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- ¿Por qué nos empeñamos en competir? ¿Por qué nos inculcan eso desde que nacemos,  si nadie es más ni menos que nadie? - comentó el príncipe médico de largos dedos y  manos hechas para otros menesteres.

- Bueno, - intervino Sergei -, todos somos iguales pero unos más iguales que otros,  ¿verdad maestro?

- ¿Tú qué crees, Sergei, amigo, qué es mejor ser listo o pasar por idiota?

- Hombre, maestro, alma noble en dónde las haya, yo creo que es mejor que te respeten  por sabio y por inteligente.

- Pues escucha esto que le sucedió al Mulá. Solía este colocarse, junto a su asno, en la  plaza del pueblo esperando que la gente repitiese el juego de cada día. Le ponían dos  monedas en el suelo mientras le animaban a elegir una. El Mulá se paraba como si  reflexionase ante el alborozo expectante del público y, con un destello en los ojos,  elegía siempre la moneda pequeña.

- ¡Pues sí que era listo el Mulá!, - comentó con suficiencia la liebre siberiana -, sí que era listo.

- Cuando entendía que ya tenía lo suficiente - prosiguió el Maestro-, se arreglaba su  formidable turbante de Mulá y, aparejado su asno, se dirigía a jugar con sus amigos en  la Casa de té.

- ¡Tenía sus vicios!, eh maestro, y no se los criticas y a mí me pones a caldo cuando practico la misericordia de visitar a los enfermos.

- A las viudas, Sergei, sobre todo a las viudas que te agasajan. Pero déjame proseguir la  historia. Un día, le dijo al Mulá un compasivo rabino: “Pero, hombre, Mulá, ¿por qué no  escoges las monedas grandes? “¿Para qué?”, respondió sonriente el Mulá. “Pues así  tendrías muchas, no tendrías que trabajar, pasarías más tiempo en la Casa de té y harías  lo que te diera la gana”. “Si hiciera eso, nadie me tendría por bobo y ya no me echarían monedas para reírse cada tarde en la plaza después de comprobar que era más idiota que  ellos. Así, ilustre rabino, puedo seguir haciendo lo que me da la gana. ¡Cuidando mi  bobería para que me dure más, como toda enfermedad bien cuidada!”.

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