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Con motivo del lamentable deceso de Guillermo Suárez Rivas, todo un personaje; me vienen a la memoria momentos en que me le presenté como hijo de uno de los prohombres cofundadores del PLI: el Dr. Humberto Alvarado Vázquez. El  partido al cuál pertenecían, “que nació como una necesidad histórica” en la vela del Dr. Cordero Reyes en 1943, se conformó en 1944-1945, y sale a luz pública, con Directiva Nacional, en 1946, para correr en las elecciones en 1947, fecha en que ocurre el  robo descarado al Dr. Enoc Aguado.

Durante el breve encuentro con Guillermo le relaté que conocí a su hermano menor, Adán, en México, entre los estimados amigos paisanos que llegaban donde la  Dra. Concepción Palacios y el Prof. Edelberto Torres, cofundadores  del FSLN, cayendo valientemente  junto a él, Antonio Barbosa Ramírez, Aníbal Sánchez Aráuz, de Masaya, en la lucha por liberar a Nicaragua de las garras del opresor, en lo que se llamó la “Masacre del Chaparral”; recién murió en México Silvio Marenco Ramírez. Sobreviven como testigos Virgilio Godoy Reyes, Alberto Evertz Vélez, Klaus Kühl Aráuz, Bayardo Altamirano y Aldo Díaz Lacayo.

En mi autobiografía, “¿Quieres ser médico, hijo mío?” (Esculapio), le dedico a Adán algo que de seguro no lo supo Guillermo, pero en memoria de ambos:
“Al salir del Hospital General de México, a fines de Mayo de 1959, preparando el viaje al Servicio Social, al disponerme a desayunar, me buscó Adán, el “turco” Suárez Rivas; nunca supe lo de “turco”; era bien parecido, lo había conocido en una de las aulas, estudiaba medicina y se había retirado, hasta que lo volví a ver entre los que llegaban donde la Dra. Palacios. Yo lo bromeaba y le decía que se parecía al actor de EU, precisamente hijo de médico: Zachary Scott; me contestaba que lo conocía y en ésa ocasión dijo: “sólo babosadas sos vos, invitame a desayunar y vuelvo al cine”.

“Me contó que iba un buen número de guerrilleros nicaragüenses a liberar nuestra Patria, que era la última vez que nos veríamos, se despedía de mí, que saldrían muy pronto y en honor al encuentro, lo invitara a unas cervezas y quería desayunar conmigo. Con gusto lo agasajé. No insistí en detalles, porque igual que al cubano Francisco de Santa Cruz Pacheco y Riveri (seguro era su seudónimo), lo atendía y sabía que iba a la misma misión”.

“Ni preguntaba cuándo, en qué, ni cómo era el viaje; lo que sí: lo llevaba a encuentros con el Ché y con Fidel, en el centro de México, donde se reunían; me olí a lo que iban. Un latinoamericano que no quisiera acabar con todo lo que huela a dictadura odiosa, como que se acomodaba hacia la inclinación con los regímenes de Batista, Strossner, Somoza, Duvalier y todos los gorilas que describe Elias Condal en su  libro; por lo tanto, hube de ayudar al cubano en 1956 y luego, con la discreción exigida a mi buen amigo Adán”.
 
Ambos hermanos gozan ya de la Paz del Señor.