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Con relación a mi artículo sobre la revolución de 1979, el señor Valentín Barahona escribe en la sección de opinión de EL NUEVO DIARIO del 2 de enero:

“Ofendiendo la inteligencia del lector, Iñigo conceptualiza de ‘revolucionarios’ a las fuerzas de la contrarrevolución”.

Esta parte de mi escrito me la perdí. ¿Podría citar, el señor Barahona, dónde emito ese concepto, como indica la buena costumbre en este caso?
También, agrega:

“El señor Iñigo llega a la conclusión de que la revolución del 79 no fue de izquierda, por ende, los dirigentes de la revolución tampoco eran de izquierda”.

Pues si yo razonase de esa forma haría muy mal, puesto que un proceso se define por la línea política que trazan sus dirigentes en el seno de las masas. Es a los dirigentes de un proceso a quienes se analiza y con quienes se debate (a menos que el proceso los desborde). Precisamente, Barahona comienza su artículo hablando de “censurados”, porque he querido desentrañar las ideas teóricas y la línea política de estos dirigentes.
Luego, Barahona sostiene confusamente:

“Para Iñigo izquierda es ‘el carácter social, proletario, del proceso revolucionario en cuestión’”.
Bueno, en este caso, el término de izquierda está referido al carácter de clase proletario que uno defiende en esta sociedad (que desea transformar), y al carácter de clase proletario de la sociedad que pretende construir. Pero, hay tres clases fundamentales en la sociedad, y su interrelación es muy variada, de modo que los métodos que le son propios a la pequeña burguesía dan lugar a movimientos que se califican de ultraizquierda, por los métodos políticos voluntaristas con que se acomete la lucha.

Yo no tendría empacho en calificar al sandinismo de los años 60 y de los años 70 como de ultraizquierda. Sin embargo, luego, con la toma del poder, en 79, la realidad política cambia, y el sandinismo se transforma en un enorme aparato burocrático, reaccionario (que lentamente sustrae toda iniciativa autónoma a las masas). Es lo usual, Lenín, después de la toma del poder, en 1918, llamaba al proletariado a estar en guardia contra el aparato del propio partido bolchevique (representado por la corriente de Stalin).

Luego, Barahona se descalifica totalmente para participar en un debate sobre la materia, con expresiones como las siguientes:

“Iñigo terminantemente establece: `No es de izquierda un proceso que no es consecuente con los principios proletarios`. De acuerdo con esta tesis, para que el dirigente de izquierda sea consecuente en sus postulados debe enmarcarse en el dogmatismo. Para ser fiel a los principios proletarios, no hay que salirse ni un ápice de la senda. El Estado burgués, en los conflictos políticos, tiene todo el derecho para camuflarse, pero ese privilegio de metamorfosis no lo tiene la izquierda”.

¿Principios proletarios y dogmatismo son iguales para Barahona? ¿Qué son los principios proletarios? ¿Con qué criterios, entonces, se podría trazar y se podría juzgar y debatir una línea política en el seno de la izquierda? Para Barahona, ¿hay que salirse de la senda, y no ser fiel a los principios? Esa senda, fuera de los principios, que Barahona invita a seguir, desde todos los ángulos se llama oportunismo.

¿Hay algún principio científico a seguir cuando se realiza una investigación? Y si no lo hubiese, ¿cómo se juzgarían, científicamente, los resultados de la misma? ¿Sabe, señor notario, qué son los principios? En todos los ámbitos del conocimiento humano existen principios que reflejan las características esenciales del sistema que se trate.

Afirma Barahona: el Estado burgués tiene derecho a camuflarse. ¿Qué, a su juicio, es lo que camufla el Estado? Un órgano represivo por excelencia, que diversifica la capacidad represiva de las instituciones al compás de la lucha de clases. Pregunta Barahona: ¿La izquierda no tiene el privilegio de camuflarse? Le contestamos: ¿qué podría camuflar la izquierda?, ¿su línea política? ¿Ante quién la camufla? La izquierda, para él, ¿son cuatro gatos privilegiados, camuflados? ¿Qué tiene que ver toda esta metamorfosis, con la línea de masas, con el carácter de la propaganda y de la agitación que un partido debe desarrollar?

