•  |
  •  |

¿En algún caso médico debemos consultar a la religión respecto al tratamiento a seguir? Evidentemente, que la medicina debe actuar en cada caso que concierne a la salud, de acuerdo a la mejor práctica médica. Y la ética, en este caso, debe estar en armonía con la mejor decisión para la salud, basada en probabilidades médicas. Pero, en un pacto de oportunismo político criminal entre el poder y las iglesias, se ha dispuesto en Nicaragua con una simple reforma del Código Penal, que ante un embarazo ectópico (en que el cigoto se implanta en un punto medio entre los ovarios y el útero, en el 98 % de los casos en las Trompas de Falopio), la medicina deba, peor aún que consultar a la religión, permanecer expectante mientras la mujer fallece.

Es una liturgia carente de piedad y de ética, que ata las manos de la ciencia con la estola cristiana, con la que se enjugaban el rostro las personas limpias en la iglesia primitiva (hasta que fue prohibido endosarla a los monjes inferiores, en el siglo VIII, haciendo de ella un símbolo de poderes sagrados reservados a los pastores de mayor rango).

En nuestros días, al ponerse la estola, el clérigo musita lastimeros quejidos, llenos de contradicciones lógicas sobre la vida humana, y pide para sí aun en el terreno espiritual privilegios y favores inmerecidos. Es una costumbre que arrastra desde el medievo las cadenas ideológicas de la corrupción individual. El clérigo intenta un soborno divino:

“Devuélveme Señor la túnica de la inmortalidad que perdí por el pecado de los primeros padres, y, aunque me acerco a tus sagrados misterios indignamente, haz que merezca no obstante el gozo eterno”.

Normalmente el 2% de los embarazos son ectópicos. La estadística de muerte por embarazos ectópicos ha disminuido –en el resto del mundo- a menos del 0.1%, gracias al diagnóstico temprano (con la ecografía transvaginal) y a la extracción oportuna del embrión, que para la ciencia médica no es viable y que compromete la vida de la madre, antes que este rompa las Trompas de Falopio (que no están diseñadas para alojar un embrión en crecimiento), y antes que se produzca una hemorragia interna masiva severa.

La práctica médica realiza esta acción profiláctica tempranamente para salvarle la vida a la madre, a más tardar en la octava semana del embarazo. Se le practica una laparoscopia con una pequeña incisión cerca del ombligo, preservando, a su vez, las Trompas de Falopio o reparándolas con técnicas de microcirugía, si es el caso, con el fin de salvaguardar la fertilidad de la mujer afectada por este tipo de embarazo.

Por nuestro atraso tecnológico, antes de 2006 cuando aún se atendían médicamente los embarazos ectópicos en el sistema de salud, el índice de mortalidad era del 3% (30 veces más que en los Estados Unidos). Hoy, el Código Penal de Nicaragua establece que hay que dejar que el embarazo ectópico siga su curso y que se produzca el desenlace fatal.

Al quinto día de la fecundación, el óvulo, en caso de embarazo ectópico, no desciende por el istmo –como debe ser- hasta el útero, sino, que permanece en la Trompa de Falopio. El embrión mide, entonces, 0.2 milímetros. A la octava semana mide 1 centímetro, pero, en el curso de esa semana crece hasta medir 6 centímetros y pesa 9 gramos.

El conducto de la Trompa de Falopio (ostium tubárico) tiene, apenas, un diámetro de 2 a 4 milímetros. El embrión en crecimiento, en esa semana decisiva, si el médico no interviene… hará estallar la Trompa de Falopio con una hemorragia masiva intra-abdominal (que es la causa principal de muerte materna).

Si, al menos, cada clérigo o pastor evangélico sintiera el peso sobre su conciencia –no de la túnica inmortal, que indignamente pide le devuelvan inmerecidamente- sino, de la muerte de cada mujer que sin atención médica fallece en abandono por su intervención ignorante en las leyes de la República cuando la ciencia recomienda un aborto terapéutico, no esperaría, entonces, con cinismo, el gozo eterno ni haría mención al pecado de sus primeros padres, sino, que clamaría el castigo merecido a la propia culpa, por cada crimen cometido a causa de la omisión médica exigida penalmente a la sociedad.

Cada diputado, empeñado por acción u omisión, no solo en el proyecto de reforma sino en la aprobación de la reforma al artículo 165 del Código Penal  en noviembre de 2006, deberá cargar con su cuota de culpa ante la promulgación de una ley evidentemente retrógrada, que viola la Constitución de la República, y que no solo elimina una conquista alcanzada 130 años atrás, sino, que produce efectos criminales directamente, al prohibir la atención médica oportuna en el sistema de Salud a las mujeres pobres de este país con un embarazo ectópico (cuyo desarrollo concluye con la muerte).

¿Pero, quién ha permitido a las iglesias intervenir con sus ideas dogmáticas no solo en el ejercicio médico, sino, en los asuntos del Estado? ¿Qué fuerza reaccionaria suprime el carácter laico del Estado, y lleva a la religión a presidir y a marcar el rumbo del país?

Solo la cobardía ha podido permitir que se proclame, sin vergüenza, la falta de principios científicos al frente de la nación. Solo la falta de conciencia ciudadana tolera que se retroceda ciento treinta años ante una conquista humana. Esta generación de ciudadanos, quizás por su extrema pobreza ha sido marcada por la degradación cultural de una mente retrógrada que penaliza el aborto terapéutico.

“Es la consciencia, la que nos hace cobardes. Nosotros ¿cuántos somos?”: diría Hamlet, al ponderar el número de quienes se disponen a tomar acción frente al crimen.

Desde la independencia, a principios del siglo XIX, nadie en sus cabales había osado proclamar por decreto que Nicaragua fuese cristiana. La ignorancia civil y un falso fanatismo religioso en el poder, intentan ahora destruir el más pequeño avance en el concepto de nación de los últimos 190 años. La confusión del Estado con el partido va en la misma dirección. Más que formar las bases conceptuales de una dictadura de tipo fascista, esta ignorancia vulgar es  ideológicamente una involución antropológica del Estadio de nación. Un empequeñecimiento perverso del país, constreñido al rol de una secta presidida sacerdotalmente como una tribu preestatal unida por un folklore referido a un personaje mítico.