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En el año 2011, la ciencia perdió a uno de los hombres más valiosos en el campo de la ciencia, el Dr. Alejandro Rodríguez. Pocos conocen cómo se fraguó una idea revolucionaria de Ineter en aquel momento difícil para los que incursionábamos  en el quehacer científico. Al despuntar la década de los años 80, las autoridades universitarias estaban más preocupadas por ideologizar que por dar respuestas a las responsabilidades científico-técnicas, ya que su rol cambió radicalmente al encontrarse inmersa en formar los nuevos cuadros profesionales que darían  respuesta a las tareas de la enseñanza universitaria. La universidad había perdido sus mejores cuadros al pasar a las instancias públicas, donde había mucho por hacer.

El Dr. Rodríguez se incorporó al Ministerio de Planificación, dirigido por el Comandante Modesto. Una de sus responsabilidades era qué hacer respecto  al Instituto Geográfico, el Servicio Meteorológico y el Servicio Geológico Nacional. Los dos primeros estaban dirigidos por una cúpula militarizada, ya que administraban información sensitiva, desde el punto de vista de la seguridad nacional, aunque muchos de ellos vestían de civil.

Los mapas y el pronóstico meteorológico con fines de control aéreo era una información sensitiva que debía protegerse y con mayor razón la del catastro de la propiedad.

Si bien las instituciones a fusionar seguían con sus labores, se programaron reuniones al peso de la noche a finales del año de 1981, con el fin de conciliar posiciones y estructurar un organismo con sello propio, en el ámbito de la ciencia de la tierra. Era natural que los cuadros que tenían líneas de trabajo científico en las distintas instituciones ofrecieran resistencia, ya que perdían identidad, es decir, pasaban a una dirección del trabajo científico técnico de una institución unificada. La centralización de las instituciones tenía como objetivo inicialmente compactar el aparato administrativo y racionalizar el gasto.

Una vez que se logró concebir una idea general del desarrollo institucional de lo que sería Ineter, hubo un compás de espera de casi un año para tramitar la legalización institucional. En octubre de 1982 salió el decreto del nuevo organismo con el nombre de “Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales”, adscrito a la Secretaría de Planificación y Presupuesto. La primera estructura se concibió con un gran aparato administrativo como apoyo a tres direcciones: Dirección de Geodesia y Cartografía, Dirección de Geología y Geofísica, y  Dirección de Hidrometeorología y Edafología.

La primera gran tarea consistió en estudiar la desagregación de aquellas direcciones que concentraban el mayor peso de acuerdo con su contenido científico y de servicio, a la vez que crear unidades que permitieran pasar a una transición institucional. Durante 1983 se desagregó de la Dirección de Geodesia y Cartografía la función de servicio al público, creándose la Dirección  de Catastro como dirección independiente. A la vez, se creó el Centro de Información Territorial. Este se fundó con la pretensión de organizar y centralizar la información que serviría de base al ordenamiento territorial o planificación física. La característica principal de la primera reestructuración fue la ruptura de una gran estructura que por su actividad y peso en fuerza de trabajo, propiciaba un desequilibrio en la toma de decisiones sobre cualquier actividad en el contexto institucional.

En 1984 se organizó la Dirección de Planificación Física con tres departamentos: Ordenamiento Territorial, El Centro de Información Territorial y el Centro de Documentación y Mapoteca. Este cambio sustancial en la estructura administrativa, definió el quehacer institucional, es decir, se optó por el instrumento de planificación física como producto final, con el fin de resolver los problemas que demandaba la práctica social. El proceso de reflexión durante los tres primeros años permitió definir las macro formas (direcciones administrativas para gestión de la ciencia), no así, las unidades de la mesoforma, es decir, los núcleos de investigación. Con esa visión se trabajó hasta completar la década de los años ochenta.

A lo interno, se dio un proceso de reflexión  que sólo un académico como Alejandro Rodríguez, fue capaz de inducir, guardando el equilibrio en toda la gestión institucional. Se buscaba que los procesos de investigación cumplieran su objetivo de carácter social. El objeto no era investigar por el prurito de tener productos parciales para el consumo, sino que se orientaba al desarrollo de líneas integrales de investigación propias de las ciencias de la tierra, a saber: la representación por analogía de la superficie de la tierra (caso particular Nicaragua), al estudio de la física de la tierra, y el estudio y ordenamiento del modelo socio natural. Este sistema de gestión de la información territorial no lo tiene ningún país de América, donde por lo general prevalece el modelo tradicional de unidades burocráticas independientes, donde los gastos administrativos se multiplican.

La innovación en el período en que se dio durante los años 80 no fue coyuntural, sino válido para un país que poco invierte en ciencia y tecnología. No obstante, siempre se corre el peligro de caer en el oficio de producir información coyuntural, dado que sólo se utiliza el mapa para conocer el área donde se produce una inundación, o el pronóstico del tiempo para informarlo a la población, o la descripción de cualquier fenómeno natural para mitigar su efecto. La misión que Alejandro Rodríguez le proyectó a Ineter fue producto de una reflexión colectiva que se desarticuló a partir de los años 90. En esa década, la ilusión se perdió y muchos de los que le dimos impulso buscamos qué hacer en otros refugios de la ciencia.

Desconozco qué pasó con el retorno del Dr. Alejandro Rodríguez a su añorada  Ineter, en donde, a los treinta años de su fundación, le tocó decir adiós a este mundo, con la frente en alto, porque ante todo era un científico. El reconocimiento póstumo que se le dio debió ser antes. Esto deja entrever que en Nicaragua la ciencia importa muy poco, de ahí que son pocos los que cabalgan en contra la corriente de una política tortuosa que vive nuestro país.

*Geógrafo Investigador.

Managua, 2 de enero, 2012