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Parte segunda

Otro de los nueve, Humberto Ortega Saavedra, que se define a sí mismo como el estratega militar de la insurrección, llena un inmenso volumen con anécdotas insignificantes en el orden militar y político, que le sirven –a él- para satisfacer su megalomanía. La psicosis de grandeza le induce a presentar banalidades en el epílogo del libro (“Epopeya de la insurrección sandinista”),  que serían sus tesis reaccionarias, algo que él, con ingenuidad, llama centrismo:
“El centrismo como un eje de acción y conducta es un término que pienso podría ayudar a las distintas fuerzas de izquierda y derecha, para manejar mejor las contradicciones existentes en nuestra sociedad, incluyendo las antagónicas, como un medio civilizado para consensos y acuerdos políticos, en el marco del Estado de derecho. El centrismo que aliente al capital y a las fuerzas sociales a producir en armonía las riquezas.”.
El centrismo –desde la óptica marxista- es una corriente política, histórica, inestable, cuando las distintas capas de las masas rompen con su dirección reformista y, según las circunstancias, oscilan, por falta de consciencia, entre el reformismo y el comunismo, en un vaivén, coyunturalmente progresivo, que se expresa racionalmente bajo el concepto de autonomía de las masas respecto a los partidos políticos. En este caso, el centrismo al que hace referencia HOS es sólo una pueril y vulgar definición geométrica, donde concurriría la conciliación de explotadores y explotados, para producir “en armonía” las riquezas. Es el ideal de un oportunista, que ignora las contradicciones de la realidad social de producción. Efectivamente, sin idea alguna de la historia, escribe:
“La paz, en Sapoá, es un proceso irreversible y la más grande conquista histórica de nuestra nación. Las tesis extremas de la lucha de clases fueron deshechas por la realidad”.
La paz de Sapoá puso fin al período de crisis revolucionaria, que se había abierto con la destrucción del régimen somocista. La paz, con la cual los norteamericanos sellan la prohibición de cualquier ayuda a los salvadoreños, y preparan las condiciones para la salida de los sandinistas del gobierno, para este “estratega militar” se convierte en un fin en sí mismo: “la más grande conquista histórica”. A pesar que, con ella, se inicia el proceso neoliberal en el gobierno. Ni siquiera imagina por qué se lucha políticamente a lo largo y ancho del mundo y, en Nicaragua, por qué –en su fuero interno- cayeron 50 mil jóvenes arrastrados físicamente por él (en una cacería que los enrolaba a la fuerza) al Servicio Militar Patriótico.
La realidad que él percibe, de conciliación oportunista, niega la lucha de clases, en una etapa en que las contradicciones se agravan, incluso, en las metrópolis del sistema capitalista, al borde de la bancarrota y de falta de pagos ante la crisis financiera de repercusiones globales, que echa a pique, en primera instancia, la unidad artificial de las naciones de la zona del Euro (con niveles de desempleo insostenibles). De esta forma, este burócrata reaccionario, se opone, con abstracciones de la realidad, a la lucha de liberación de los asalariados, para reorganizar la sociedad con la planificación de la economía.
Al fin, HOS concluye:
“La epopeya de la insurrección sandinista nos llevó a una Nicaragua mejor que ayer”.
Esta afirmación se centra en los infames beneficios y mejoras personales obtenidos por la burocracia con la “piñata”, y parece no percatarse del peso que representa sobre el resto de la sociedad los 50 mil jóvenes muertos en la guerra, y del efecto de la escases de alimentos, y de los niveles de miseria alcanzados por la población con la hiperinflación más alta de la historia, de 14,316 %, al imprimir billetes la burocracia de los nueve “comandantes” para sostener los gastos de la guerra. En 1991, un Córdoba se cambiaba por 50,000,000,000 Córdobas de 1988. La productividad de “la Nicaragua mejor que ayer”, retrocedió cuarenta años, luego de la década de los ochenta.
El burocratismo, como sistema, ha sido el peor enemigo del desarrollo técnico y cultural del país. Por ello, en más de un sentido, los dirigentes del sandinismo, enriquecidos en el poder, han resultado, históricamente, más reaccionarios que el somocismo.