Normalmente, lo que Barahona reclama, en este caso, como un privilegio es, políticamente, un insulto. Es como si alguien dijera: ¿no tengo, para mí, el privilegio de ser embustero y charlatán?
Sin conocimiento alguno de la lucha antisomocista Barahona escribe:

 “El dirigente revolucionario de aquellos tiempos en una mano tenía el Capital de Carlos Marx, y en la otra el fusil para combatir a la dictadura”.

Un guerrillero no es un dirigente revolucionario. Los evangelistas llevan una Biblia en la mano. Su práctica es consustancial a sus creencias: predican el más allá. Los marxistas no llevan el Capital de Marx en la mano. Lo del fusil en la mano lo entiendo, pero, el Capital de Marx en la otra mano, ¿para qué servía? ¿Qué efecto político tenía? Ello demuestra, quizás, en su lógica particular, ¿que el sandinismo era un movimiento obrero?
En el terreno militar, también se descalifica Barahona para debate alguno. Escribe:

“Se vende la imagen que los campesinos en masa se fueron a la contrarrevolución, lo cual es una soberana mentira, puesto que la contrarrevolución en sus mejores tiempos llegó a tener 22 mil hombres. Esa fuerza nunca pasó de la frontera hondureña, jamás pudieron efectuar una acción relevante. Su táctica fue guerra de movimientos. Nunca se tomaron una ciudad de importancia”.

La contrarrevolución llegó a tener 22 mil hombres. ¿Es poca cosa? El ejército de Somoza era de 6 mil hombres. El ejército sandinista, como consecuencia de los ataques contras, se vio obligado a tener 100 mil hombres en armas (incluyendo el SMP, obligatorio). El arte supremo de la guerra, sea dicho al pasar, es derrotar al enemigo sin disparar un tiro. ¿Sabe Barahona el desgaste económico insostenible que implica tener 100 mil hombres en armas? Cada segundo crece la debilidad estructural de la economía y de la sociedad. La tendencia matemática es hacia el colapso, aunque la contra no tome una sola ciudad. Esta situación, para cualquier militar inteligente lleva a la implosión de la realidad política. Lleva a la firma de la paz, a una rendición militar oculta políticamente, si se consigue sobrevivir luego de la debacle. Nadie duda que en los ochenta ocurriera una derrota estratégica política y, por ende, militar.

¿Sabe el señor Valentín, lo qué es una guerra de movimientos? Es una estrategia, no una táctica (como él afirma). Es una guerra relámpago, con rápidos y sorpresivos avances en territorio enemigo para conquistar rápidamente la supremacía estratégica, territorial. La guerra de la contra era una clásica guerra asimétrica o táctica de guerra de guerrillas (que se usa cuando el contrario mantiene la superioridad estratégica).

Por último, Barahona, que aborda cualquier tema sin estar calificado mínimamente para ello, escribe:
“Iñigo conceptualiza a este gobierno de un régimen explotador capitalista. Esta actitud es doble moral, pues en los años ochenta, censuraban a los sandinistas de estalinistas, de estar en contra de la propiedad privada; ahora que el gobierno trabaja en armonía con el capital, lo tilda de explotador capitalista”.

¿No será el señor Barahona quién debe explicar si hay o no doble moral en el sandinismo, y aclarar cómo dos políticas tan diferentes, tan contradictorias, llevadas  cabo por una organización política profundamente cambiada (dividida, enfrentada radicalmente en su dirección inicial, sin un debate), tienen algo en común, desde la óptica de los… principios? ¿O desde qué óptica propone Barahona calificar la validez de una y otra política en cada circunstancia? La falta de principios de Barahona baja el telón de este debate notarial.