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La historia moderna de Nicaragua está cruzada por una revolución popular que derrocó uno de los regimenes dinásticos más crueles que ha visto América Latina y el papel que jugó el Frente Sandinista de Liberación Nacional fue de extrema importancia en ese hecho histórico.

¿Qué quedó de la revolución? un ejército institucional, una policía al servicio de la población (hoy en día en proceso continuo de partidización, un país alfabetizado, la intangible percepción de que las clases populares tenían el poder de destronar a las clases hegemónicas.

Pero algo más quedó: los hijos e hijas de la revolución.

Nacidos y nacidas en los ochentas o poco antes, existe una generación de hombres y mujeres cuyos padres y madres, participaron de diferentes maneras en la revolución y/o en el conflicto armado posterior. No todos ellos y ellas recibieron de sus padres y familiares la estafeta histórica de aquellos años. En el documental del 2008 “Nuestra América” de Kristina Konrad se puede apreciar la falta de comunicación y relevo generacional entre los padres y las madres de la revolución y sus hijos e hijas, una decisión consciente de los mayores motivada aparentemente por un deseo de olvidar aquella participación extraordinaria en la historia, para poder asumir la sobrevivencia del día a día en una Nicaragua neoliberal.

Sin embargo, algunos si pudieron registrar en diferido las historias y la mística revolucionaria a través de la herencia oral de sus padres y familiares. Muchos de ellos y ellas desarrollaron entonces una lealtad política-afectiva revolucionaria hacia la memoria de sus caídos o héroes vivientes, construyendo un tótem familiar con el cual se identificaron y se identifican aún.

La extensión de esta lealtad hacia la estructura del FSLN como legado y receptáculo de la gesta heroica se dio también como un proceso natural. Hasta que llegaron las elecciones presidenciales de 1990 y se desencadenó el proceso estratégico de robo a las arcas del Estado llamado popularmente como “La Piñata”. Este parte aguas en la historia del partido, que en realidad venía anunciándose desde la corrupción progresiva de los ochentas, produjo un primer desencanto en una parte de esta generación; la posterior separación de un sector del Frente para conformar el Movimiento Renovador Sandinista a partir de las muestras profundizadas de totalitarismo y nepotismo a lo interno del partido, generó otros más.


Los hijos e hijas de la revolución también se dividieron. Algunos entraron a la apatía de los noventas, con un renovado consumo de los productos culturales norteamericanos, otros se volvieron críticos acérrimos de los vicios del FSLN y otros mantuvieron su lealtad, bajo la lógica de que criticar al partido era traicionar la memoria de sus ancestros.

Aquellos que equipararon el culto al tótem familiar con el culto al FSLN y sus cuadros de poder, dividieron la otredad en tres categorías: los compañeros, los traidores y la oposición: los que apuestan a la unidad partidaria sin cuestionar a profundidad las decisiones de la cúpula eran los compañeros; los que hacían críticas a la corrupción del partido y no reconocían la representación popular y la necesidad del continuismo de Daniel Ortega eran los traidores y la oposición cualquiera que apoyara a un candidato de la derecha.

Pero hay otros hijos e hijas de la revolución. Nacidos poco antes de la revolución o durante los ochentas en el extranjero, particularmente en Estados Unidos. Estos hombres y mujeres pertenecen a las familias que se exiliaron antes y después de la revolución. Ellos aprendieron una historia totalmente distinta a la de los hijos que se quedaron en el país.

Descendientes de funcionarios del somocismo, guardia nacional, simpatizantes, empresarios, o simplemente civiles que los protegieron del reclutamiento forzado del servicio militar. A ellos y ellas les fue trasmitido el odio a los “piricuacos”, la noción de que el gobierno de Somoza fue próspero y el sandinista caótico y asesino; conocieron de las confiscaciones y la muerte de miles de jóvenes en enfrentamientos con la resistencia.

Las elecciones nacionales del 2011 en Nicaragua nos volvieron a recordar la existencia de todos estos grupos.

Cobraron vida de manera muy evidente en las redes sociales, proyectando en sus discursos escritos las emotividades que los gobiernan y las lealtades que portan con beligerancia.

Lamentablemente, en la mayoría de los casos, abunda la intolerancia, el irrespeto y el ataque frontal, reflejo de la herencia trasmitida de generación en generación de las divisiones producidas por la revolución y el conflicto armado, que lejos de haber alcanzado la reconciliación no hace mas que permanecer latente y despertar en ciertas coyunturas.

Los hijos e hijas leales al FSLN perciben su realidad desde el afecto-político, incapaces de desarrollar una mirada crítica al partido de sus padres; consideran todo crítica un ataque a ellos mismos y se consideran en guerra permanente contra los culitos rosados o desclasados que están pagados por el gobierno yanqui para destruir la revolución.

Luego los hijos e hijas en exilio, sea que hallan vuelto o no, son incapaces de reconocer ningún logro de la revolución o bien del nuevo período de Daniel Ortega, todo se filtra a través de la historia en negativo que han recibido.

Más allá de ellos y ellas están los nietos y nietas de la revolución, que en su mayoría tienen una idea muy vaga de lo que pasó y se forman criterios a partir de los discursos políticos actuales y en el caso de una mayoría de los simpatizantes más jóvenes del FSLN, construyen su mirada desde iconos, lemas y hasta canciones sin contar con mayor contenido o profundidad ideológica.

A ver si un día nos damos cuenta que hemos heredado un conflicto, que manejamos miradas y discursos que no hemos procesado ni contrastado críticamente; que la única forma de construir un mejor presente es debatir con altura, con propuestas, construir consenso y saber que es más lo que nos une que lo que nos separa.

Equipo de Política Mente Incorrecto
http://pmincorrecto.blogspot.com