En el texto “la revolución roja y negra”, Orlando Núñez, el divulgador más desvergonzado de la falta de principios de la política burocrática sandinista, escribe:
“Anteriormente, la estrategia de la izquierda era bastante transparente: lucha armada, toma del poder por una vanguardia, confiscación y sustitución de la burguesía por una burocracia estatal que gobernaba en función de la distribución de la riqueza nacional”.
De modo, que la revolución de 1979, vista en perspectiva por Núñez, la resume como la sustitución del gobierno de la burguesía por el gobierno de una burocracia estatal. Evidentemente, la burocracia no genera un nuevo sistema de producción. No es más que una capa social parasitaria, que explota a los trabajadores por partida doble. Precisamente, Núñez, aunque no alcanza a ver la incapacidad de incrementar la productividad de la economía, descarta la validez de la experiencia confiscatoria de 1979, y agrega:
“Hoy en día, mientras tanto, el Frente Sandinista, al igual que otros movimientos latinoamericanos de izquierda en el poder, protagoniza una gran paradoja (!), como es la de estar en el gobierno, pero en oposición al sistema (!). O dicho de otra manera, gobernar un Estado preñado de instituciones heredadas del viejo régimen, administrar una economía capitalista y gestionar una sociedad imbuida de valores neoliberales y con cultura académicamente muy precaria. Querer realizar las transformaciones en el marco de la democracia occidental y en un contexto de mercado se hace enormemente complejo”.
En este caso, no se trata del clásico social reformismo, ya que la burocracia sandinista en el gobierno burgués, no es parte de la aristocracia obrera. La burocracia orteguista pretende, como un mesías, estar encima de las clases sociales, con absoluta independencia. El cinismo de Núñez es manifiesto cuando se percata que la pretensión subjetiva de la burocracia de realizar, por capricho, transformaciones al sistema de producción es de naturaleza paradójica. En otras palabras, reconoce que su propuesta conlleva una contradicción lógica, que infringe el sentido común.
En realidad, la burocracia independiente desarrolla, esta vez, una dictadura, que no se basa en la estatización de la propiedad de los medios de producción. De modo, que no tiene, siquiera, un elemento progresivo relativo. Es la expresión de un régimen explotador capitalista, que se alza sobre la clase oprimida, incapaz de desarrollar las fuerzas productivas a un nuevo nivel, ya que, en esta etapa, carece de la apropiación estatal de los medios materiales productivos para sustentar la planificación de la economía.
La burocracia tampoco es capaz de construir un nuevo sistema económico peculiar, he allí la paradoja. Ella no es más que un parásito que crece en un Estado capitalista subdesarrollado y atrasado, que degenera a la sociedad y la hace inestable, sobre la base de la corrupción y del poder discrecional que rompe con la institucionalidad. Son los aspectos totalitarios los que le asemejan formalmente al estalinismo y, para desvergonzados como Núñez, los que le dan un falso halo superficial de pretensión anticapitalista. En realidad, esta burocracia, como oligarquía estatal, sucumbe a la presión de la burguesía nacional e internacional, convirtiéndose ella misma en propietaria de capital, que compite deslealmente, y a pesar de la mala administración de sus empresas, las hace rentables con transferencias estatales, en la confusión familia-Estado-partido.
Nicaragua, a partir del primer gobierno de la burocracia sandinista, representa el peor caso de pérdida de productividad en América Latina. La matriz productiva actual, en 2011, se parece a la que tenía Nicaragua a comienzos del siglo pasado. El sector servicios absorbe más del 70 % de los recursos productivos. Nicaragua, incluso, luego de cinco años de gobierno de esta burocracia, aún es el país más ineficiente de la Región Centroamericana, con el índice más bajo de Producto Interno Bruto por trabajador.
De manera, que más que querer realizar las transformaciones en el marco de la democracia occidental y en un contexto de mercado (como dice Núñez), la burocracia orteguista lleva el país a una mayor desigualdad y miseria, y a que la población levante nuevamente como consigna central, la lucha contra la dictadura (convertida en acción de masas durante los años 1978 y 1979), con todas las consecuencias que ello implica (antes que la burocracia logre consolidarse como dinastía militar).