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El poder a cualquier escala corrompe. Esta frase, más que una máxima, es una ley indiscutible. Y pervierte más cuando el que se arroga potestad, se cubre con el uniforme de la corporación que jura honor, seguridad y servicio a la población. Aunque nunca me sentí más inseguro que este domingo, cuando una agente de tránsito detuvo el auto en que viajaba sin razón justa, y cuando se le protestó este punto, se inundó de una soberbia monstruosa.

El incidente ocurrió la tarde de este domingo 11 de diciembre 2011. Iba por la Carretera Norte sobre la vía oeste-este. Todo iba bien, hasta que llegamos a los semáforos de Enabás. Cuando lo íbamos pasando, cambió de verde a amarillo. Ni siquiera de amarillo a rojo. La agente, que estaba apostada en la bahía, cien metros adelante, hizo la señal de alto. Pero hasta este gesto resultó petulante.

Mientras daba el último sorbo a un refresco enlatado que sostenía en su mano izquierda, y con la cabeza hacia atrás producto de esta acción, con la mano izquierda hizo el ademán de pare. Tiró la lata al pavimento, se limpió la boca y se acercó por el lado izquierdo. Por el derecho se acercó otro policía, joven y risueño, que también bebía un refresco en lata. Yo venía en el asiento del acompañante. No me inmuté. El joven oficial, chip 16381, me miró con presunción mientras revisaba con sus ojos mis manos y el interior del vehículo. Supuse que en busca de algo ilícito.

Por la otra ventanilla la hierática oficial, cuyo chip escondía detrás de su chaleco, solo dijo:

“Documentos”. Yo ya estaba nervioso, el otro oficial no dejaba de observarme, me sentí con monos en la cara. La conductora del vehículo, una mujer obsesiva con la seguridad y con una ética de titanio, saludó a la oficial y le extendió los documentos. El otro oficial dio la vuelta y se colocó al lado derecho del carro.

-Seguro del vehículo –agregó la policía, sin volver a ver a los ojos, con esa grosería de quien se cree superior.

-Acá está –dijo la conductora.

-Usted no es profesional, pero su licencia ordinaria también debe tener seguro –añadió la oficial.

En este punto, la indiferencia se transformó en interés. Mi acompañante, administradora de una empresa nacional, sacó su cartera. Llevaba mucha plata encima. Yo la volví a ver, pero fue demasiado tarde. La oficial clavó sus ojos ofídicos.

-Mire, usted ha cometido una infracción, no es grave, pero una infracción –informó la oficial, pero con un tono melódico que parecía sugerir algo más.

-¿Y me podría decir cuál es? –inquirió la conductora.

Los oficiales se volvieron a ver. Hasta entonces miraron si llevábamos puestos los cinturones. Para su mala suerte, la obsesión de seguridad de mi acompañante no admite fisuras, a tal modo que lleva casi quincenal su vehículo al mecánico, lo lava cada tres días y tantas acciones que nadie creería.

-Se lo voy a decir. Se pasó la roja –dijo ahora.

-Disculpe, pero nosotros pasamos cuando cambió de verde a amarilla, y ya no podía detenerme. ¿Y por qué, entonces, no detuvo a los dos vehículos y al motorizado que venían detrás de nosotros?

–apeló ahora la muchacha.

El policía se retiró ahora hacia delante del vehículo. La oficial de tránsito, de piel cobriza y pelo crespo corto, acomodó el pie izquierdo en el pescante del vehículo, dejó en la calle tirados los sustantivos de la enseña de su institución,  y como si el dios de la iracundia se apoderara de sus cuerdas vocales, cuajó en el sonido de las letras la arrogancia de su equivocado universo: “Soy la autoridad”. Y con esta frase quiso destrozar todo reclamo, por justo que fuera. Pero la mujer al volante le explicó su error:

-Usted no es la autoridad… la autoridad es una figura, un concepto… usted es una agente del orden-.

La agente se encolerizó. “Le voy a dar su multa –bufó-. Apele si desea, a ver si la cambian” –agregó con una jactancia inconmensurable.

Se retiró donde estaba el otro policía y comenzó a llenar la boleta. Cuando terminó, se la pasó al oficial, y con un gesto terrible con la mano, como cuando se quiere alejar a alguien, le ordenó que nos la trajese, ella ya no deseaba acercarse. El joven oficial entregó la boleta, yo me asomé sobre la ventana para verle el número de chip. El policía se lo tomó entre manos, con todo y camisa, y casi me lo estrella en la cara. Luego se retiró donde la otra policía; le dijo algo.

Cuando arrancamos y pasamos junto a ellos, la oficial de tránsito, chip 11902, con insolencia universal, lanzó una chifleta, digna solo de los bocazas, no de una oficial que jura honor y servicio.

“Yo no le tengo miedo a nadie… ni a la…”, el viento quiebra-labios de diciembre y el sonido del motor disiparon el nombre. Mi acompañante y yo nos volvimos a ver. “Qué barbaridad”, fue lo único que atiné a decir.

Esta es la tercera vez que escribo sobre la mala actuación policial. La primera vez, fue cuando denuncié un asalto y pasé ocho horas en el Distrito Cinco sin que me tomaran declaración. La segunda, cuando llamé al 118 siete veces denunciando una agresión, y siempre me decían que ya llegaban, tuve que ir al Distrito Dos, donde me dijeron que  enseguida irían… y aún los estoy esperando.     

Esta vez sigo sin explicarme el impertinente comportamiento de los agentes, como si el hecho de ser policías los convierte, per se, en abyectos. ¿Qué pretendía esta oficial? ¿Por qué no detuvo a los otros vehículos que sí pasaron en rojo? No deseo denigrar a esta institución, solo denunciar un hecho inusual del que fui víctima de parte de miembros que juran honor, seguridad y servicio.