diálogo con el silencio, y yo creo, que es el mundo amarillo, el que se traga este día los insultos. La suerte también se equivoca,  alcanza a decir el cronista,  con su rostro tatuado de equivocaciones.

Equivocarme para mí, no es nada imprudente. Es casi un acto necesario. Durante mi  vida me ha permitido someter el descontento a la difícil pausa de una tormenta. En este  ejercicio me he roto los puños, he perdido llaves, alterado emociones, he clavado  dolores ajenos, y demolido la rutina para que no caiga el corazón del poeta.

Es más, me gusta equivocarme y no me avergüenzo. Me equivoqué con mi padre.

Creí en amigos rotundos. Me acosté con la rosa extraviada y prendí fuego a su primavera. Rompí papeles de felicidad. Entregué huellas para que la lluvia durmiera  tranquila. Y sin ser un secreto le declaré mi amor a mis propios fracasos.

Una tarde de invierno, dije que al día siguiente no volverían las golondrinas tristes a las  manos de ella, y el bosque enojado golpeó mi pensamiento.  Entonces, señalé a un niño inocente para que volviera a la antigua casa del amor derramado.  
Muchas veces, he sido ignorante al equivocarme con una mirada tibia. Al conocer sus  ojos, y quedarme a la orilla de la puerta con una carta de lugares sedientos. Con los  recuerdos he amasado sus olores, y dormido en sus aguas de incertidumbre. Una voz  desconfiada deja caer las equivocaciones de mis sueños.

También se afana en mofarse del tiempo arruinado por la nostalgia.

Quien ha corrido largo equivocándose, sabe del mal sabor de boca de la boca del  prójimo. No es tan fácil contar estrellas descarriladas, cuando se tiene fe en la vida.  Equivocarse es rectificar, entrar en contradicción con el necio que se cree el non plus  ultra  del pensamiento. Ese que a los cuatro vientos es tan débil como una hoja ciega.

 En la búsqueda incesante he pensado que equivocarse es también una manera de  contradecirnos, de salirnos de la áspera cáscara de las aflicciones, para  ponernos en  puntillas frente a la inmensa rueda de la reflexión.  

Una mañana de temor a la duda, me di cuenta que al equivocarme se desprendió de mí,  el inmenso pájaro del No que cargaba en mi cuerpo. Esos nos, de todos los tamaños y   de todos los rumores, que me hicieron mucho daño, y  destruyeron toda clase de patrimonios, arrancándome la alegría, y confundiéndome entre rencores, y creando  la  vida con  fecha límite.

El recuerdo de una gran equivocación afloja la luz de una mirada. Casi como el  recuerdo de un gran amor perdido. Y siempre con la pregunta mordida por los dientes: ¿A quién perdí? ¿Cómo fue posible, que en ese momento, solo estuviera a mi lado mi propia sombra, después de tantos de arder en el detalle del amor?

Equivocarme es repetirme. Tender otro anzuelo a la impericia. Cavar una tumba de  pretextos para que el alba no me condene impunemente. Que, en la plaza del parque no  me cambie el mundo con una guitarra de promesas y puertas.

Y otra vez, equivocarme sin lastimarme las rodillas, ni quedar sin voz ante el derrumbe  de lo humano. El amor no amado. La piel con el rostro marchito y burlado por la  traición. Y siempre, en la distancia como un ángel equivocado.
Yo me he perdido muchas veces, lanzándome al ruedo para detener mentiras entre  equivocaciones y explicaciones. Mentiras, que han

evitado, el renacer de una manzana escogida en el paisaje de un beso.

Todo el tiempo corriendo con el corazón abierto, tal vez, detrás de una palabra que conmueva a un muro. En busca del matriz que produce una equivocación. Con el caos  en la espalda y la mirada del cazador rumiando. Pero la prisa igual se equivoca. No duerme el pájaro en su cueva, si el horizonte  vislumbra que habrá más muertos en el mundo. Que, en esta noche buena, se descalce la  hipocresía y se rompa en mil pedazos, su traje de luces.

Lo cierto es, que equivocarse es prenderle fuego al amor libre. A su enojo puritano. A la  contemplación del caos,  sin encrucijada ni competencia. Con los poros más ágiles, que  la noche. Y el cuerpo tendido de pupila afilada y rodando hambriento por toda la  sangre. Como el ayer, que se equivocó con un trozo de cielo en la penumbra y no se  cansó.