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Los espacios educativos son reflejos y representaciones de las dinámicas y realidades que en lo cotidiano y en los  diferentes contextos se desarrollan, desde los procesos culturales, sociales y políticos.

Dentro de todo este entramado la educación entendida desde sus diferentes prácticas debe ser vista como un campo que en principio da continuidad a un sistema ideológico,  que puede ser un lugar en que se construya ideas y diálogos, y también un lugar que límite estos dos.

La educación superior, se supone, se encarga de la formación de los futuros profesionales, los cuales deberían responder a las necesidades sociales de un país, de una sociedad y que deberían aportar a los procesos que marquen pautas y condiciones para esos cambios que permiten avances en todos los niveles.

El asunto es que la educación es un arma para quienes ostentan el poder, ese valioso tesoro que muchos no quieren soltar una vez que lo obtienen, por lo tanto, la educación desde que existe como institución social, pasa a ser un instrumento ideológico capaz de formar y configurar las identidades a beneficio de los sistemas dominantes de cada época, de una forma hegemónica de pensar y una manera normada de actuar. Contrario a lo que la educación liberadora de Freire y otras pedagogías de facilitación de procesos plantean.

En el caso de la educación superior, esos profesionales son formados desde una ideología social, política y económica, muchas veces en contradicción con las necesidades sociales de un país.  Este supuesto de la educación superior como el espacio de formación de esos nuevos agentes de aporte social es un tema pendiente, una asignatura reprobada y un discurso hueco.

En muchas de las aulas de clases de las diferentes universidades del país a diario se gestan hábitos, situaciones y se llevan a cabo acciones que atentan contra procesos tan necesarios para la formación de los y las estudiantes como actores/as sociales que aporten a los cambios de  país como lo son: el diálogo, la discusión constructiva, el pensamiento crítico sin temor, las iniciativas personales y colectivas, las propuestas de cambio, los procesos de autonomía, estos son elementos que constantemente dentro de los espacios educativos en las universidades son sentenciados.

La inquietud que surge es por quienes, a través de qué medios, estos procesos son amenazados, y esto es fácil de responder. A lo largo de cuatro años de ser estudiante universitaria he visto cómo la crítica hecha por los estudiantes, que son pocos pues hay que ser honestos y realistas, es utilizada luego en contra de los estudiantes que las emiten, ya sea desvalorizando los aportes o limitando las acciones que éstos propongan.

Ejemplos hay infinidades. Una estudiante redacta una carta y demanda que un docente mejore su metodología, que maneje el tema que imparte y que sea lógico y consistente en sus planteamientos; estas son demandas básicas que cualquier docente debe cumplir, pues de eso se trata la labor de la docencia, sobre todo en los temas particulares de las carreras ofertadas por las universidades, tanto públicas como privadas. ¿Cuáles son las primeras acciones que la coordinadora del departamento de la carrera a la que pertenece esa estudiante lleva a cabo?

Bueno, comentarlo con sus otros colegas, pero expresando cosas como: “Pues si ella quiere buenos profesores, que se vaya a estudiar a Harvard”, lo cual ya nos demuestra la complicidad que hay entre los docentes de los departamentos de las universidades para desestimar la crítica estudiantil. El docente cuestionado escucha las críticas, pero no trasciende a esta acción.

Otro ejemplo, mientras una clase se desarrolla y se analiza el tema de la dictadura argentina luego de haber visto una película, se le plantea a la docente que sería necesario analizar la realidad actual de Nicaragua y no sólo analizar realidades de afuera,  que aunque es debatible hablar de dictadura, sí hay evidencias de violación de derechos en nuestro país, y se mencionan tres casos: el de los muchachos del Rescate detenidos en Estelí y violentados, el montaje hacia el  grupo de Nicaragua 2.0 y el ex cachorro que se zurció la boca a manera de huelga, pues a pesar de que se emitió la orden de libertad para él, aun sigue en la cárcel.

Si el espacio educativo fuera y un lugar en principio de análisis y no de fanatismo, de reflexión y no de verdades absolutas y de diálogo y no de contraposiciones, se hubiera llevado a cabo una discusión muy positiva; pero la docente, lo que respondió, aquí sí, desde su ideología política, fue que en el lugar donde ella habitaba los sandinistas y los liberales no se habían enfrentado. Así que ella pensaba que no había problemas de ese tipo en Nicaragua. A pesar de contar con argumentos expuestos y casos específicos de lo que se pretendía analizar desde el aporte de la estudiante, de lo que el argumento y el planteamiento de la docente se sustentó, así como la participación  de una estudiante que la secundó, fue que no había caso hablar de miedo o de violación a la libertad de expresión, si no estábamos en una dictadura, como la que se vio en la película.

La estudiante que motivó el análisis solo agregó: “Yo dije que podríamos analizar indicios, no que estábamos en una dictadura”, a lo que una joven del salón de clases agregó: “Es que ni indicios veo yo, aquí no tenemos nada de eso”. Lo bueno de haber visto la película Garaje Olimpo, fue que se identificaron las limitaciones para realizar estos análisis desde los docentes y desde los estudiantes en las aulas de clase.

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