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En mi infancia solía sentarme en el porche de mi casa, algunas veces sola, otras veces con mi hermano, y generalmente pasaba por la calle de la casa alguien a quien mi madre calificaba de cochón. Recuerdo que pasaba pidiendo un peso, hacía algún chiste en el que se terminaba burlando de sí mismo, y continuaba su camino sobre unos tacones de punta, color dorado.

Cuando ya se había ido, y en diferentes ocasiones, mi madre expresó ellos son felices así como son, son alegres. Tiempo después, cuando crecí y me hice de amistades ella gustaba de señalar, ese se ve raro, ese debe tener mañas, o hablaba a mis espaldas de mis amistades, de aquellas que se veían sospechosas desde su óptica.

No tardé mucho tiempo al finalizar mi infancia para darme cuenta de que existen los dobles discursos, uno de ellos es aquel que cuida no decir nada incorrecto (que significa lo que realmente la gente piensa); y otro en el que se destapa todo y se conoce realmente la mirada de la persona.

En las familias, y en los diferentes espacios de socialización, existen dobles discursos, sobre todo, de aquellos temas o situaciones que son vistas y entendidas como tabú, raras, sospechosas, o que afectan al rayado moralismo que aún convive con esos intentos de respetar a los y las demás en la realidad presente.

El tema de la homosexualidad, la realidad, la vida y la experiencia homosexual es, desde este doble discurso, tratado desde un método que llamaré hipocresía selectiva, la cual, en ciertos espacios, no se permite hablar mal de quienes optan y viven estas realidades, pero en otros espacios, sobre todo los más privados, como lo serían la casa. Es así que dentro de la familia se devela todo el racimo de definiciones cargadas de lo que procederé a llamar por asunto de sobriedad, desconocimiento.

Los significados y concepciones asociadas a la homosexualidad son construcciones culturales e históricas que atraviesan procesos dinámicos, pero que residen y se alimentan desde las estructuras de pensamiento, de creencias y de valoraciones, que los grupos y las sociedades humanas configuran y validan a lo largo del tiempo.

Cosas de cosas, argumentos de argumentos, expresan las personas en relación a la “supuesta tolerancia” que posee y practican hacia personas de otras opciones sexuales y de vida. En una ocasión, durante una clase de inglés en la UCA, se estaba discutiendo el tema de la adopción por parejas homosexuales. Muchos estaban en contra, ya sea que lo manifestaran compartiendo su opinión o por los gestos en sus rostros de desaprobación ante la posibilidad de que  algo así ocurriera.

Al mencionar el enfoque de derechos humanos, a establecer una familiar, sin discriminación, sin limitaciones, una de las participantes de la discusión manifestó: Yo no estoy en contra de ellos ni nada por el estilo, pero que  no se besen en el parque o en lugares públicos, porque hay niños pequeños.

Opinión fácil de contra-argumentar.

¿Quién te prohíbe a vos besarte y manosearte con tu novio, con tu pareja? Nadie. Derechos para unos y prohibiciones para otros. El asunto es este: que se percibe al homosexual, lo homosexual, como lo que está mal, por ser diferente, lo que aunque no se conoce ni se entiende se juzga, porque lo dice la biblia, porque el Dios que enseñan en las familias y en las iglesias, dice que ser homosexual es pecado, pero que al mismo tiempo mandata amar al prójimo como a uno mismo. En fin, es de entender que siguiendo con la lógica de ser hechos a imagen y semejanza de un Dios, entonces muchos hereden ese doble discurso que el padre enseña.

El doble discurso lo que hace desde la familia, desde el sistema educativo formal y muchos otros espacios, es confundir, perjudicar la reflexión positiva sobre la realidad, limita el reconocer a las personas como sujetas de derecho, sin distinción; carcome la posibilidad de diálogo, y es una estrategias nociva, sobre todo, en la cuestión de la construcción de hábito y personalidad en las nuevas generaciones.

Llegar a conocer al otro no pasa por el prejuicio, por las concepciones generalizadoras, por el rechazo y el juicio, conocer al otro, que es lo que en parte falta para mejorar como sociedad, como humanidad. Es acercarse, dialogar, no creerse superior a, reconocer desde las libertades propias las libertades del otro, desde el ejercicio de derechos propio el derecho a ese ejercicio en los otros. No se trata de que unos cuantos  acaparen los derechos y libertades; se trata de descentralizar y democratizar los derechos y las libertades, la satisfacción de la vida, pues, al final de cuentas, la felicidad por más compleja y dinámica que sea.

El reconocimiento del otro es más importante que todo ese discurso de la tolerancia y los elementos hipócritas que contiene y que encierra. Desde el significado formal de esta palabra, pareciera que lo que más se practica cuando se habla de tolerar es sufrir o soportar a alguien o algo, lo cual no aporta a este reconocimiento necesario.

Aun cuando otras definiciones del verbo tolerar contienen admitir y respetar ideas, opiniones, acciones diferentes de las propias, son más las definiciones referidas a aguantar algo, una situación, a una persona, o en el caso analizado, identidades y grupos humanos.

Desde el contenido de tolerar, resaltan más elementos referidos a permitir, consentir como si unos superiores cedieran permiso a otros inferiores, así como resistir favorablemente,  lo cual hace alusión a la hipocresía que ya mencionaba.

En el tema del reconocimiento de las múltiples identidades, de la flexibilidad y elasticidad con que las personalidades y las vidas se construyen y se redefinen, el tolerar no aporta. El doble discurso confunde y distorsiona, y la hipocresía carcome la posibilidad de un diálogo, un encuentro de miradas y de vivencias y un estar cerca para construir una sociedad más sana, para todos, sin importar cómo cada uno se quiera definir, sin juzgar por la decisión de con quién se va a la cama y sin construir miradas y concepciones plásticas y huecas de las personas, de sus historias y de sus realidades.

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