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Leí detenidamente lo escrito por el señor José Iñigo, en forma de interrogante: “¿Fue de izquierda la revolución de 1979?”. El insumo de ese trabajo, lo tomó de las opiniones de quienes, desde una perspectiva contraria, analizan la revolución nicaragüense. Los censurados son, Manuel Fernández, Humberto Ortega Saavedra y Orlando Núñez.  Lo que me llamó la atención, es la manera torcida y desleal que reflexiona sobre los hechos históricos del país, a partir de 1979.

El autor, critica a los que tilda de “burócratas”, “estalinistas” “desvergonzado”, ”reaccionarios”, “megalómanos” y “pequeñoburgués”. Ofendiendo la inteligencia del lector, el escritor conceptualiza de “revolucionarios” a las fuerzas de la contrarrevolución. Esto comprueba que estamos frente a un ideólogo que es antagónico a la izquierda, pero que muy hábilmente maneja el concepto de masas, lucha política, lucha clases y el rol del Estado, en la solución de los conflicto políticos.

En el extenso  escrito, el señor Iñigo llega a la conclusión de que la revolución del 79 no fue de izquierda, por ende,  los dirigentes de la revolución tampoco eran de izquierda. Pese a que al articulista se le facilitó espacio más que suficiente para profundizar sobre el significado de izquierda, premeditadamente no ahonda en el tópico.

Para él izquierda es “el carácter social, proletario, del proceso revolucionario en cuestión”.

Terminantemente establece: “No es de izquierda un proceso que no es consecuente con los principios proletarios”. De acuerdo a esta tesis, para que el dirigente de izquierda sea consecuente en sus postulados debe enmarcarse en el dogmatismo. En el dogma, darle una barnizada a la lucha, es inadmisible aquello de un paso atrás y dos hacia adelante. Para ser fiel a los principios proletarios, no hay que salirse ni un ápice de la senda. Hay que inmolarse en la batalla, aunque se esté frente a un enemigo más poderoso. Para el autor, el Estado burgués, en los conflictos políticos, tiene todo el derecho para camuflarse, hacer uso de tácticas, pero sin perder su esencia de clase, pero ese privilegio de metamorfosis no lo tiene la izquierda.


Firmemente sostiene que el FSLN nunca fue un partido obrero, que los nueve comandantes de la revolución, no tenían formación de izquierda, que nunca militaron en un movimiento obrero, ni siquiera sindical, que el poder político les cayó por obra y gracia del Espíritu Santo. Tal parece que el señor Iñigo nunca vivió en Nicaragua  durante la década de los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando la dictadura somocista tenía proscritos a los partidos de izquierda. En ese entonces llamarse socialista o de izquierda significaba la muerte. Los movimientos de izquierda se forjaban en la clandestinidad, el marxismo se estudiaba en las catacumbas, como en los primeros años del cristianismo. El dirigente revolucionario de aquellos tiempos en una mano tenía el Capital de Carlos Marx, y en la otra el fusil para combatir a la dictadura. Se vende la imagen que los campesinos  en masa se fueron a la contrarrevolución, lo cual es una soberana mentira, puesto que la contrarrevolución en sus mejores tiempos  llegó  a tener 22 mil, incluyendo mujeres y niños.

Esa fuerza nunca pasó de la frontera hondureña, jamás pudieron efectuar una acción relevante. Su táctica fue guerra de movimientos. Nunca se tomaron una ciudad de importancia. La Reforma Agraria sandinista entregó 2 millones de manzanas de tierras a los campesinos pobres, lo cual desempeñó un papel preponderante para bloquear el reclutamiento forzoso de campesinos que hacía la contrarrevolución.

Se comenta  la guerra de los años ochenta, los efectos que tuvo en lo  económico y social. Se recoge los 50 mil muertos, la hiperinflación de 36,000 mil por ciento, el retroceso económico, escases de alimentos, etcétera. Pero la mente se le nubló al autor, pues no menciona para nada el bloqueo económico impuesto al pueblo de Nicaragua, por los Estados Unidos, la guerra financiada por el congreso yanqui, el escándalo Irán-contra, la sentencia condenatoria dictada por el Corte Internacional de Justicia, en la cual se condenó al imperio norteamericano a pagar una indemnización por daños y perjuicios al pueblo de  Nicaragua.

 El comentarista sufre laguna mental, cuando toca la coyuntura económica que vive el país.  Echa la culpa de todas las tribulaciones a los sandinistas, a los que sigue llamando burócratas; sin embargo, con su silencio exime de toda culpa, los 16 años de gobiernos neoliberales. Conceptualiza a este  gobierno de un régimen explotador capitalista. Esta actitud es doble moral, pues en los años ochenta, censuraban a los sandinistas de estalinistas, de estar en contra de la propiedad privada; ahora que el gobierno trabaja en armonía con el capital, lo tilda de explotador capitalista.

El concepto de revolucionario parece que no lo tiene muy claro el señor Iñigo, pues la lucha armada de la contra tenía como objetivo restaurar el viejo modelo somocista, por eso fueron correctamente definidos como contrarrevolucionarios, es decir, todo lo opuesto al cambio y a la transformación social.

*El Autor es Abogado y Notario Público